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| 3/31/1986 12:00:00 AM

EVTUSHENKO HACE CINE

El niño rebelde de la literatura soviética vuelve a hacer de las suyas, al comenzar la era Gorbachev.


Algunos recuerdan con una sonrisa el incidente protagonizado por el joven poeta cuando estuvo en Barranquilla a finales de los sesenta. Se encontraba en el mejor momento de su vida, era el más encendido crítico de la burocracia de su país y se la pasaba viajando como una prueba de que nadie le impedía que dijera todo cuanto quería decir: en el aeropuerto de Soledad un reportero que hablaba ruso quiso impresionarlo y lo llamó "Gospodin", por respeto, por admiración y el otro se volteó iracundo, rojo por el calor y le gritó:
"Nunca le diga "Gospodin" a un ruso y menos ahora, en mi país ya no existen los caballeros, ya no existen los terratenientes, todos somos iguales. Grábese esto en su cabeza:los "Gospodin" ya no existen más, ni físicamenle ni como una palabra de nuestro idioma".
Así era en esa época, peleaba con todos, se agarraba con la prensa, discutía con los funcionarios de la cultura soviética, aparecían poemas y cuentos y conferencias suyas en los principales periódicos y revistas occidentales, mientras su aureola de niño terrible de un mundo soviético que se estaba abriendo poco a poco, con tímidez, iba creciendo.
Ahora, luego de todos estos años de reclusión en los que de vez en cuando él aparecía para hablar en público (hace poco unas declaraciones suyas sobre la burocracia y algunos planes estatales empantanados han coincidido curiosamente con el pensamiento de Gorbachev), atraviesa otro estrellato fugaz en Estados Unidos, donde pasan su película Kindergarten, en la que cuenta la historia de un niño de nueve años que es evacuado durante la guerra, desde Moscú hasta Siberia. Durante el viaje conocerá ladrones de corazón noble, especuladores del demonio, la muerte, el amor y todo cuanto a esa edad encierra alguna dosis de misterio y sorpresa.
Treinta años atrás, cuando lo interrogaban sobre su trabajo literario y político, siempre usaba una frase curiosa: "No hay que dormirse, el enemigo acecha".
Hoy le repiten la pregunta y entonces describe su trabajo como una especie de borscht, esa sopa rusa en la que caben todos los ingredientes y el mejor sabor se encuentra en el fondo del plato. Esa es la imagen que mejor describe lo que hace, los poemas y las novelas y también esta película autobiográfica que escribió, dirigió, protagonizó, y que fue estrenada tres años atrás en su país.
Ahora tiene 52 años, el pelo más blanco y no tan al rape como entonces, pero los ojos azules, desafiantes, siguen siendo los mismos, los que encendían los aplausos de los jóvenes que se sentaban durante largas horas a escucharlo, con su voz extraña, a contar esas crónicas que buscaban despertar un movimiento juvenil en todo el mundo, solidario con lo que él creía debía ser la libertad del artista. Durante estos años, su reputación, su obra y sobre todo su vida, han conocido subidas y bajadas, periodos brillantes y oscuros, aplausos y ataques, mientras esta generacion que lo conoce mal se pregunta a veces quién es ese poeta soviético de nombre impronunciable de quien todavía algunos hablan.
La peor acusación contra Evtushenko es que ya no es el rebelde de antes, que se ha convertido en un conformista y él tiene una respuesta precisa. A lo largo de toda su carrera siempre ha tratado los mismos temas siempre ha perseguido los mismos objetivos y lo que es peor, en Occidente pocos saben cuánto ha luchado en defensa de algunos de sus colegas ante las autoridades soviéticas. De eso nadie habla, no se publican fotos ni noticias de cómo, por ejemplo, luchó hasta conseguir que la casa donde vivia Boris Pasternak no fuera derribada en Peredelkino y más bien la convirtieran en un museo nacional. Eso no se sabe y por eso lo tildan de conformista, de entregado al enemigo.
Durante los últimos años, ha publicado lo que los críticos consideran su obra más dura, más densa, más importante, incluyendo su novela en prosa y verso Wild Berries y un largo poema, Fuku, en el que analiza las relaciones de los grandes hombres de los últimos siglos con el Demonio y el Mal, poema publicado en el periódico Novy Mir.
Pero para esos que lo acusan de conformista, Evtushenko apareció hace dos meses de nuevo en las barricadas literarias, con una intervención ante una conferencia de escritores soviéticos en Moscú, en la que pedía a la literatura de su país que deje de evitar algunos de los temas tradicionalmente malditos, como la distorsión del pasado histórico, el estalinismo, los privilegios de algunos niveles del poder, la censura, los recortes a las obras literarias, y muchos tomaron esas declaraciones como un desafío a Mikhail Gorbachev para que haga efectiva la apertura intelectual de que tanto habla pero, cuando el texto apareció en un suplemento literario, le faltaban algunos párrafos.
Mirando esta película que ahora está en cartelera en Nueva York, en una sola sala, los espectadores y los críticos se preguntan por qué el poeta se acercó al cine, qué lo hizo buscar esta forma de expresión, y él tiene una razón:
"He sido un poeta profesional desde cuando tenía quince años de edad y según los expertos en mi obra, he publicado más de 100 mil versos. Pienso que un hombre no puede pasarse toda la vida haciendo lo mismo, haciendo bicicletas, por ejemplo. Creo que puede modificarlas: hacerlas con dos ruedas, con tres, con cuatro, con una sola si quiere y puede puede hacer bicicletas submarinas, bicicletas voladoras pero, en un momento dado, también puede fabricar algo muy diferente, un avión, por ejemplo Ahora, el cine siempre me ha gustado. En cierta forma gracias al cine me convertí en escritor, gracias al cine italiano. Después de la guerra, nuestra cinematografía soviética estaba dominada por superproducciones pomposas en las que se mostraba gente feliz, que comía y bebía mientras en nuestros campos la gente se moría de hambre y frío. Entonces llegaron esas películas modestas, realizadas sin presupuesto alguno, que tenían títulos que todavía guardan enorme significado para mí y otros millones de soviéticos de mi edad, "Ladrón de bicicletas", "Roma ciudad abierta" y esa forma simple de contar historias diarias me convirtieron en escritor. Hicieron que mi espíritu fuera tocado hasta el fondo. Ese neorrealismo italiano que aparecía en el momento más crudo del estalinismo, facilitó a mi generación una pausa para pensar y sentir".
Otros le han preguntado en que forma ese neorrealismo influyo al momento de hacer Kindergarten. Su respuesta es: "Me ayudó precisamente ese lenguaje, ese espíritu del neorrealismo. Sentí que debia contar algunas cosas de mi infancia y juventud. Pero tenía que contarlo con sobriedad, con cierto patetismo, ya que también es la autobiografía de mi generación. La verdad es que mientras hacía Kindergarten estaba haciendo una película de la película que ya existía en mi memoria. Nunca actué como un director profesional. Lo que hacía era seleccionar cada rostro en la multitud. Buscaba rostros desconocidos en todas partes, en las tiendas, en las calles, quería mostrar el verdadero rostro de la Rusia, no rostros hermosos sino cotidianos".
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