Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2000/05/08 00:00

El Tigre azteca

Polémica biografía de Emilio Azcárraga, el legendario mexicano que moldeó al país desde su imperio de Televisa. Apartes

El Tigre azteca

Emilio Azcárraga Milmo, el empresario más poderoso que ha visto México, era muy quisquilloso con los gafetes. Estas credenciales, sin las cuales ningún empleado era admitido dentro de las instalaciones de Televisa, debían portarse no sólo como identificación, sino como símbolo de orgullo. Después de todo, el personal de Televisa estaba empleado por la compañía de medios de comunicación de habla hispana más grande del mundo, con cimientos que se remontan a 1930. Cuando se encontraba en sus oficinas de Chapultepec, Televicentro, o en los Estudios San Angel, Azcárraga procuraba siempre usar su gafete, aunque a veces lo dejaba a propósito dentro de su bolsillo y reprendía escandalosamente a los guardias de seguridad que le permitían pasar sin él. En Televisa, el gafete representaba entonces el pasaporte y el emblema de honor; por tanto, la lealtad consistía en tener no sólo “la camiseta bien puesta”, sino también “el gafete bien puesto”.

Un día en Televicentro, Azcárraga entró en un elevador en el que viajaban algunos de sus técnicos, enfundados en sus chamarras amarillas. Inmediatamente notó que uno de los hombres no llevaba el gafete prendido al bolsillo de su uniforme, sino colgando de su cinturón. “¿Para eso te pago tanto?”, reclamó Azcárraga, “¿pa’ que traigas el gafete en los huevos?”. Se hizo un silencio aterrador. El Tigre había rugido. Pero el empleado pudo musitar una respuesta. Llevando su mano a la garganta, exclamó: “No, señor, esos los traigo aquí”.

Azcárraga soltó tremenda carcajada, una de esas amplias y sonoras carcajadas suyas que le eran características. Nerviosos, sus empleados empezaron a

reír entre dientes. Cuando el elevador llegó a su piso, Azcárraga se quitó su Rolex y se lo dio al trabajador. “Lo mereces, cabrón”, dijo, y salió por las puertas.

Ese era El Tigre. Temido y amado, déspota y alegre, impulsivamente generoso. Pero ¿exactamente por qué lo llamaron ‘El Tigre’? ¿Cómo surgió el apodo?

Hay tantas respuestas como percepciones acerca de este nombre. Algunos periodistas que escribieron sobre él señalaban que se debía a la franja de cabello cano, que peinaba hacia atrás, y que acrecentaba su porte señorial. Los hombres de negocios atribuían el sobrenombre a su tendencia a arrojarse sobre algún bien ambicionado o a lanzarse a un nuevo negocio con premura; sus decisiones pare-cían basarse más en un instinto animal que en cualquier estudio. “Si le propones una idea, en ese momento te dice si la compra o si cree que eres estúpido”, decía el embajador Agustín Barrios Gómez, quien trabajó muchos años en Televisa. “Jamás te dice ‘llámame el lunes’. Es ‘hagámoslo’ o ‘vete a la chingada”. Más que pasar tiempo leyendo sobre un asunto, Azcárraga prefería buscar expertos, bombardearlos con preguntas y entonces tomar una decisión rápida, salomónica.

Los empleados de menor rango, quienes temblaban con sólo pensar en disgustar al patrón, sentían que el apodo reflejaba su impulsivo hábito de maltratar a aquellos que no llenaban sus expectativas, a veces despidiéndolos ahí mismo sin escucharlos. Otros sugerían que tal vez como su padre, Emilio Azcárraga Vidaurreta, era conocido como El León, era lógico que el hijo tuviera un mote felino también.

De hecho, Emilio Azcárraga Milmo fue bautizado como El Tigre a finales de la década de los 60, antes de tomar el control de la compañía (1972) que su padre había fundado (en la década del 30), aunque el apodo no llegó a ser muy conocido sino hasta la de los 80.

En diversas épocas, su imperio incluyó cuatro cadenas nacionales de TV, radio, la editorial de revistas en español más grande del mundo, películas, videos, y los importantes equipos mexicanos de fútbol: América y Necaxa. Pero al final, la historia de su vida estuvo llena de contradicciones. Aunque era orgullosamente mexicano, había nacido en Estados Unidos y allí eligió morir. Pese a haber sido el hijo caprichoso de un prominente hombre de negocios, que se creía estaba destinado a ser mediocre, acabó con todas esas predicciones al convertirse en un hombre aún más rico y poderoso que su propio padre.

