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| 6/2/2007 12:00:00 AM

El tesoro de Islandia

Björk estrenó un nuevo disco con el que, además de celebrar sus 30 años de carrera musical, muestra una nueva faceta de esta excéntrica artista.

Definirla, más que un trabajo complicado, sería una labor imposible. Björk es de esas personas que caminan peligrosamente en el límite entre dos mundos, a veces coherente y en otras, contradictoria. Por eso es que su música tampoco se puede definir. En ocasiones con influencia tecno y electrónica; en otras, tribal y mística; a veces, hasta romántica y clásica, pero con esa inconfundible voz que vacila entre el canto de una sirena y el chillido de un gato. Su apariencia también es única. Algunos la describen como una especie de elfo esotérico al que no le pasan los años, otros al verla creen que es asiática o inuit (esquimal) por sus pómulos salidos y ojos rasgados. Pocos podrían adivinar a simple vista que es de Islandia, un país escandinavo lleno de mitos del cual ella se ha convertido en la principal embajadora.

Y precisamente por ser un personaje lleno de contradicciones es que Volta, su más reciente álbum lanzado mundialmente a principio de mayo, es considerado por muchos críticos como el trabajo más comercial que ha hecho. También, a pesar de siempre haberse mantenido al margen de las letras con contenidos políticos y después de haber declarado en varias oportunidades que los músicos no tenían cabida en ese mundo, comienza a navegar tímidamente por esas aguas.

La razón para ese cambio de rumbo es culpa de su principal fuente de inspiración que es, como fiel descendiente de los vikingos, el océano. Cuando éste arrasó con la vida de cientos de miles de personas durante el tsunami del 26 de diciembre de 2004, ella descubrió que con su música podría ayudar a calmar un poco el sufrimiento. Por eso reeditó su canción Army of me y donó todas las ganancias a Unicef. En Volta habla sobre este desastre natural, sobre los hombres bomba y el mal que generan los rencores religiosos, entre otros.

Su lucha por la libertad y su afinidad particular con la naturaleza parecían predestinadas a surgir artísticamente en un algún momento de su vida. Björk Gudmundsdottir -que traduce hija de Gudmundur a partir de la tradición islandesa de dar a los hijos el nombre de uno de los padres como apellido-, nació en 1965 fruto del matrimonio entre una artista plástica y un líder sindicalista. Creció en una comunidad hippie autosuficiente en donde su padre y su madre cazaban y sembraban su comida. "La música es mi religión", ha declarado la cantante en varias oportunidades. Por eso no es de extrañar que su carrera ya complete más de tres décadas, pues grabó su primer disco cuando sólo tenía 11 años.

Con la adolescencia vino la rebeldía y Björk fue cantante de bandas punk. En 1986, poco después de haber tenido a su primer hijo, Sindri, se convirtió en vocalista de The Sugarcubes, un grupo de rock alternativo que consiguió algo de éxito internacional. Esa fue la plataforma que le ayudó a conquistar las listas de popularidad cuando lanzó su primer trabajo como solista, Debut, en 2003.

A pesar de mezclar el arte conceptual y de avanzada con la música pop y de no ser considerada una artista comercial, ha logrado conquistar millones de fanáticos. Tanto es así, que ha sufrido el asedio de los paparazzi, que la llevó a golpear a una periodista que trató de acercarse a su hijo. También fue víctima de un seguidor sicópata que le mandó una carta bomba y luego se suicidó.

Cada uno de sus discos es un mundo diferente. Unos están llenos de explosiva percusión; otros, de sonidos angelicales, y su anterior álbum, Medulla, llegó a prescindir por completo de los instrumentos para dar paso sólo a la voz. "Ella es de los pocos verdaderos artistas que no tiene miedo a experimentar, que no le importa si nadie compra sus discos con tal de tener un espacio para expresarse. Su música es compleja, es necesario escucharla con atención para entenderla. El otro artista que ha logrado eso es David Bowie", dijo a SEMANA Mirek Kocandrle, experto en música pop y profesor de escritura contemporánea del Berklee College of Music.

Su pasión por experimentar se hizo evidente en la ceremonia de los premios Oscar de 2001 en donde, quienes no la conocían por su música, sí lo hicieron por el famoso vestido de cisne que usó. La razón para su presencia en ese evento fue haber protagonizado la película Bailarina en la oscuridad, del director Lars von Trier. Esa, su primera y única incursión en el cine, le valió el premio a mejor actriz en el festival de Cannes. Ella siempre había querido hacer un musical. La película cuenta con canciones una historia profundamente triste. A pesar de su gran talento, juró que nunca más volvería a actuar.

Esa es Björk, la madre con cara de niña que canta sobre el amor y el odio, con una voz capaz de generar temblores en la tierra. La mujer que tal vez sí es, como muchos se han atrevido a insinuar, un ser mitológico que llegó a la tierra a mostrar que la música se genera desde la belleza y el caos, mezclando todos los estilos y a partir de cualquier objeto.
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