Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1987/10/05 00:00

EL ULTIMO DE LOS PLAYBOYS

La vida de Rubirosa, el seductor más famoso del siglo, último best seller en Francia

EL ULTIMO DE LOS PLAYBOYS

En los años cincuenta, que fueron la edad de oro de los playboys, el modelo supremo de todos los playboys era Porfirio Rubirosa. Pasados 22 años de su muerte sigue siéndolo y su nombre se ha convertido en una leyenda, al paso que sus rivales de entonces --el Alí Khan, por ejemplo, o Frank Sinatra-se han convertido en septuagenarios panzudos cuya única ambición en esta vida es que no se les note demasiado la calva.
Rubirosa nunca dejó de ser, en cambio, el epítome del seductor de lujo: el hombre siempre rodeado de mujeres y yates y champaña y carros de carreras. Porque murió en su ley, y justo a tiempo: a los 54 años, grises las sienes y el cabello intacto, desnucado en su Ferrari a 180 kilómetros por hora contra un árbol del bosque de Bolonia, en París, a la madrugada de una noche de juerga y una tarde de polo en Bagatelle. Sin embargo, cuando murió --el 6 de julio de 1965--y a su entierro acudieron llorando las mujeres más hermosas del mundo, los sastres más caros y los dueños de todas las boites de nuit de París, la revista italiana Epoca se sintió obligada a moralizar un poco, intentando colocarlo en su modesto sitio frente a los grandes seductores de la literatura: "Ni noble con los hombres y cruel con las mujeres como el Don Juan de Tirso de Molina, ni ateo y temerario como el Don Juan de Moliere, ni un guerrero del amor como el Don Juan de Zorrilla, ni con el aura satánica de Don Juan de Byron: no fue sino un artesano con suerte".
Es verdad que Rubirosa no era un donjuán de teatro. Pero en cambio su vida es de novela. Así la cuentan dos periodistas franceses, Pierre Delannoy y Pierre Francois Moreau, en un libro titulado "El último de los playboys" que acaba de ser publicado en París: ese París sin el cual, la verdad sea dicha, sus aventuras hubieran perdido la mayor parte de su gracia. Es la vida de un dominicano simpático y sin escrúpulos, con fama de amante superdotado e infatigable, que tuvo a las mujeres más bellas y se casó con las más ricas: actrices como Danielle Darrieux y Zsa Zsa Gabor, y herederas millonarias como Doris Duke y Barbara Hutton. Y, por supuesto, la primera de todas: Flor de Oro Trujillo, la hija felina del feroz dictador de Santo Domingo, que había de darle la primera fortuna de su vida, para toda su vida, su pasaporte diplomático.
Hijo de un general dominicano las guerras civiles del siglo XIX que tomó su retiro como embajador de país en Londres y en París, Porfirio Rubirosa se educó en Francia. No fue una educación formal: perdió bachillerato. Pero allí aprendió cambio a dominar el baccarat y el polo, la champaña y el whisky, las marquesas y las prostitutas: el mundo frivolidad y despilfarro que constituía la llamada entonces "café society" descrita en las novelas de Scott Fitgerald. El joven dominicano, con sus íntimos amigos de entonces, indio hijo de un maharajá y un méxicano hijo de un latifundista exiliado por la revolución, Kit Kaspurthala Pancho, era lo que en el París de los años veinte se llamaba "un argentino": un joven de tez morena pelo engominado que tenía dinero de sobra para la bohemia despreocupado de los surrealistas franceses, las herederas gringas y los nobles italian que se daban cita en el París en que cantaba Maurice Chevalier y bailaba Josephine Baker. Y le hubiera gustado seguir así y allí toda la vida.
Pero su padre el general, de vuelta a Santo Domingo, quiso que su hijo fracasado en el bachillerato adelantara en su país una carrera de derecho. Y el joven Porfirio, con la muerte en el alma, tuvo que regresar a la isla del Caribe de donde había salido siendo un niño de cinco años. Acababa de tomar el poder el general--luego generalísimo-Rafael Leonidas Trujillo, y Santo Domingo era un, ciudad a un tiempo pacata y aterrorizada, donde no se movian sino los ventiladores y la vida nocturna consistía sólo en los asesinatos de enemigos del régimen. Porfirio se aburria la muerte. Pero hasta la posibilida de un duelo con el tío de una muchacha a quien piropeó en la calle le fue negada por el insondable provincianismo del lugar: no pudieron encontrar puñales para batirse en ninguna ferretería de la ciudad. De modo que abandonó el derecho por la carrera militar, que le permitió ser capitán del equipo de polo que derrotó en el año 32 a la selección nacional de Nicaragua. O eso, al menos, aseguraba años después en París el propio Rubirosa, que era muy mentiroso.
