Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2001/07/16 00:00

En busca del tiempo perdido

Detrás del gran momento tenístico de Jennifer Capriatti hay una historia de sufrimiento que tuvo que superar para llegar a donde está.

En busca del tiempo perdido

Despues de su eliminación en primera ronda en el Abierto de Estados Unidos de 1993, Jennifer Capriatti se sumió en una profunda depresión que por poco acaba con su vida cuando apenas tenía 17 años. Y no es una exageración. Pensó en suicidarse. Se encerró en su habitación durante una semana con la luz apagada y no permitió que nadie le hablara. Stefano, su padre, discutió con ella y le exigió que volviera a las canchas lo antes posible porque su carrera no se podía truncar en el momento en que el mundo tenía los ojos puestos sobre ella.

Y no era para menos. Cuando tenía 13 años se coronó campeona en la categoría júnior de dos torneos de Grand Slam: el Roland Garros y el Abierto de Estados Unidos. Un año más tarde, ya como profesional, obtuvo su primer título y llegó a la semifinal de Roland Garros, convirtiéndose en la tenista más joven de la historia en conseguir esta instancia. A los 15 años también llegó a la ronda semifinal en Wimbledon, otro Grand Slam. Sus prematuros éxitos presagiaban lo mejor y más cuando obtuvo en 1992 la medalla de oro para Estados Unidos en los Juegos Olímpicos de Barcelona.

Pero Jeniffer Capriatti se hastió de los elogios y de la presión de su padre, quien le negó todo lo que la alejara del tenis. Cansada de ello decidió vivir la vida como cualquier joven de su edad y la separación de sus padres terminó por deprimirla.

En pocos días subió 15 kilos de peso. Fue detenida por robar un anillo en un centro comercial de Miami, después de que unos amigos la retaran a hacerlo. Meses después fue arrestada por posesión de marihuana al lado de dos hombres que guardaban crack y heroína. Estuvo recluida en un centro de rehabilitación durante un mes y por más de dos años tuvo asesoría sicológica.

Durante cuatro años Capriatti estuvo alejada de las canchas y su regreso no fue nada fácil. Su padre reconoció que se había excedido a la hora de presionar a su hija para que fuera la mejor tenista del mundo. Ella no parecía tener más alternativas, no sólo por su talento sino porque desde que era niña casi que su única compañía había sido una raqueta de tenis.

Cuando regresó a las canchas en 1996 nada parecía ser como antes. Empezó a acumular malos resultados y durante los dos siguientes años no consiguió llegar a ninguna final. Las lesiones también la aquejaron y su constante lucha por no subir de peso se convirtió en un dolor de cabeza. En una rueda de prensa en París no pudo contener las lágrimas y confesó que no se sentía bien y que aún no estaba segura de jugar tenis.

En mayo de 1999, cuando obtuvo el título de Estrasburgo, asomaron rezagos del nivel deportivo que la dio a conocer aunque su actuación en torneos de Grand Slam no fue la mejor. Sólo hasta finales de 2000, reconciliada con su padre, quien actualmente la acompaña en cada partido, ella volvió a ser la deportista que el tenis extrañaba. “Antes pensaba que perder un juego era lo peor y me costaba semanas reponerme. Ahora sé que siempre hay una revancha y eso me pone feliz”, dijo.

Esta ha sido su mejor temporada. Ha obtenido el título del Abierto de Australia y el Roland Garros y ya tiene en la mira Wimbledon. Su entrenador, Harold Salomon, ha sido fundamental en la recuperación de Capriatti, más en lo técnico que en lo anímico. Sus problemas personales son cuestión del pasado. A pesar del tiempo que estuvo alejada del tenis Capriatti está dispuesta a hacer historia. Apenas cumplió 25 años y tiene muchos más por delante para conseguirlo.

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