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| 5/10/2014 2:00:00 AM

Y no vivieron felices para siempre…

Una nueva película inspirada en la historia de amor de Grace Kelly y el príncipe Rainiero de Mónaco muestra el lado oscuro del cuento de hadas. Sus herederos encendieron el debate a pocos días del estreno en Cannes.

Grace Kelly soñaba en sus películas con encontrar un príncipe azul. “Todavía tengo la esperanza de que baje cabalgando por la montaña”, es una de sus líneas más recordadas en Green Fire, cinta de 1954. Como si se tratara de una premonición, esa fantasía se hizo realidad un año después cuando Rainiero III de Mónaco anunció su compromiso. La historia parece sacada de un cuento de hadas: la mujer más bella de Hollywood casada con el soltero de oro de la época. Pero como los finales felices solo existen en la ficción, su matrimonio no fue el idilio perfecto que la actriz imaginó.

Mostrar el otro lado del cuento, aquello que las cámaras ocultan, es la trama de  Grace de Mónaco, la nueva película protagonizada por Nicole Kidman y dirigida por Olivier Dahan (La vida en rosa). Como es apenas previsible, los Grimaldi han salido a defenderse. Carolina, Alberto y Estefanía aseguran que la imagen de sus padres proyectada en la cinta ha sido tergiversada. “Se trata de una producción basada en referencias históricas erróneas y dudosas”, afirman en un comunicado reciente, a pocos días del estreno en el Festival de Cannes, el 14 de mayo (a Colombia llega a finales de mes). Según ellos, el largometraje no puede ser calificado de biopic y, dado que Dahan y su equipo no quisieron atender sus recomendaciones, la familia se niega a apoyar el proyecto.

Su molestia tiene que ver con la forma como la película retrata un episodio ocurrido en 1962. En ese entonces, Grace ya había cumplido su misión de asegurar la supervivencia del principado con la llegada de Carolina en 1957 y de Alberto, un año después (Estefanía nació en 1965). Parecía que la actriz había logrado encajar en el diminuto país, el segundo más pequeño del mundo, y estaba completamente entregada a criar a sus hijos. Tenía claro que su ascendente carrera en Hollywood –a los 25 años sumaba 11 películas y un Oscar– había terminado tras su boda. Pero su mentor Alfred Hitchcock estaba convencido de que Grace, ese “volcán cubierto de nieve”, como la describía él, todavía tenía un gran camino por delante.  

Por eso no dudó en proponerle volver al cine para interpretar, junto a Sean Connery, “el mejor papel de su vida” por el que recibiría un millón de dólares. Era una oportunidad difícil de rechazar, así que la princesa decidió plantearle el tema a su marido. Al parecer lo que más ha enfurecido a los herederos es que en la película Rainiero queda retratado como un tirano explosivo que nunca quiso que su mujer volviera actuar. Ella, cansada de vivir junto a un hombre tan controlador, supuestamente llegó a pensar en divorciarse, pero no lo hizo porque eso la habría alejado de sus hijos.    

La versión oficial cuenta, sin embargo, que a Rainiero le pareció una buena idea la oferta y permitió que Grace la aceptara. “Incluso le sugirió que él y los niños podían acompañarla al rodaje de ‘Marnie’ en Estados Unidos como si fueran unas vacaciones de verano”, explicó a SEMANA Jeffrey Robinson, autor de Rainiero y Grace, una biografía autorizada de la pareja. Pero las críticas no se hicieron esperar. Unos decían que el principado estaba quebrado y necesitaba la plata de las películas; mientras que otros no veían con buenos ojos que su alteza serenísima interpretara a una cleptómana frígida con problemas mentales.  

Hasta el papa Juan XXIII le envió una carta pidiéndole que renunciara al papel. El tenso momento político por el que atravesaba Mónaco terminó de complicar la situación. Su fama de paraíso fiscal ya inquietaba a Francia y justo cuando Grace anunció su regreso a la pantalla grande, crecía la presión del presidente Charles de Gaulle por convertir al pequeño Estado en un protectorado francés con el fin de evitar que sus ciudadanos se radicaran allá para no pagar impuestos en su país. El escándalo no hizo sino agregarle leña al fuego y al final Rainiero obligó a su esposa a rechazar la propuesta de Hitchcock.

Grace se resignó a su destino de vivir para siempre en Mónaco, una jaula de oro de dos kilómetros cuadrados, más pequeña que el Central Park de Nueva York. “Sé exactamente dónde voy a estar el resto de mi vida”, le dijo entre lágrimas a uno de sus amigos. Su sueño había terminado. “Rainiero resultó ser todo menos un príncipe azul y Mónaco no se parecía en nada a un cuento de hadas –explicó a esta revista el historiador Robert Lacey, quien en 1994 publicó Grace, uno de los libros más polémicos sobre la actriz–. Ella creía que su vuelta a la actuación le permitiría escapar de ambas cosas, pero fue imposible”.
 
Después de todo, frente a las cámaras era donde se sentía más cómoda. Nacida en Filadelfia en 1929, la joven Grace Patricia Kelly empezó su carrera en el mundo del espectáculo como modelo de avisos publicitarios. A los 20 consiguió su primer papel en Broadway y dos años después debutó en el cine. Pronto se convirtió en la consentida de los estudios MGM y en la favorita de los diseñadores. “Eso bastó para que la chica dorada, la criatura clásica vestida de seda blanca, ingresara al panteón de la fama”, escribe la revista Vanity Fair. Ni siquiera los rumores sobre sus múltiples amantes han destruido el mito. Cuando contrajo matrimonio con Rainiero, era un secreto a voces que ya había perdido su virginidad. Su lista de affaires incluía a todos sus compañeros de set, desde Clark Gable y Gary Cooper, hasta Ray Milland y William Holden. 

Una sesión de fotos organizada por Paris Match en el palacio de los Grimaldi en 1955 marcó el comienzo de la relación con su ‘verdadero’ príncipe azul. Entonces lo entregó todo en una boda que ella describía como “el carnaval del siglo”, para vivir con él los siguientes 26 años. Grace murió en un accidente de tránsito, cuando sufrió un derrame cerebral mientras iba manejando su viejo Rover 3500 en una curva y perdió el control. Hoy, tres décadas después, su imagen sigue viva en Mónaco, donde su nombre ha servido para bautizar avenidas, colegios, fundaciones, hospitales y jardines.

“Ella es el recuerdo de una época pasada que hemos idealizado. Como fue la cara sonriente de un refugio soleado para personajes oscuros, a su familia le interesa mantener intacto el mito de su pureza”, añade Lacey. En todo caso quienes alcanzaron a conocerla coinciden en que era encantadora. “Era hermosa, amable y accesible”, recuerda Robinson. Esa personalidad sumada a la historia de amor con Rainiero habría sido suficiente para convertirla en un ícono del glamour, pero su trágico final solo ayudó a crear la leyenda. La leyenda de una princesa eternamente joven que no vivió un verdadero cuento de hadas. 
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