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| 1/3/1994 12:00:00 AM

EL ULTIMO "SANTISTA"

La muerte de Roberto Garcia-Peña representa la desaparición del mayor exponente del estilo periodístico que gestó Eduardo Santos.

DESDE LA DIRECCION DEL DIARIO EL Tiempo, cargo que ocupó durante 42 años, Roberto García-Peña se convirtió en símbolo de una era del periodismo colombiano, que hoy bien podría calificarse de 'santismo", pues representó un estilo y un talante que reflejaban milimétricamente la personalidad del ex presidente Eduardo Santos. Pero a pesar de que su modo de ejercer la profesión fue ejemplo en épocas anteriores, si fuera comparado con el periodismo moderno probablemente hoy no sobreviviría.
Se trata de un estilo en cierta forma prosopopéyico y amable que no excitaría a las nuevas generaciones. No obstante esa escuela "santista", captó mejor que nadie el espíritu de consenso que el país anhelaba.
Este santandereano que estudió para abogado, se inclinó por el periodismo desde muy joven, cuando aprovechaba los recesos que tenía en el Externado de Colombia para regresar a la solariega casona campesina donde creció.
Durante esas temporadas, se sentaba a oír las historias de los arrieros y ponía en práctica ese espíritu de reportero que luego utilizaría para auscultar los detalles del acontecer nacional. Su carrera periodística la inició en El Espectador como reportero, y al terminar sus estudios de derecho se vinculó a El Tiempo, donde permaneció por cerca de cinco décadas.
Por cuenta de su columna El Rastro de los Hechos, que escribió semanalmente hasta su muerte y en aras de la defensa de la libertad de prensa, llegó incluso a arriesgar su vida.
Fue testigo de excepción de sucesos como el incendio de la sede de El Tiempo y su posterior clausura por órdenes del general Gustavo Rojas Pinilla. Fue, además, poeta clandestino y autor de obras como Conferencias sobre el Derecho Internacional. Lo romántico en la novela americana, El sentido de una política e Hispanismo e hispanidad y en un breve receso en el periodismo, se dedicó a la diplomacia.
El ejercicio intelectual de la lectura y la redacción constituían un ritual de su vida cotidiana, y a estas actividades se dedicó hasta el último día de vida. Por esto y por su especial sentido del humor, su pasión por las rancheras y los boleros. y los trocitos de papel donde escribia, con caligrafía perfecta, su columna, "Don Roberto", -como le decían en El Tiempo- dejó imborrables huellas en quienes fueron sus colaboradores.
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