Miércoles, 22 de febrero de 2017

| 2005/09/11 00:00

El retorno del 10

Maradona ha superado sus adicciones, sus problemas de peso y sus conflictos personales.Triunfa de nuevo y mueve las masas con su programa de televisión.

'La noche del 10', presentado por Diego Armando Maradona, ha sido todo un éxito y ha batido índices de audiencia

Si es cierto que sólo los dioses resucitan, allí está él, parado en la mitad del escenario, dominando la jugada como si tuviera el pie sobre un balón a punto de y romper el arco con un gol inmortal. Diego Armando Maradona, el Diez o el D10s, ha resucitado. Cual diva que baja por las escalinatas de su megashow, con un aplomo de quien pareciera haber ejercitado de showman toda su vida, recibe a sus invitados en un escenario fantástico, en un programa que hace historia: La noche del 10.

En cuatro semanas ha batido récord de audiencia y ha sido noticia en el mundo. Por el estudio han pasado Pelé, Charly García, Antonio Banderas en teleconferencia, Emmanuel Ginóbili (basquetbolista estrella de la NBA), la ex tenista Gabriela Sabatini, Gabriel Batistuta, y se anuncian Ronaldinho y Zinedine Zidane.

En los camerinos, cientos de personas comen canapés y toman champaña mientras sus hijas Dalma y Gianina, cuyos nombres lleva tatuados en sus brazos; su ex esposa y amor de toda la vida, Claudia Villafañe; sus padres, la Tota y don Diego, y sus hermanos lloran y aplauden cada ocurrencia, cada gol repetido en la pantalla, cada recuerdo traído a cuento para aflojar los lagrimales de la audiencia.

En la mega producción trabajan 150 personas, 12 cámaras y tres directores. Un segundo de publicidad vale 700 dólares, se recaudan 700.000 por programa y Diego recibe 33.000 billetes verdes por cada una de las 13 emisiones pautadas para este año.

Omnipresente, otra virtud divina. Además de showman, en su nueva vida Diego es parte de la dirección del Club Atlético Boca Juniors y prepara el lanzamiento de un programa semanal de la televisión italiana, país que Diego adora tanto como a Argentina. Viajará los miércoles y volverá los sábados, además de acompañar a Boca en sus giras.

"Esto no es un milagro, es producto del amor. De Dalma, Gianina, Claudia, de mis padres: ellos me rescataron", fueron las palabras de Maradona al abrir su programa.

Diego no cree en los milagros, pero que los hay los hay. Envilecido por su adicción a la droga, habiendo llegado a pesar 124 kilos, con su corazón debilitado y todos los datos clínicos alterados, Maradona bajó a los infiernos. "La fama le presentó una blanca mujer de misterioso sabor y prohibido placer, que lo hizo adicto al deseo de usarla otra vez involucrando su vida. Curiosa debilidad, si Jesús tropezó, por qué él no habría de hacerlo", dice la letra de la 'cumbia' que el popular cantante Rodrigo le dedicó antes de morir.

Conoció la cara de la muerte en Uruguay, cuando tuvieron que llevarlo de urgencia a Argentina. Estuvo varios años en un centro de rehabilitación en Cuba intentando en vano curarse, y el año pasado se temió lo peor cuando fue internado de nuevo en una clínica de Buenos Aires, donde jugó contra la muerte el partido más difícil de su vida. Después pasó por una clínica siquiátrica, estuvo amarrado como un loco, aislado y casi desahuciado.

Pero él mismo cuenta que cuando iba en la ambulancia para el hospital desde la estancia donde jugaba al golf y hacía parrandas , escuchó a su hija Gianina decir: "Papi, no te mueras". Ese fue el clic que le devolvió la voluntad perdida.

A Cartagena llegó en marzo, acompañado por su hermana, para someterse a un bypass gástrico laparoscópico, para reducir la capacidad de su estómago. Obediente, aceptó todas las indicaciones, bajó 45 kilos en cuatro meses y abandonó definitivamente a su enemiga blanca. Como en el tango, volvió a la casita de los viejos y hoy sólo come sopa con fideos, café negro con edulcorante, tostadas, pollo con puré, frutas y jugos, realiza mucho ejercicio y juega fútbol para recuperar su habilidad física.