Para 1993, Emilio Azcárraga Milmo era el hombre más rico de América Latina, con una fortuna estimada en 5.000 millones de dólares. La pregunta que surge, sin embargo, es si la asombrosa expansión de su empresa fue resultado de su visión y su refinado olfato para los negocios, o si lo logró en vista de la ausencia de una competencia local y, en general, por las circunstancias favorables en las que se desarrolló y que fueron otorgadas por el sistema.

El imperio de la familia Azcárraga ha moldeado al menos a tres generaciones de mexicanos. Según estudios realizados por el Instituto Nacional del Consumidor, un niño mexicano común pasa, como promedio, unas 1.500 horas al año frente al televisor contra menos de 1.000 horas en la escuela. Estadísticas como esta generan dudas sobre cuál de las dos ha ejercido una mayor influencia.

Más de 80 millones de televidentes regulares están expuestos diariamente a modelos y expectativas que en la realidad se satisfacen muy pocas veces. Esta influencia sociocultural ha tenido manifestaciones superficiales evidentes. Desde los años 50, cuando llegaron las actrices rubias a la televisión y los anunciantes preferían gente de tez blanca y cabellos castaño o rubio para presentar sus productos, aumentó la venta de tinte rubio para el cabello.

La influencia televisiva se ve también en los nombres con los que, desde los 70, se bautiza a los niños mexicanos. El santoral quedó atrás; desde esas fechas, los padres usan cada vez más a la televisión como fuente de inspiración para nombrar a sus hijos. El Registro Nacional de Población muestra que nombres como Marimar, María Mercedes, Gabriel o Gabriela, se multiplicaban en los recién nacidos, coincidentemente con la salida al aire de nuevas telenovelas.

México se ha convertido en un país de televidentes. La cantidad promedio de horas diarias que pasan los mexicanos frente al televisor rebasa la de Estados Unidos y los países europeos. De los sectores más educados a los de menores recursos, todos reciben los sofisticados estímulos de la pantalla chica, que por más de 20 años estuvo prácticamente monopolizada por la programación de Televisa. La empresa de Emilio Azcárraga ha sido la principal influencia en las actividades culturales, políticas y económicas de la mayoría de la población mexicana. El mismo partido gobernante ha tenido que utilizarla para conectarse efectivamente con sus electores potenciales. “Televisa es la dueña del tiempo libre de los mexicanos”, ha dicho el escritor Carlos Monsiváis.

El consorcio de Azcárraga representó, durante más de 25 años, una pieza fundamental en la estabilidad política del país. Con su amplio alcance y sus variados recursos, Televisa prácticamente definía qué era noticia en México y también qué no lo era; el conocido noticiero nocturno —24 horas— de hecho determinaba lo que los mexicanos debían saber y lo que no. Ejemplos de lo que, por años, los mexicanos no se enteraron por la televisión sobran: el número aproximado de víctimas del temblor de 1985, en Ciudad de México; la denuncia de las mujeres cuyos hijos han desaparecido; críticas al modelo económico; las posiciones políticas distintas a las del PRI.

Hasta muy recientemente, en época de elecciones, Televisa difundía la información del partido oficial e ignoraba a los candidatos de los partidos de oposición y sus clamores de fraude, lo que fue mermando la credibilidad de la televisora. Esta actitud se hizo más patente en los comicios locales de Chihuahua en 1986, donde el PAN y algunas organizaciones civiles protestaron fuertemente por la manipulación que Televisa había hecho con la información. De las protestas, la gente se enteró por la prensa; jamás existieron para la televisión.

Las manifestaciones sindicales, campesinas, magisteriales o de cualquier organización cívica eran ignoradas o se informaba solamente del caos vial que provocaban; nunca se les daba espacio para escuchar el motivo de su protesta.

Contradicción es quizá el término que mejor capta el carácter de Emilio Azcárraga Milmo, pero su obsesiva preocupación por mantener el control es probablemente la clave para explicar el derrotero de su vida. El estilo de su liderazgo despótico no sólo provenía de la costumbre típica empresarial mexicana. Existen profundas razones personales que explican porqué toda su vida fue una verdadera batalla épica por el control.