La carrera militar le permitió también algo más importante: conocer a Trujillo, a quien le cayó tan bien que de entrada lo nombró teniente en su estado mayor y le prestó su sastre y su zapatero para que le hicieran uniformes y botas sobre medidas. Pues el encanto de Rubirosa, un magnetismo que lo acompañó toda su vida, no se ejercía solamente sobre las mujeres, sino también sobre los hombres. Seducido el tirano, Rubirosa procedió a seducir a su hija: la bella Flor de Oro que a los 17 años acababa de regresar de un colegio en Europa y no tenía con quién practicar el francés ni bailar música de jazz. Trujillo montó en cólera. "¡Que los casen!'', bramó. Y los casó el arzobispo en la catedral primada, con el embajador de Estados Unidos como padrino de boda.
Era una vida sin complejidades. Todos los días, almuerzo familiar con el tirano. Por las noches, amor con Flor de Oro, que gustaba de hacerlo con un pequeño revólver en la liga. Por las mañanas masaje con el masajista privado de Trujillo. Por las tardes, entrenamiento de boxeo con Kid Gogo, campeón nacional dominicano. A un periodista de Newsweek que le preguntó un día si no trabajaba nunca, Rubirosa le respondió escandalizado: "No me queda tiempo".
Pero fue por trabajar, precisamente, que acabó perdiendo el favor de su suegro. Quiso hacer un negocio a sus espaldas con la draga del puerto, y de inmediato fue despojado de sus cargos civiles y militares y de la dote de su mujer. La joven pareja emigró a Nueva York, donde durante un par de años mal vivieron los dos de lo que Porfirio ganaba jugando póker. Hasta que, tan intempestivamente como había sido la caída en desgracia, vino el perdón bajo la forma de un telegrama de Trujillo: "Regresa. La República te necesita". Rubirosa volvió a Santo Domingo para ser elegido diputado y, al poco tiempo para cumplir una delicada misión en Nueva York. La misión sólo duró 11 días, al cabo de los cuales un enemigo político de Trujillo fue asesinado a tiros (nunca se supo por quién) en el apartamento neoyorquino de Rubirosa, y éste regresó a su país huyendo de la justicia norteamericana. Para ponerlo a salvo, Trujillo lo nombró primer secretario de su embajada en Berlin, dando así comienzo a su larga carrera diplomática. "Nació para la diplomacia --explicaría el propio Trujillo. Les gusta a las mujeres y es un mentiroso abominable".
Era el Berlin de Hitler y de los Juegos Olímpicos de 1936. Rubirosa empezó por gustarle tanto a las mujeres de los demás diplomáticos, que Flor de Oro, celosa, pidió a su padre que los mandara a otra parte. "Porfirio sólo me quería para que estuviera en la casa esperándolo", se quejaría años más tarde. Fueron primero a Londres, para la coronación de Jorge VI, y luego se instalaron en París, donde Rubirosa tenía el cargo de secretario de la embajada. Para no depender solamente de la generosidad de su suegro, empezó a hacerse rico vendiendo visas dominicanas a los españoles republicanos que acababan de perder la guerra en su país. Reanudó su vida nocturna de otros tiempos, recuperando entre las mujeres el prestigio de "siempre listo" que sus proezas sexuales le habían ganado unos cuantos años antes. Flor de Oro, desesperada, regresó a Santo Domingo a llorar en el hombro de su padre, que la consoló diciéndole: "No te preocupes: la de la plata eres tú", y decretó su divorcio sin darle explicaciones a Rubirosa. Pero lo mantuvo en su cargo diplomático.