Injusto sería no repetir lo que Diego vocifera: que debe su vida a los dos nombres tatuados en sus brazos y a la tenacidad de Claudia, que si bien se divorció de él, fue la clave para sacarlo del círculo vicioso en el que estaba, al enviar a sus dos hijas al rescate y despachar al entorno de amigos que cebaban al Diego enfermo y lo dejaron en la ruina. Fue así como desapareció su ex mano derecha, Guillermo Coppola, con quien mantiene un litigio judicial.

Desde la presentación, el programa se desarrolló como si fuera un reality show de su vida. Cuando se encendieron las luces del estudio y empezó a sonar la canción de Maradona, Diego acompañó cantando: "En una villa nació, fue deseo de Dios crecer y sobrevivir a la humilde expresión, enfrentar la adversidad con afán de ganarse a cada paso la vida? soñaba jugar un mundial y consagrarse en primera, tal vez jugando pudiera a su familia ayudar".

En la tónica de personalizar el show, hizo hirientes declaraciones aceptando que tiene un hijo en Italia, pero que nadie podía obligarlo a quererlo, confesó su amor por Claudia, a quien le cantó una balada y le regaló una diadema de brillantes para tratar de reconquistarla, contó la verdad sobre el gol a los ingleses -la mano de Dios- en el Mundial de 1986 en México. Habló con Pelé, pese a que el brasileño había sido uno de sus más agudos críticos, ahora que el hijo de 'el rey' atraviesa por el infierno de la droga.

El enfoque es un éxito, porque el drama de Maradona ejerce una atracción magnética sobre los argentinos. Muchos se preguntan por qué esa idolatría pagana a un pecador parrandero, mujeriego y adicto a las drogas. El comentarista deportivo Ezequiel Fernández Moore dio a SEMANA una explicación : "Diego tiene una comunicación muy fuerte con la gente, y transmite la sensación de no estar con el poder, aunque tiene contradicciones muy grandes, como apoyar a Fidel Castro y a Carlos Menem al mismo tiempo, pero su imagen es de rebeldía, dice lo que siente".

Su encanto está en la pícara victoria sobre los ingleses, en haber anotado el mejor gol en la historia de los mundiales en ese mismo partido, en haber ganado la Copa Mundo para Argentina en México, en haber eliminado a Italia en el Mundial de 1990, en haberle dado al Nápoli, el equipo más pobre de Italia, su primer scudetto en 60 años humillando al AC Milan del norte próspero, para ser entronizado por los napolitanos como San Maradona, al lado de San Gennaro. Para muchos, su encanto está en sus peleas con la Fifa, con Joseph Blatter y Joao Havelange, en sus críticas a los futbolistas de saco y corbata como Beckenbauer y Platini, en su papel de defensor de los jugadores, en su irreverencia cuando pedía que le evitaran saludar al príncipe Carlos de Inglaterra o hacía declaraciones contra el Papa.

Por eso, hace un año, en su lecho del hospital, las paredes de la clínica parecían el altar de Monserrate: velitas, veladores, estampitas y cientos de carteles con frases como "Dios no está enfermo, sólo descansa". Santificado en vida, los músicos le dedican canciones. El yugoslavo Emir Kusturica y el italiano Marco Risi preparan películas, y la televisión lo hace otra vez su ídolo.

En su resurrección, Maradona ya no es el hombre que pelea, el 'enfant terrible' del fútbol, lo cual le hace bien a su salud mental y a sus enflaquecidos bolsillos por las parrandas .

Quizá, como dice Fernández Moore, Maradona pueda romper el trágico destino de los héroes patagónicos: "Todos los ídolos argentinos murieron jóvenes: Monzón, preso por matar a su mujer, se estrelló en un auto; el boxeador Lucho Gatica fue atropellado por un bus; Gardel murió en un accidente; Evita murió de cáncer a los 33 años; el Ché fue asesinado. Maradona tenía que seguir el mismo camino, pero parece haberlo quebrado".

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