Nacido en San Antonio, Texas, el 6 de septiembre de 1930, y educado en la Academia Militar Culver, en Indiana, Emilio Azcárraga siempre necesitó controlar. Recién empezados sus 20, pocos meses después de haber contraído matrimonio, Azcárraga vio cómo su esposa desarrollaba una enfermedad incurable y moría. A partir de ese momento, procuró buscar amistades y romances que obedecieran las condiciones que él establecía. La mayoría de sus amigos eran también sus empleados, y aquellos que no lo eran a menudo hacían negocios con él, pero Emilio siempre mantenía las riendas. Afectado por un sentimentalismo que, al menos en parte, tenía sus raíces en la muerte de su esposa, y que lo impulsó a emprender una serie de negocios y relaciones breves, su carrera se convirtió en una búsqueda de respeto y de poder. Durante 20 años, su archirrival en esta batalla fue su propio padre, quien apodó a su hijo el ‘príncipe idiota’ desalentado ante sus modales de Casanova y su conducta caprichosa. Y durante al menos 20 años más. Parece que la memoria de su padre muerto siguió impulsándolo a buscar la expansión de la empresa hasta convertirla en un imperio de medios cada vez más grande.

De hecho, los dramas que moldearon la vida adulta de Azcárraga Milmo eran dramas de poder y control: los matrimonios, aventuras, divorcios y separaciones; la lucha por llegar a ser un digno heredero de su padre a la cabeza del más grande consorcio de medios de habla hispana; la resistencia ante los esfuerzos oficiales por nacionalizar o interferir con la empresa; su insistencia en tener la exclusividad de los artistas y otros empleados; la batalla para conservar las estaciones de Televisa en Estados Unidos; la ruptura con sus socios, Rómulo O’Farrill y Miguel Alemán Velasco; la onerosa carga que representó la compra de las acciones de su hermana Laura; la lucha interna contra los magnates de medios Rupert Murdoch y Roberto Irineu Marinho en la creación de un servicio de televisión vía satélite para América Latina en el que Televisa tuviera al menos iguales derechos; y, finalmente, cuando su salud entró en franco deterioro, sus esfuerzos para asegurar una transición de poder a su hijo (Emilio Azcárraga Jean).

Los filosos ángulos de la personalidad de Azcárraga eran más evidentes en su lenguaje. Al igual que su padre, tenía por costumbre dirigirse a la gente llamándola “pendeja”, y disfrutaba emplear expresiones amenazadoras cuando quería que algo se hiciera. “¡Te cuelgo de los huevos si no lo haces a tiempo!”, gritaba a sus empleados.

Aunque Azcárraga era un hombre obsesionado con el control, con frecuencia era incapaz de mantener su propia ecuanimidad. El mensaje quedaba muy claro para los empleados: si lo hacías enojar o tratabas de engañarlo, podías enfrentar toda la fuerza del gruñido y las garras de El Tigre. Sus famosos rugidos eran a menudo largas y humillantes diatribas, llenas de obscenidades. A veces llegaba hasta lo físico. Su jefe de investigaciones, Miguel Sabido, entró en una acalorada discusión cuando Azcárraga le dijo que pensaba vender el Teatro Alameda, que había pertenecido a la familia desde los años 30. Azcárraga empujó a Sabido con tanta fuerza que lo tumbó al suelo, desde donde siguió gritando a su jefe. Azcárraga le gritó de regreso: “¡Levántate, cabrón de mierda, eres un vicepresidente de Televisa!”.

Pero Azcárraga sentía simpatía por aquellos que no se dejaban intimidar fácilmente. Su forma agresiva de hablar era su método para asegurar que sus órdenes fueran obedecidas y, al mismo tiempo, despertar la

lealtad de sus subalternos de manera informal. Cuando el jefe te llamaba “pendejo” o “cabrón” o “maricón”, significaba que eras uno de sus chicos, que le caías bien y que confiaba en ti. Si no le agradabas, te hablaba de “usted”.

