Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2001/01/15 00:00

¿El último emperador?

El trono de Japón podría quedar sin herederos si el príncipe Naruhito y su esposa Masako no tienen hijos. La princesa culpó a la prensa por no respetar su intimidad.

¿El último emperador?

El príncipe Naruhito de Japón no necesitó mucho tiempo para darse cuenta de que Masako Owada sería la madre de sus hijos. El heredero del Imperio del Sol lo tuvo claro desde que asistió a un concierto de música clásica en octubre de 1986 y alguien le presentó a la inteligente y simpática hija de Hisashi Owada, un burócrata con mucho poder en el gobierno.

Pero Masako, educada en Oxford y Harvard, no estaba muy convencida de ello. Sacrificar su brillante carrera profesional para convertirse en una princesa de porcelana no estaba entre sus planes inmediatos y con un afectuoso beso de despedida dejó a Naruhito con el corazón destrozado. Durante los seis años siguientes la pareja jamás se escribió, se visitó o se telefoneó.

En el verano de 1992, al acercarse el cumpleaños número 31 del príncipe, tres funcionarios de la corte fueron asignados para buscarle una esposa virtuosa entre las familias más ilustres de Japón. Al preguntarle sobre sus gustos femeninos Naruhito especificó que su futura compañera debía cumplir con un solo requisito: ser idéntica a Masako.

De lo contrario se quedaría soltero, no tendría descendencia y, por primera vez en 1.400 años, el trono del crisantemo se quedaría sin heredero. La noticia disparó la alarma en el palacio imperial y la propia emperatriz Michiko se puso de acuerdo con la familia Owada para hacer entrar en razón a la joven. Después de un extenso lobby, en el que no faltaron los galanteos y las promesas de amor eterno, la esquiva Masako por fin cedió y anunció su matrimonio con Naruhito para el 9 de junio de 1993.

Solucionado el problema de la esposa sólo quedaba pendiente el nacimiento de un hijo varón. Pero la dulce espera completa ya siete años y el pueblo se pregunta con insistencia por qué la cigüeña se niega rotundamente a visitar a la pareja. Desde que el emperador Hirohito abolió el concubinato en 1924 la línea de sucesión se rige bajo unas normas estrictas que excluyen a las mujeres y a los hijos adoptados.

El año pasado la esperanza renació momentáneamente al comprobarse que Masako estaba en el primer trimestre de embarazo. La alegría se esfumó el 31 de diciembre cuando la princesa tuvo que ser intervenida con urgencia debido a una irregularidad en la gestación. Desde entonces han pasado 12 meses y la prensa sigue ensañada tratando de averiguar las razones que expliquen la supuesta infertilidad.

¿El príncipe será impotente? ¿Son muy viejos para tener su primer hijo? ¿La princesa tendrá trastornos ginecológicos? ¿El aborto fue provocado por las agotadoras giras a las que el jefe de protocolo sometió a Masako?

La semana pasada la situación llegó a niveles insostenibles y la princesa aprovechó el día en que cumplía 37 años para irse lanza en ristre contra los medios de comunicación, a los que criticó por su falta de ética y dejó entrever que la presión de la prensa influyó en la interrupción de su embarazo.

Masako no estaba del todo equivocada cuando se cuestionó su matrimonio con un miembro de la familia real. A fin de cuentas no es fácil para una mujer de clase media saberse responsable de la continuidad de la monarquía más antigua del mundo.

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