Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 1988/12/12 00:00

EL TIRO POR LA CULATA

A los dos escritores más vendidos del mundo, la vida los acorraló en sus casas.

EL TIRO POR LA CULATA

El uno tiene 61 años, trece novelas publicadas y 170 millones de ejemplares vendidos. El otro ya alcanzó los 72 años, 18 libros y más de 500 millones de copias en el mercado. El primero se ha especializado en historias de intrigas políticas internacionales, con espías y ministros que mueren envenenados mientras conquistan a una hermosa mujer. El segundo ha convertido las aventuras eróticas y financieras en su marca de fábrica.
El uno se llama Robert Ludlum y uno de sus críticos, después de destrozar el libro que acababa de publicar, confesó que estuvo despierto hasta las cinco de la mañana porque era incapaz de dormirse sin saber cómo se solucionaba la trama. El otro se llama Harold Robbins y las compañías de televisión del mundo entero se pelean los derechos de adaptación de sus novelas que son convertidas en series.
Actualmente Ludlum y Robbins están considerados los escritores más vendidos y leídos del mundo y los derechos anticipados que reciben, cuando apenas tienen un par de líneas del argumento, suficientes para firmar otro contrato, en ocasiones sobrepasan los dos millones de dólares. Ambos gustan de la buena vida, aparecen con frecuencia retratados al lado de gente tan famosa como ellos; tienen equipos de ayudantes que investigan los datos indispensables para convertir libros como "El mito de Bourne" o "El predicador" en éxitos instantáneos .
En medio de esta avalancha de millones, yates, mujeres hermosas, estrellas, contratos para publicar en lenguas que ellos nunca entenderán la tragedia y el miedo se han ensañado en ellos hasta convertirlos en los casos más comentados de los últimos meses en Estados Unidos y el mundo entero.
El 23 de febrero de 1985, Harold Robbins era envidiado por todos los demás escritores. Todas sus 18 novelas seguían reimprimiéndose, sus cuentas bancarias en distintos países seguían engrosando y la vida era demasiado buena y perfecta para un hombre que a los 72 años vivía como uno de sus personajes, con varios yates, dos Rolls Royces, casas en Acapulco, la Riviera Francesa y Nueva York y una nueva mansión en Beverly Hills. A las 11 de la noche de ese día y después de pasar doce horas ante la máquina de escribir, Robbins entró a su alcoba para tomar un baño turco.
Minutos después la asistente personal del escritor descubrió que había una gotera en el techo, marcó el teléfono que funciona en el baño, no tuvo respuesta y cuando entró, lo encontró en el suelo. Había resbalado. En el hospital le dijeron que la cadera izquierda estaba astillada mientras la derecha había sufrido fracturas. Durante los ocho meses siguientes le practicaron tres operaciones, usó una silla de ruedas y luego unas muletas especiales pero el dolor ha sido tan profundo, a pesar de los medicamentos, que no ha podido seguir escribiendo. En un momento dado, creyó volverse loco, se sentía prisionero de su propio cuerpo y la esposa intentó una terapia síquica para convencerlo de que si regresaba a su máquina de escribir, la angustia cedería.
La vida ha cambiado radicalmente para Harold Robbins: después de gastarse más de un millón de dólares en cuentas médicas e impedido para seguir el ritmo de viajes por todo el mundo, decidió vender los yates y las mansiones en el extranjero quedándose con un pequeño palacio en Palm Springs. Todos los días se somete a terapias en piscinas y gimnasios para combatir los dolores que no lo abandonan.
Convencido de la necesidad de regresar a escribir como fuera, Robbins se ha pasado los últimos meses concluyendo su novela número 19, redactando un guión para una película y haciendo el bosquejo de dos nuevas series de televisión mientras piensa en la que sería su vigésima novela.
Mientras tanto,la vida para Robert Ludlum tampoco ha sido grata en estos últimos años, porque algunos grupos terroristas retratados en sus novelas, aunque en forma ficticia, se han mostrado agresivos, enviándole amenazas telefónicas y escritas, obligándolo a cambiar de dirección en tres ocasiones y convirtiéndose en un ermitaño que prefiere no recibir a ningún periodista porque teme un atentado. El escritor que en 1979 rompió todas las marcas al permanecer 41 semanas consecutivas en las listas de los libros y autores más vendidos en el New York Times, ya no sale a la calle no asiste a fiestas, no pasa al teléfono pero sabe que su nombre es citado hasta en las audiencias del Congreso norteamericano: durante el caso Irangate, un senador después de escuchar a un testigo dijo: "Si esa historia la contara alguien como Ludlum la creería a ciegas, por más fantástica que fuera, pero contada por usted, no acepto ni una sola palabra como verdadera."
Mientras Robbins, su gran rival en ventas sobrevive a sus caderas astilladas, Ludlum viaja cada vez menos y dialoga con el equipo de colaboradores que le busca los datos, por medio de su computador. Fue así como recientemente un periodista entró sorpresivamente a ese ordenador y le formuló varias preguntas y el escritor quedó tan sorprendido que las respondió, con poco entusiasmo. Cuando le preguntaron donde estaba el secreto de su éxito, dijo: "La clave del éxito de mis libros está en que sitúo mis historias en un país como Estados Unidos donde el abuso del poder se ha convertido en una costumbre pero donde también uno tiene todo el derecho a denunciarlo y atacarlo. Estos últimos años han sido marcados por los escándalos políticos y financieros y los medios de información, incluyendo mis libros, se han encargado de señalar a los responsables". Le preguntan si es cierto que la CIA se desespera cuando revela algún secreto y no responde. Tampoco cuando le preguntan si tiene miedo de salir solo a la calle. Luego sobre su nuevo libro, "La agenda de Icaro", con ese presidente manipulado por un círculo pequeño y si ese personaje es premonitorio y no responde. El computador se desconecta.
Ahí están los dos escritores más vendidos del mundo, amenazados por el dolor y el miedo, encerrados en sus casas porque ese mundo que fabricaron se les ha volteado al revés.

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