Azcárraga no reservaba sus rugidos exclusivamente a los hombres. Lucía Méndez, la actriz que por muchos años fue su creación más preciada, recibió una severa reprimenda cuando se grababa El extraño retorno de Diana Salazar en 1987. Lucía le dijo que iba a tener un bebé. Lejos de felicitarla, El Tigre puso el grito en el cielo. La Méndez había cometido el pecado capital de las actrices: se había embarazado ¡justo a la mitad de una telenovela! Azcárraga le recetó un sermón de altos decibeles: “¿Por qué no lo planificaste? ¿Cómo le vamos a hacer si te pones muy gorda? ¡Estás al aire! ¡Eres una irresponsable! ¡¿Cómo es posible? !”, y así siguió y siguió. Lucía no hizo más que soltarse a llorar y no paró hasta varias horas después. Al día siguiente, Azcárraga le telefoneó y se deshizo en disculpas: “Mira, Lucía, realmente ayer me enojé mucho, me puse muy mal. Te grité mucho. Quiero pedirte que me disculpes, y decirte que tienes razón: llevas muchos años trabajando, estás en la edad perfecta para tener un hijo...”. Era típico de Azcárraga. Un zarpazo y luego una lamida.

Toda su vida, Azcárraga cultivó la amistad de personas famosas y sofisticadas. Contaba entre sus amistades cercanas al más grande hombre de letras en México: Octavio Paz. También eran amigos suyos el director de orquesta austríaco Herbert von Karajan, el pintor británico David Hockney, el banquero y filántropo estadounidense David Rockefeller, el rey Juan Carlos de España y el historiador mexicano Enrique Krauze. Sin embargo, pese a rozarse con una élite cultural e intelectual en donde sumaba amigos famosos y sofisticados, como creía debía hacerlo un aristócrata, la principal contribución de su empresa a la cultura mexicana fue una especie de drama que ha sido frecuentemente denostado (sin habérsele estudiado a profundidad) como el opio de los pobres: la telenovela. Asimismo, Azcárraga se aficionó a la promoción de la ópera e incluso consiguió una interpretación de la Misa de la Coronación, de Mozart en el Vaticano; pero generalmente, los productos musicales de Televisa eran cantantes prefabricadas con cuerpos construidos a posteriori.

Azcárraga manejaba rígidamente su empresa como proveedora de entretenimiento para las masas. Sin embargo, era un hombre de gran entusiasmo y gestos patrióticos, que lo llevaron a invertir en instituciones culturales, exposiciones y eventos que mostraban su gran aprecio por la excelencia artística. Al parecer, les daba caviar a los acaudalados y potaje a los pobres, pero mucho de lo que apoyaba en las artes era gratuito y disponible al público en general.

Como su padre, Azcárraga dedicó muchos de sus recursos, tanto personales como profesionales, a los pobres. Públicamente, creía que sus canales de televisión servían a las clases humildes al darles entretenimiento gratis. En lo privado, en uno de los aspectos menos conocidos de su vida, hizo donativos secretos—de su propio bolsillo y no de Televisa—a numerosos proyectos de caridad. Estos incluían albergues para los niños de la calle y personas incapacitadas, así como escuelas en Chiapas. También contribuyó con el grupo de defensa ambiental Greenpeace y financió viajes de monjas a Roma.

Muy pocos sabían de estas donaciones ya que generalmente las enviaba de manera anónima, pidiéndoles a sus secretarias de confianza o a algunos ejecutivos que se encargaran de la transferencia de los fondos. No le gustaba que le dieran las gracias, y menos cuando el agradecimiento era emotivo, porque lo desconcertaba totalmente.

Azcárraga, sin embargo, falló en servir a los mexicanos como un pueblo mestizo. Optó por un tipo de programación que suprimía—y aún suprime—los rostros morenos de la mayoría de los habitantes del país. Vetó cualquier representación artística auténtica del estilo de vida de los más necesitados, prefiriendo ofrecer una mezcla de cuento de hadas y pantomima. Creyó ayudar a los pobres al permitirles el acceso gratuito a espectáculos como Siempre en Domingo, pero durante más de tres décadas, este complaciente público estuvo ovacionando a una sucesión de artistas que eran cada vez más blancos y más rubios, y progresivamente menos parecidos a los que se encontraban en el estudio.

