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| 11/2/2013 2:00:00 AM

La maldición de los Hemingway

Durante cuatro generaciones la familia del escritor Ernest Hemingway ha sufrido de enfermedades mentales. Ahora Mariel, una de las nietas del célebre autor, cuenta la trágica historia en un nuevo documental.

Mariel Hemingway vive desde hace años en un remoto rancho detrás de las montañas de Malibú, en el sur de California. Todos los días se levanta con su novio antes del amanecer, calienta un té de jazmín verde y recibe los primeros rayos de sol en su jardín, donde tiene hortalizas orgánicas, un gimnasio y hasta un muro para escalar. 

“Nuestro rancho es extraordinario y vivir de la tierra y en conexión con la naturaleza es un privilegio. Acá todo significa salud y felicidad”, le contó a SEMANA. A pesar de venir de una familia con un trágico historial de enfermedades mentales y depresiones, a sus 51 años Mariel goza de un vigor envidiable.

Su abuelo, el nobel de literatura Ernest Hemingway, se quitó la vida con una escopeta en 1961, cuatro meses antes de que ella naciera. Al igual que él, otros miembros de su familia se han suicidado y algunos han pasado casi toda su vida entrando y saliendo de clínicas psiquiátricas.

“Hoy no creo que nosotros tengamos una maldición, pero cuando me enteré de las tragedias me dio mucho miedo”, le confesó a esta revista en vísperas del estreno de Running from Crazy (Huyendo de la locura), un documental sobre su familia que se estrenará en Estados Unidos esta semana. 

Mariel creció sin saber que su abuelo se había suicidado. Su papá, Jack Hemingway, el hijo mayor del escritor, tampoco le contó que el hermano, la hermana y el padre del autor de El viejo y el mar se habían quitado la vida. No quería agobiarla con esas historias. De niña Mariel creía que Ernest, el héroe que peleó en la Primera Guerra Mundial y cubrió la Guerra Civil Española, se había disparado por accidente. Pero a pesar de su ignorancia, la genética familiar definitivamente pesó sobre ella y sus dos hermanas, Muffet y Margaux. 

Muffet, la mayor, empezó a tomar alcohol desde muy joven. A los 14, bajo los efectos de LSD, amenazó a su madre con unas tijeras y salió corriendo desnuda por Ketchum, un pueblo en Idaho. Poco después le diagnosticaron esquizofrenia. Margaux, la del medio, quien se convirtió en una de las modelos más importantes de los setenta y apareció en las portadas de Vogue y de Time, también se volvió adicta al trago y a las drogas. En 1996, un día antes del aniversario 35 de la muerte de su abuelo, ingirió una sobredosis de pastillas que tomaba para epilepsia producida por el alcohol. Tenía 42 años. 

“Cuando ella murió de inmediato pensé: ahora es mi turno. Ahora la que se va a enfermar soy yo. En verdad creía que se trataba de un virus y que lo podía contraer”, dijo Mariel en un reportaje reciente de The New York Times. La menor de las tres hermanas Hemingway siempre fue la responsable de la familia. De pequeña recuerda que limpiaba la casa luego de las peleas de sus padres borrachos. A los 11 años se encargó de cuidar a su madre cuando a esta le salió un tumor cancerígeno. Poco después, y sin haber terminado el colegio, se mudó a Nueva York para vivir con su hermana Margaux.

Allí saltó a la fama con tan solo 16 cuando interpretó a la novia adolescente de Woody Allen en Manhattan (1979). Pero ese papel, que le valió una nominación al Oscar a mejor actriz de reparto, no logró consolidarla en la elite de Hollywood. No volvió a conseguir un rol importante y poco a poco descubrió el lado oscuro de su apellido. Se volvió depresiva, ansiosa y se obsesionó tanto con su salud que dejó de comer. Ensayó todo: terapeutas, gurús y hasta astrólogos. 

Después de pasar 20 años en busca de respuestas, Mariel encontró la estabilidad junto a su novio, un doble de acción de Hollywood, en su pequeño rancho. Ahora trabaja con varios institutos para acabar con los tabús que se han creado alrededor de los trastornos mentales. Además ha escrito dos libros de autoayuda, uno de cocina y otro de yoga; todo con la esperanza de que la próxima generación Hemingway no tenga que cargar sobre sus hombros el peso de una maldición.
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