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| 7/8/1996 12:00:00 AM

EUTANASIA A LA COLOMBIANA

UN MEDICO RETIRADO, QUE AFIRMA HABER AYUDADO A MORIR A CUATRO ENFERMOS TERMINALES, ENCIENDE LA POLEMICA DE LA EUTANASIA EN EL PAIS.

Mientras la polémica alrededor de la eutanasia crece en Estados Unidos, sobre todo ahora que el famoso 'Doctor Muerte' Jack Kevorkian acaba de ser absuelto en un juicio en el cual se le acusaba de aplicar una inyección letal a un paciente terminal, en Colombia la discusión sobre el derecho de los enfermos terminales a decidir el momento de su muerte apenas comienza. Aquí el personaje clave del tema es un médico anestesiólogo retirado que, después de muchos años de silencio, decidió contar en público que había aplicado la eutanasia por lo menos a cuatro pacientes. Se trata de Juan Marín, un médico de 89 años tardíamente graduado en la facultad de medicina de la Universidad Nacional en 1956 y reconocido en los círculos científicos como fundador de la Academia Colombiana de Anestesiología. Desde hace cinco años, cuando decidió contar que había ayudado a morir a su esposa enferma, Marín se convirtió en el portador de la bandera del grupo de colombianos que piensan que la eutanasia es un acto humanitario y no un asesinato en primer grado. La primera vez que Marín habló del tema fue en 1991, durante un congreso de anestesia en Manizales, donde expuso el caso de su esposa, un año después de su fallecimiento. "No tenía miedo ni ningún remordimiento porque yo hago la eutanasia por amor y no por dinero", dice Marín. Además, aunque en Colombia este acto está prohibido por la ley y se castiga penalmente, Marín ya no enfrentaba ningún riesgo judicial debido a que por su edad ya no puede ser encarcelado. Pero la aplicación de la "inyección del descanso" a su señora no fue la única oportunidad en la que el médico decidió ayudar a morir a un paciente. El encuentro de este anciano con la eutanasia sucedió en 1933, cuando trabajaba como cloroformista ad honorem en el Hospital de la Misericordia. Una mañana, el cirujano de turno recibió un niño recién nacido con un problema de onfalocele _el ombligo inserto en el abdomen_ que según el médico era inoperable. Ante la insistencia de Marín, el galeno decidió intervenir al pequeño. Marín fue el encargado de aplicar el agente anestésico que en esos tiempo era el cloroformo. Pero como había sido pronosticado por el cirujano, los intestinos del pequeño se salieron y no pudieron reducirlos y el niño enfrentaba un grave problema de infección. En ese momento Marín pensó que en ese estado no iba a sobrevivir más de ocho días. "Pensé si valía la pena prolongar su vida en esas condiciones", recuerda el anestesiólogo. "Quise resolver ya el futuro ingrato de este pequeñín, condenado a perecer. Entonces forcé la dosis de anestésico y después de varias horas el recién nacido murió". En 1973, mientras era jefe de anestesia en el Hospital Militar, tuvo la oportunidad de ver un caso dramático de un niño de un año que llegó a urgencias después de haber sido comido por ratas, y una vez más pensó en el beneficio de la eutanasia. "El niño no tenía ojos, orejas, nariz, ni órganos genitales". En ese momento recordó una historia publicada en un periódico, en la cual un niño quemado a quien los médicos le habían salvado la vida se preguntaba por qué no lo habían dejado morir. Entonces decidió anestesiarlo sin consultar a nadie."Tomé la resolución yo solo. Me sentí como Dios. Y pensé como Dios y actué como Dios", dice. Un año después los médicos le diagnosticaron cáncer de matriz a su hermana Josefina, quien había trabajado con él como anestesióloga. Ella fue sometida a una intervención quirúrgica, pero desafortunadamente la recuperación fue bastante tormentosa. "Al mes tenía metástasis en el pulmón derecho", afirma el médico. La situación de Josefina era tan grave que los especialistas prefirieron remitirla a su casa para que muriera allí. Cuando Marín llegó, salía de su cuarto el sacerdote que le había dado la extremaunción. "Cuando la vi inconsciente y en un estado tan lamentable, tomé la decisión de acelerar su muerte sin consultarle a nadie. Le apliqué una inyección de pentotal". Pero sin duda la decisión más difícil llegó cuando los médicos le encontraron un tumor en la vejiga a su esposa Hilda. Los dolores eran tan intensos que ella casi no podía moverse. "Quince días antes de la eutanasia yo llamé a Jehová y le dije: 'cúrame a Hilda'. Yo le di 15 días de plazo y le dije 'si no actúas en ese tiempo actúo yo'. Ocho días antes de cumplir el plazo invoqué de nuevo a Jehová y le dije: ''estás sordo Jehová' Ella seguía peor." Cuando se acercaba el día en que vencía el plazo, él comenzó a averiguar por los gastos mortuorios y empezó a planear la manera en que haría la eutanasia. Escribió la última voluntad de su mujer y ese día, a las 6 de la tarde, dijo a sus hijos que lo dejaran solo con ella. "En la noche en su cuarto charlamos un rato y me dijo que le pusiera la inyección pero que fuera doble", afirma Marín. Con esa frase de su esposa él supo que ese era el momento perfecto para hacerlo. Entonces le aplicó la doble inyección de morfina y esperó a que se durmiera. "Cuando ya estaba profunda, le ligué el brazo y le apliqué el pentotal. Ella siguió durmiendo y nunca volvió a despertarse". Como en todos sus otros casos, Marín considera que el paciente no debe enterarse del momento en que va a morir. Así mismo cree que el médico que aplique la eutanasia nunca debe comentar ese acto con nadie. Siguiendo esa filosofía nunca contó a sus hijos lo que había hecho con su mamá. Como ellos no esperaban que su madre viviera mucho tiempo, cuando al día siguiente llegaron y la encontraron muerta, pensaron que había sido por obra y gracia divina. Durante todos estos años el anestesiólogo Marín, a quien se considera el padre de la anestesia en Colombia, no ha tenido demandas ni problemas con los familiares de las personas a quienes ha practicado la eutanasia. Ni siquiera tiene problemas con su conciencia porque, como afirma, "si yo he hecho eutanasia es porque Dios lo ha permitido". n n Marín piensa que el paciente no debe saber el momento de su muerte
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