Fascinaba y atraía a casi todos los que le conocían por primera vez. En los negocios, utilizaba su innegable encanto para convencer a algún ejecutivo que quería contratar o algún empresario con quien quisiera hacer negocios. En privado, lo usaba como complemento de su atractivo físico y su magnetismo, para seducir a las mujeres y —en un sentido platónico— a muchos hombres. Al igual que Clark Gable o Jorge Negrete, las mujeres querían estar con él, y los hombres querían ser él. Muchos exitosos empresarios y diplomáticos extranjeros quedaron hechizados con su encanto: el corredor de bienes raíces de Los Angeles, George Rosenthal; el editor del New York Post, Peter Price; el agente de yates inglés, George Nicholson; el magnate de la televisión estadounidense, Jerry Perenchio; el embajador de Estados Unidos, John Gavin; y el embajador ruso, Oleg Darusenkov. A veces la seducción era puramente verbal. A Azcárraga le gustaba discutir con mujeres indómitas, insumisas; desde María Félix hasta la entrevistadora Cristina Saralegui, tanto por el placer de cautivarlas mientras se enfrentaban, como para intercambiar ideas. En ocasiones, la labor de seducción era innecesaria: la actriz—ahora senadora—Irma Serrano ‘La Tigresa’, quien fuera amante del presidente Gustavo Díaz Ordaz, alguna vez le envió un cheque en blanco con una nota que decía: “Pon la cantidad que quieras por pasar una noche contigo”.

El encanto era parte de los recursos histriónicos de Azcárraga y se hizo más evidente con el tiempo. Si sospechaba que había problemas, podía amenazar en broma: “Si no ¡vas a ver por qué me llaman Tigre!”.

Se sometió a cirugía plástica y se tiñó el cabello, que ya encanecía, para acentuar su franja blanca. Vestía de manera impecable y se perfumaba con la más exclusiva colonia Chanel. Ya avanzados sus 60, seguía ejerciendo un efecto seductor en la gente que recién le conocía. “Emilio Azcárraga es el modelo de la perfección en el arreglo personal”, consideró en una ocasión Nely Galán, ejecutiva estadounidense, que trabajó con él en 1994. “Vive la vida como una representación artística”.

Azcárraga tenía, sin embargo, un talento que es fundamental en un administrador: fomentar la lealtad y la dedicación de su gente. Lograba inspirar a sus más allegados con sermones privados en los que contagiaba su entusiasmo por el negocio de la televisión. “Mira, Gastón”, le dijo una vez a Gastón Melo, su asistente personal en los 90, “si tú vas a trabajar conmigo, quiero que sepas qué es la comunicación. Los transportes—lo que camina por tierra, los barcos en el mar, los autobuses—son lo que los políticos ven como los medios de comunicación”. Hizo una pausa para lograr un mayor efecto y remató: “Yo veo el aire, Gastón. Ese es mi negocio”.

Azcárraga gozaba de una gran presencia entre los trabajadores de menor rango. Siguiendo el ejemplo de su padre, visitaba los foros de San Angel cada mes para asomarse a ver cómo iba la última novela y levantar la moral. Su llegada parecía hacer temblar la tierra; las conversaciones se interrumpían abruptamente. Pero luego, rodeado de una multitud, el jefe se dedicaba a preguntar por la familia, a felicitar a las actrices por sus matrimonios, a lamentar que algún familiar estuviera enfermo o a hacer bromas con los empleados de más edad. Casi todos estaban orgullosos de que El Tigre fuera su patrón.

Azcárraga predicaba con gran celo que el deber de la televisión era reflejar y respetar los valores de la familia mexicana. Pero el ejemplo que él mismo daba no podría haber sido

peor: su vida familiar era de engaño permanente —no sólo engañaba a sus esposas, sino incluso a sus amantes— y hasta pocos años antes de morir, se ocupaba poco de sus hijos.

Aún más complejo era su patriotismo. El amor de Azcárraga por México, tanto en palabras como en hechos, no se pone en duda. Elogios hacia México y una preocupación por el bienestar de su gente eran con frecuencia mencionados en sus discursos públicos y en conversaciones privadas. “Un satélite”, dijo en una asamblea de anunciantes, “cuesta 30 millones de dólares, y a unos siete años. Comunica a todo el país. ¿Qué son 30 millones de dólares a plazos? Porque a plazos los mexicanos compramos ¡hasta la Casa Blanca!”.

No obstante, algunos podrían afirmar que su fervor patriótico era un producto para consumo público y conveniencia política. Podrían aducir que estaba

calculado para contrarrestar las críticas contra el monopolio televisivo o contra su proclividad hacia lo estadounidense. Para sus amigos y la mayoría de sus empleados, tales opiniones resultan inadmisibles.