Cuando estalló la guerra y Francia fue ocupada por los alemanes, la vida de Rubirosa no cambió. Siguió vendiendo visas--ahora más caras--y sólo tuvo problemas con el ocupante por su insistencia en seguir residiendo en París, y no en Vichy, como todos los demás diplomáticos. Conoció entonces a Danielle Darrieux, que era la "novia de Francia", la joven actriz más famosa de la Francia colaboracionista, y vivieron los dos un largo romance apasionado que culminó en el divorcio de ella de su marido, el director de cine Henri Decoin. En 1942, se casaron ante el alcalde Vichy, la capital colaboracionista del mariscal Petain, en una ceremonia que los rigores de la guerra hicieron necesariamente discreta. Se instalaron en Mégeve, en los Alpes. Pero en esa época, anterior a los "sports d'hiver", y en plena guerra mundial, Mégeve era una aldea muerta, sin más ventajas que la lejanía de los campos de batalla y la vecindad de Suiza, donde era posible hallar coñac. Porfirio bebía coñac, y se aburría. Tuvo que esperar a la liberación de Francia por los aliados para poder regresar a París e instalarse de nuevo en la embajada.
Pero en la Francia devastada de la postguerra ni siquiera la inmunidad diplomática servía de mucho: una noche, en compañía de otros diplomáticos, el automóvil de Rubirosa fue tiroteado por un comando de las FTP, las guerrillas todavía armadas de la resistencia contra los alemanes. Porfirio recibió cinco tiros en el intestino. Más desagradable todavía, y pese a que disponía de un certificado debidamente falsificado de la Resistencia según el cual había pasado buena parte de la guerra deportado en la Alemania nazi, Rubirosa era, para el nuevo gobierno presidido por el general De Gaulle, un "diplomático de Vichy": y los diplomáticos de Vichy no eran aceptados por el gobierno de la Francia Libre. Su ex suegro, el generalísimo Trujillo, lo trasladó entonces a la embajada en Roma.
En Roma, sin embargo, la relación con Danielle Darrieux empezó a deteriorarse. Rubirosa no tenía por entonces más ingresos que su sueldo de diplomático. Y aunque Danielle, que seguía siendo la primera estrella del cine francés, ganaba lo bastante para mantener sus gastos y sus gustos, su Bugatti deportivo y sus calzoncillos de seda sobre medidas, estaba obligada a viajar para filmar sus películas. Porfirio se aburría. Una tarde recibió un telegrama de Danielle, que rodaba en Marrakech una película con el actor Pierre Louis: "Todo ha terminado".
Era la segunda vez que un matrimonio se le acababa telegráficamente. Rubirosa, prácticamente en la ruina--en la casa de la madre de Danielle se le habían quedado 17 sombreros de los mejores sombrereros de Londres, Paris y Nueva York--se sentia maduro para intentar un tercero. Pero, ¿con quién?
La candidata ideal se presentó como caída del cielo. Doris Duke, una norteamericana grandota y narigona directora de la revista Harper's Ba zaar y heredera del multimillonario imperio de los cigarrillos Camel Cuando Rubirosa se enteró de que su anterior marido, un tal Jimmy Crom well, había recibido de ella al divorciarse una "pensión de alimentos" de siete millones de dólares, sintió que su vida no estaba terminada todavía Doris Duke estaba totalmente seducida por los encantos del diplomático dominicano. Sus abogados, sin embargo, que no lo estaban tanto, lo hicieron firmar antes de la ceremonia de la boda una renuncia formal a la fortuna Camel en caso de divorcio. Rubirosa firmó. Se casaron en presencia de docenas de fotógrafos y cientos de curiosos, y la recién casada, generosa y feliz, entregó a su marido un cheque por medio millón de dólares, un Alfa Romeo deportivo seis caballos de polo y un avión B-25. La feliz pareja fijó su residencia en París, en el palacete de Bréteuil, que años más tarde, cuando llegara el divorcio, Doris dejaría a Porfirio como regalo de despedida.
Pero entre tanto, el dictador Trujillo decidió nombrar a Rubirosa embajador en Buenos Aires, y allá fue a dar con su millonaria pilotando su propio avión. Eran los años del primer gobierno de Perón, la Argentina era inmensamente rica como consecuencia de la ruina de Europa, y la vida nocturna de Buenos Aires no tenía nada que envidiar a la de París. Además, allí estaban los mejores jugadores de polo del mundo. Rubi trajo sus caballos. Sedujo sin tardanza--dijeron las malas lenguas--a Evita Perón, cosa que aparentemente no molestó al general, pero sí a Doris Duke, y, de rebote, al generalísimo Trujillo en Santo Domingo. Fueron enviados de regreso a París. En el hotel de Bréteuil, Doris tocaba el piano. Se divorciaron pronto. Rubirosa recibió el palacete y un cheque de cesantía de 160 mil dólares, con los cuales decidió iniciar una nueva carrera de corredor de automóviles participando en los principales premios del mundo.
