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| 1/12/1998 12:00:00 AM

EL SOÑADOR DE NAVIOS

Un médico bogotano dejó su profesión para dedicarse a construir barcos. Y lo hace en el centro del país. cuando Roberto Laignelet rondaba los nueve años tuvo una experiencia que marcaría su vida. Un amigo de la familia, el español Santiago Torre y Valdó, lo invitó a navegar a la laguna de Tominé. El niño, un bogotano de familia de origen francés, subió en la pequeña embarcación y después de dar una vuelta descendió feliz. Cuenta que no podía hablar de la emoción. Piensa que de no haber sido por esa experiencia hoy seguramente sería un médico cirujano encerrado en las cuatro paredes de un hospital. Pero a raíz de esa invitación ya nunca pudo olvidar la sensación que se vive dentro de un barco y tampoco vivir mucho tiempo lejos del agua. Ante la obsesión, su familia se hizo miembro de la Marina de Tominé y prácticamente todas las semanas montaba en su velero. A pesar de su fascinación por los barcos, a los 18 años tomó la decisión de estudiar medicina porque en Colombia no encontró una carrera que le permitiera estar en contacto con esa gran pasión. Hizo los 10 semestres en la Escuela Colombiana de Medicina El Bosque, más un año de internado y otro de rural. Luego trabajó dos años como médico profesional. Estuvo en la Cruz Roja, en el Hospital Infantil y como médico a bordo de un tanquero en Coveñas. En 1988, sin embargo, la compañía petrolera que lo contrató decidió enviarlo a la base de Caño Limón. "El hecho de haber estado un tiempo en contacto con el mar y luego encerrado en medio de la selva fue un cambio terrible", dijo Roberto. En ese momento pensó seriamente en que debía retirarse de la medicina. Fue entonces cuando vio un aviso en una revista especializada en embarcaciones que anunciaba clases para construir barcos en Estados Unidos. Con sus ahorros se fue para Rockport, un pueblo en el estado de Maine, y aunque era muy difícil ser aceptado tenía la certeza de estar en el lugar indicado y de saber que a eso se dedicaría toda su vida. En cuestión de un mes renunció a su trabajo, colgó la bata blanca y el estetoscopio y cerró el capítulo de su vida como médico. Se matriculó en la Rockport Apprentice Shop y allí estuvo durante cinco años, tres como estudiante y dos como constructor de tiempo completo. No fue un cambio brusco porque como médico la parte que más disfrutaba era la cirugía y todo lo que tenía que ver con trabajo manual. "Realmente lo que me llena es trabajar con mis manos, ver cómo de un pedazo de madera sale algo hermoso", dijo Laignelet. En esta escuela construyó su primera embarcación, un modelo de 40 pies que había encargado el presidente de un club de yates de Nueva York. Después de estudiar tenía la idea de vivir cerca del agua y montar su propio astillero. El sitio perfecto parecía ser Cartagena pero curiosamente en este lugar el negocio era complicado y costoso. "Además los navegantes del país estaban en el interior, a 2.000 metros sobre el nivel del mar y no frente al mar". Entonces regresó a Tominé, donde alquiló una casa para vivir y construyó un pequeño taller en el cual empezó a trabajar con un equipo de cinco personas. Al principio llegaban solamente reparaciones de embarcaciones antiguas pero en cuestión de un año ya estaba construyendo sus propio botes. "Al principio eran botes pequeños de remos, pero después llegaron trabajos más grandes como barcos de 24 pies". Hoy su astillero está en capacidad de construir todo tipo de barcos deportivos y de recreación de remo, vela y, si el cliente lo desea, también de motor. Por ser un arte manual estos barcos salen un 40 por ciento más costosos que los de fibra de vidrio. Sin embargo el volumen de trabajo en su astillero ha sido bueno. "La gente está volviendo a las cosas naturales", explicó Roberto. "El 'boom' de los barcos de madera ahora es muy grande". La mayoría de sus clientes se encuentran en Bogotá, Medellín y otros en Cartagena. En este momento tiene barcos en lista de espera para unos tres meses y está metido en el proyecto de construir un velero grande, el cual debe tener un diseño interior con espacio para cuatro personas porque su dueño lo llevará de Cartagena a México.Aparte del trabajo en Estados Unidos, Laignelet ha hecho en Colombia cerca de una docena de barcos y ha reparado y reconstruido innumerables embarcaciones de todo el país. Esto es una cifra grande si se tiene en cuenta que un barco puede demorar desde seis meses hasta dos años. Todo depende de lo que el cliente quiera. "Es un trabajo dispendioso y largo _dijo_, aquí trabajamos 40 horas semanales". Lo mismo sucede con el valor del barco, que puede costar desde cuatro hasta 60 millones de pesos. Todo depende de los acabados, del tamaño y del diseño que el cliente quiera. Roberto trabaja sobre planos que se compran directamente al diseñador y que pueden costar entre 100 y 5.000 dólares. Dependiendo de los deseos del cliente, él los modifica. Si bien Roberto no es el único constructor de botes en Colombia tal vez sí es el más profesional. Hay muchos artesanos que trabajan en Medellín, Buenaventura, Barranquilla y Cartagena pero elaboran barcos de pesca de una manera empírica. "El empirismo no es malo, solo que toma mucho tiempo encontrar qué funciona y qué no, mientras que un barco hecho con planos, diseño y matemáticas, uno sabe que va a funcionar". Entre sus planes inmediatos está hacer barcos de fibra de vidrio y estudiar diseño naval para ampliar su astillero y seguir viviendo un sueño que superó todas sus expectativas.
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