Sin embargo, cuando Azcárraga pronunció su famoso discurso de 1993 sobre la misión recreativa de Televisa, refiriéndose a “una clase modesta muy jodida” y a la obligación de la televisión de “sacarla de su triste realidad”, muchos interpretaron estas palabras como prueba de una arrogante condescendencia y de una explotación que ejercía sobre los pobres. Cierto o no —algunos afirman que sus palabras fueron mal interpretadas— surge la pregunta de si esas son palabras propias de un patriota.

En sus últimos años, mientras su salud empeoraba por el cáncer, las contradicciones de Azcárraga se multiplicaban. Obedecía a sus impulsos con más frecuencia, pero también exhibía un recién adquirido sentido de responsabilidad —personal, profesional y política—, tratando de convertirse en un padre para sus hijos, buscando adelgazar su inflado imperio y promoviendo un acercamiento con los partidos de oposición.

En su vida amorosa, se vio dividido entre Adriana Abascal, la reina de belleza 40 años más joven que él, un catálogo recurrente de jóvenes actrices, y Paula Cussi, su tolerante compañera por más de 20 años y cuarta esposa. Azcárraga parecía vanagloriarse de su habilidad para mantener dos o tres relaciones amorosas al mismo tiempo, pero este acto de malabarismo se convirtió en un torneo de lucha libre femenina. Sin embargo, cuando finalmente Paula Cussi decidió tirar la toalla y dejarlo, Azcárraga la convenció de no divorciarse, y siguieron viéndose como amigos.

Para entender las relaciones entre Televisa y el gobierno hay que conocer una larga historia. El Estado ha buscado de manera intermitente ejercer su hegemonía cultural y su control político sobre la comunicación masiva —a través de los canales estatales 7, 11 y 13, y al menos tres amenazas de nacionalización de Televisa— sólo para ser constantemente derrotado o comprometido por los intereses empresariales de Emilio Azcárraga. Los canales estatales fueron incapaces de competir con Televisa y demostraron también que el Estado no tenía la voluntad ni la visión para manejar una televisión alternativa. Tampoco hubo necesidad: Televisa cumplía con los requerimientos gubernamentales en términos de comunicación.

La cercanía de Televisa con el gobierno ha sido tal, que hubo un momento en que irónicamente le llamaron la Secretaría de Información. No sólo por el control que ejercía —y aún ejerce— sobre la información que recibe la mayoría de la población todos los

días, sino porque durante décadas ha ido cambiando a diario patrones de consumo, modelos sociales, aspiraciones, lenguaje cotidiano y opiniones políticas.

Azcárraga tenía ese nivel de influencia en la estructura del poder mexicano. En el gobierno tenía derecho de picaporte de la residencia oficial de Los Pinos para abajo. Desde los años 70, el oído presidencial siempre estaba dispuesto a escuchar las opiniones, peticiones o quejas de Azcárraga. Podía maldecir las trabas burocráticas y la lentitud administrativa, o influía —la mayoría de las veces con gran eficacia— en el bloqueo de su potencial competencia.

Una de sus principales escritoras de novelas, Yolanda Vargas Dulché, buscó a Azcárraga cuando comenzaba el sexenio de Carlos Salinas de Gortari. Tratando de cumplir sus promesas de campaña de acabar con la corrupción, el presidente Salinas había enviado a la cárcel a varios ricos empresarios, acusados de evasión de impuestos. Uno de ellos era el esposo de Yolanda, Guillermo de la Parra, propietario de la cadena de hoteles Krystal. Como la empresa estaba a nombre de la familia, se libraron órdenes de aprehensión en contra de Yolanda y de sus hijos. Cuando Azcárraga se enteró, llamó a Yolanda, quien se había escondido con un pariente, y le dijo: “La televisión está a sus órdenes”. De inmediato fue a ver a Salinas para abogar por esa familia y también hizo que Ricardo Rocha entrevistara a Yolanda por televisión para despertar la simpatía del público. Entre otras cosas, Yolanda habló de cómo su esposo había mandado a construir casas gratis para 36 familias en una hacienda de su propiedad en Durango. Dos meses después, De la Parra fue liberado.

Al secretario de Comunicaciones y Transportes, Andrés Caso Lombardo, lo mandó a la chingada porque se oponía a otorgarle unas concesiones con las que se crearía la cuarta cadena nacional de Televisa. El funcionario no quería darle mayor poder al consorcio. Azcárraga, irritado, argumentaba que sólo así se uniría a los mexicanos. Ante lo que pensaba era una actitud irracional por parte del secretario, Azcárraga recurrió al presidente Salinas y obtuvo decenas de concesiones que permitieron al Canal 9 transmitir en cadena a todo el país.

