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| 1/29/2011 12:00:00 AM

El rey tartamudo

Pese al éxito de 'El discurso del rey', la película basada en Jorge VI de Inglaterra, algunos historiadores creen que su vida no fue tan novelesca como aparece en pantalla.

Jorge VI nunca quiso ser rey de Inglaterra. Aunque nació rodeado de privilegios y se crió como un miembro más de los Windsor, durante toda su vida trató de evitar el trono. No solo porque era tímido y poco agraciado, sino, sobre todo, porque era tartamudo y cada vez que intentaba hablar en público las palabras se le atoraban en la garganta. La noche en que su hermano Eduardo VIII le dijo que iba a abdicar para casarse con su amante Wallis Simpson y que, por lo tanto, le correspondía a él asumir el cargo, rompió en llanto "como un niño chiquito", según escribió en su diario. Sabía que no existía otro destino más cruel ni desafortunado para un monarca que el de no poder dirigirse a su pueblo.

El drama de Jorge VI, el padre de la actual reina Isabel II, es el tema de El discurso del rey (The King's Speech), la película con más nominaciones a los Premios Óscar (12 en total), que desde su estreno en Estados Unidos y Europa ha sido ampliamente elogiada por la crítica. El inglés Colin Firth, quien hace el papel del soberano, obtuvo el Globo de Oro a Mejor Actor hace pocos días y ya muchos dan por sentado que ganará la preciada estatuilla de la Academia en esa categoría, el 27 de febrero.

La mayoría de los expertos coinciden en que el éxito de la cinta se debe a su extraordinaria interpretación, pero otros creen que su encanto está en que cuenta la verdad a medias, pues sus guionistas se tomaron todo tipo de licencias narrativas para hacer la historia más conmovedora.

Una de las escenas más escandalosas es aquella en la que Lionel Logue, un terapeuta del lenguaje de origen australiano, cita al rey en su consultorio por primera vez para ayudarle a superar su condición y le pregunta cómo le gustaría que se refiriera a él. Jorge VI, quien por entonces todavía era Alberto y llevaba el título nobiliario de duque de York, le responde que puede decirle "alteza real", pero el terapeuta le replica que preferiría llamarlo por su apodo: "¿Qué tal Bertie?". Sin embargo, por la cantidad de formalismos y reglas de la época, no existe ni la más remota posibilidad de que un simple empleado hiciera ese tipo de chistecitos con un miembro de la realeza.

Más adelante, ya entrados en confianza, Jorge le revela a Logue que se siente impotente ante la falta de compromiso de su hermano con la Corona y su empeño en casarse con Simpson. En medio de la conversación, el duque se enfurece y empieza a gritar: "¡Mierda, mierda, mierda, mierda!", sin tartamudear ni una sola vez. El médico, sorprendido, lo hace caer en la cuenta de lo que acaba de ocurrir: "Bertie, tengo que reconocer que eres grosero, pero fluido".

Desde entonces, el irreverente Logue anima al rey a lanzar insultos siempre que tiene dificultades para completar una frase. El método resulta tan acertado que, para calmar sus nervios poco antes de la coronación, el terapeuta se sienta en su trono con el único fin de provocarlo y hacerlo estallar de ira. En las sesiones que tienen a diario, también lo obliga a cantar, bailar, repetir trabalenguas y pronunciar una a una las vocales durante 15 segundos frente a una ventana abierta.

Aunque los episodios resultan muy divertidos, parece difícil de creer que ocurrieron en la vida real. En los diarios del terapeuta revelados por su nieto Mark Logue poco antes de que empezara el rodaje, este se refiere al rey como "majestad" y no como Bertie. No existe, además, evidencia de que el médico australiano fuera un hombre insolente y maleducado; por el contrario, sus notas indican que siempre mantuvo un trato amable y respetuoso con Jorge VI, a tal punto que este lo nombró miembro de la Orden Victoriana en 1937.

Otro de los personajes que han despertado polémica es el de la esposa de Jorge VI, Elizabeth Bowes-Lyon, interpretado por Helena Bonham Carter (también nominada a un Óscar como Mejor Actriz de Reparto). La reina madre, a quien la mayoría de los británicos recuerda como una viejecita encantadora y silenciosa, aparece retratada como una luchadora que hizo hasta lo imposible por ayudar a su marido a hablar bien. La escena que refleja ese carácter y que más molesta a los historiadores es una en que aparece sirviéndose el té, como cualquier plebeya, en la casa de Logue mientras espera que Jorge termine su terapia en una habitación contigua. De repente, Myrtle Gruenert, la esposa del doctor, entra y queda pasmada al verla sentada en su comedor como si fuera lo más normal del mundo.

Es cierto que la reina contactó al médico para que tratara a su esposo, pero a nadie le cabe en la cabeza que visitó su consultorio en persona para arreglar una cita. De ser así, habría tenido que ir custodiada por un séquito de empleados, y nada de eso pasa en la película. Otro episodio igualmente inverosímil y absurdo ocurre cuando, luego de una pelea con Logue, Jorge regresa arrepentido a su casa a pedirle perdón y en tono de burla le dice: "Si esperas que un rey se disculpe, la espera puede resultar larga".

Su faceta noble y tierna también se hace evidente cuando lo muestran imitando a un pingüino mientras les cuenta una historia a sus hijas, Isabel y Margarita, o cuando besa apasionadamente a su esposa en público. Escenas que muchos consideran cursis e inventadas, pues les cuesta creer que un tipo que supuestamente se irritaba con facilidad diera semejantes muestras de cariño.

En lo que sí están de acuerdo casi todos los expertos es que cuando estalló la Segunda Guerra Mundial el tartamudo del que todos se burlaban cuando niño se convirtió en un símbolo de resistencia para el pueblo. Por eso, pese a los errores históricos de la película, al final de cuentas logra desempolvar uno de los capítulos de la monarquía británica desconocidos para los más jóvenes. Ahora la pregunta que muchos se hacen es qué estará pensando la reina Isabel II de este moderno y particular retrato de su papá, muerto el 6 de febrero de 1952 de cáncer de pulmón.
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