Fueron sus años de soltero de lujo entre Cannes y Deauville, entre Nueva York y Hollywood, en avión, en yate o en trasatlántico, siempre del brazo de actrices como Joan Crawford, Jayne Mansfield o Veronica Lake. Por su culpa, los matrimonios de las parejas famosas se iban a pique uno tras otro: George Sanders y Zsa Zsa Gabor, el millonario Richard Reynolds y Margaret O'Brien, la bella Joan Sweeny y su marido campeón de golf. Entre dos romances, Rubi intentó rescatar el tesoro de un galeón español hundido en aguas de Santo Domingo, pero fracasó en la empresa y quedó otra vez en la ruina. Tenía cuarenta y cinco años, Trujillo parecía quererlo poco por esos días. Sólo un cuarto matrimonio podría sacarlo adelante. Pero, ¿con quién?
Barbara Hutton, frigida y alcohólica, heredera única de la fortuna Woolworth's (las grandes tiendas norteamericanas del "cinco y diez"), era en aquellos tiempos una leyenda entre los cazadores de dotes. Cuatro maridos --tres aristócratas arruinados de la Europa Oriental y el actor de cine Cary Grant--habían tentado ya su suerte. Y estaba libre de nuevo. Rubi decidió interrumpir su apasionado romance con la actriz Zsa Zsa Gabor--"me caso con la Hutton y ya vuelvo", le explicó--y seducir a la heredera. En unos pocos días fue cosa hecha. Para hacerlo olvidar a su anterior millonaria, Barbara le regaló a Rubi un nuevo avión--otro B-25- y una gran plantación en Santo Domingo que le costó medio millón de dólares. Rubirosa obtuvo comisión tanto sobre el avión como sobre la tierra. Se lanzó a una verdadera orgía de compras de ropa, que pronto le valió el ser elegido el hombre más elegante del mundo por los sastres y sombrereros agradecidos.
Pero el matrimonio no duró sino 53 días, al cabo de los cuales la "pobre niña rica" dio instrucciones a sus abogados para que la divorciaran en México de "ese hombre abominable". Rubirosa, con un millón de dólares en regalos y dos millones y medio en "pensión de alimentos", regresó a los brazos de Zsa Zsa Gabor, con quien se instaló en París, en su hotel de Bréteuil heredado de Doris Duke. La pareja reinaba sobre las noches parisienses, que no eran ya, sin embargo, lo que habían sido en tiempos de los "años locos". La duquesa de Westminster, que recordaba tiempos mejores, decía que no existia ya la "café society" en los años cincuenta: "si acaso, la Nescafé society".
En 1955, Zsa Zsa dejó definitivamente plantado a Rubi. Esta vez no hubo ni siquiera telegrama. Para consolarse, el playboy inició un romance con Ava Gardner, que por esos mismos días sufría el abandono de Sinatra. Pero se sentía viejo, cincuentón. A fines de 1956 dio un paso que sus amigos deploraron considerablemente: se casó por amor. La elegida fue una joven actriz desconocida, Odile Rodin. El dinero de la Hutton daba todavía para muchos Ferraris y caballos de polo, muchas fiestas y jugarretas de baccarat en el casino de Montecarlo con los amigos viejos --el rey Faruk, el Alí Khan--y con los nuevos --el senador John Kennedy y su cuñado Peter Lawford, el presidente cubano Fulgencio Batista, Ramfis Trujillo, el hijo de su benefactor y su antiguo cuñado, que había sido, justamente, testigo de la boda con la heredera del "cinco y diez". A mediados de 1958 Rubi, que llevaba ya años sin ejercer sus funciones diplomáticas propiamente dichas, fue nombrado por Trujillo en un nuevo cargo: embajador en La Habana. Casi de inmediato tuvo que capear un difícil problema diplomático: triunfó la revolución del Fidel Castro, y Fulgencio Batista se refugió en Santo Domingo. A pesar de que durante algún tiempo sus relaciones con Fidel fueron buenas, la situación era insostenible. Pidió a su ex suegro, y lo obtuvo, que lo mandara de regreso a París. "Sólo aquí el matrimonio se parece a un noviazgo", explicó a los periodistas al desembarcar con Odile y sus caballos de polo. "Los playboys son los mejores maridos", añadió y, en efecto, al más famoso del mundo le había llegado la hora de la jubilación.

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