También ilustra su influencia en el poder el hecho de que Joaquín Vargas tuviera que esperar casi cinco años para operar una concesión de televisión de paga en la Ciudad de México. Azcárraga interpuso un amparo para retrasar la entrada de esta nueva señal, Multivisión, ya que competiría directamente con su empresa Cablevisión. La única explicación que el presidente Miguel de la Madrid dio a don Joaquín fue que tendría que esperar, porque Televisa le era “muy importante”. Días antes de que finalizara su sexenio, De la Madrid autorizó que entrara en operación la concesión de Multivisión.

En la selva política, Azcárraga se movía a sus anchas. Conocía el sistema y sabía perfectamente qué botones presionar para obtener lo que quería. “Emilio les habla a los funcionarios como nadie. Y sabe reconocer el talento. Toma lo que le sirve y desecha lo que no”, describió en una ocasión al periódico Los Angeles Times un alto funcionario mexicano.

Aunque no hay duda de que era hombre del sistema, Azcárraga nunca les hizo la corte a los funcionarios. Hablaba con los presidentes de tú a tú y sus asuntos los trataba con la primera línea del gabinete, no con ceremonia ni reverencia, sino como si estuviera cerrando un negocio más con algún socio o cliente. Y en cierta medida, así era: Televisa servía al sistema y el sistema servia a Televisa.

Azcárraga a veces difería de algunas posiciones del gobierno, pero pocas veces esos diferendos salían a la luz pública. En privado se manifestaba a favor de la legalización de las drogas, una política que un ala del gobierno veía con buenos ojos, pero que públicamente ha sido inadmisible. A mediados de los 90, Azcárraga le dijo al diario financiero estadounidense The Wall Street Journal: “No hay manera de detener a los narcotraficantes, salvo mediante la legalización de las drogas. Hay demasiado dinero en juego”. Eso pensaba, pero nunca tomó la iniciativa para comenzar una campaña en este sentido. Respetaba la posición oficial.

Tenía su propia agenda y cuando ésta no era compatible con los intereses gubernamentales, lo hacía saber. En septiembre de 1982, cuando el presidente José López Portillo nacionalizó la banca, Azcárraga montó en cólera y encaró al presidente por su decisión, temiendo que la próxima industria a nacionalizar fuera la televisión. “No tenía una convicción política muy firme porque su espíritu capitalista se transparentó en el momento de prueba, cuando la nacionalización de la banca”, dice ahora el ex presidente López Portillo. “Ahí conocí a Emilio Azcárraga”.

Como éste, hubo algunos exabruptos de El Tigre en su trato con el poder, pero fueron más bien excepciones en la generalmente cordial y mutuamente benéfica relación entre Televisa y el sistema gobernante.

Quizá el evento que dibuja más claramente esta simbiosis fue una cena privada del presidente Salinas, los dirigentes del PRI y la crema y nata de la clase empresarial mexicana, que se celebró en febrero de 1993. Durante el banquete, el líder del partido sugirió que cada uno de los asistentes aportara 25 millones de dólares a la campaña presidencial que arrancaría ese año. Azcárraga ofreció triplicar la cantidad como pago a todo lo que, como empresario, había recibido gracias al partido y al gobierno.

Aliado incondicional del presidente de la República —más incondicional de algunos que de otros— y del PRI, Azcárraga no ocultaba su partidismo ni su disposición a apoyar con dinero o en especie al partido oficial. Cada vez que se acercaba un proceso electoral, Azcárraga hacía declaraciones de banqueta en actos oficiales sobre su apoyo al PRI. Las citas eran distintas, pero en lo esencial repetía las mismas palabras: “Somos del PRI, nuestro jefe es el presidente de la República, y somos parte del sistema”.

Ese era El Tigre. Un hombre controvertido que, para bien o para mal, despertaba las más arrebatadas pasiones. Un hombre curioso que exploró casi todas las áreas de la vida nacional.

¿Tuvo algún otro mexicano mayor influencia en la economía, la política y la cultura de su país en la segunda mitad del siglo XX? Hasta ahora la evidencia muestra que no.

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