Domingo, 22 de enero de 2017

| 2016/06/18 00:00

“Fidel es el gran amor de mi vida”

Marita Lorenz, la amante alemana de Fidel Castro que la CIA contrató para matarlo, cuenta en su libro su relación sentimental con el caudillo.

En 1959, cuando tenía 19 años, marita conoció a Fidel Castro. Ese mismo día este la besó apasionadamente en su camarote del buque Berlín. Quedó flechada. Foto: A.F.P.

Apuntó a la cara de Fidel Castro con el revólver que este le acababa de entregar mientras la retaba a oprimir el gatillo. “Nadie puede matarme”, le dijo, y tenía razón. Marita Lorenz había conocido a Fidel Castro en 1959, vivió un romance con él, y en 1961 regresó a Cuba enviada por la CIA con la misión de acabar con su vida. Falló, no disparó ni cambió la historia, pero pudo ver a Fidel una vez más en esa habitación del piso 24 del hotel Havana Hilton, al lado de las habitaciones del Che Guevara y de Raúl Castro, en la que tantas veces habían hecho el amor.

Cuesta creer que solo ahora la historia de Marita Lorenz vaya a llegar a la pantalla grande. Oliver Stone quiso liderar el proyecto, pero no se materializó. Pasaron los años, y ahora Sony ganó el derecho a hacerla en un proceso licitatorio en el que participaron Fox, Paramount, LionsGate y Warner Brothers. La cinta será estrenada a finales de 2017, y a falta de más información se sabe que Jennifer Lawrence, la actriz más cotizada del momento, interpretará a Marita. Será un rol exigente. La alemana optó por vivir sin temor en circunstancias complicadas, y sobrevivió entre bandos contrarios siguiendo su propia intuición, a sabiendas de que podía costarle la vida. Hoy de 76 años, ha publicado varios libros, entre los cuales está Marita Lorenz, la espía que amó a Fidel.

Marita tenía 19 años cuando llegó a Cuba por primera vez y su romance comenzó de inmediato. Viajaba en el transatlántico Berlín comandado por su padre. Poco después de atracar en La Habana, advirtió varias lanchas que se aproximaban llenas de “tipos barbudos, armados y en uniformes caqui”. Al más alto de todos, que fumaba un cigarro, Lorenz le preguntó qué quería. “Quiero subir, quiero ver”, respondió. Ella no sabía que ese hombre acababa de tomarse el poder al mando de una revolución histórica. Una vez a bordo, Marita le mostró el buque de cabo a rabo, del cuarto de máquinas hasta primera clase. Entonces Castro hizo su jugada clásica y le pidió que le mostrara su camarote. Una vez al frente de este, la empujó dentro y cerró la puerta.

Fiel a su impulso, Castro apretó a Marita contra su cuerpo y la besó, a ella que jamás había besado. Pero ella no se sintió violentada. “Me subyugó. Tenía una fuerza tal que era imposible resistirse”, aseguró recientemente en entrevista con la revista Paris Match. No hicieron el amor pero casi. Así se conocieron, y Fidel la flechó por el resto de sus días.

Luego del apasionado primer encuentro, Marita regresó a casa en Nueva York. Sus vaivenes apenas empezaban. Fidel la sorprendió con una llamada para invitarla a La Habana. Accedió sin titubear y sin advertir a sus padres. Al día siguiente, emocionada pero inquieta, abordó un avión de Cubana de Aviación. “En esos días aún se podía volar a Cuba desde Estados Unidos, las relaciones no se habían quebrado pues Fidel no se había acercado aún a la Unión Soviética”, cuenta. Nueve meses vivió hospedada en la habitación 2408, pero casi desde su llegada se libró a la pasión e hizo el amor con Fidel incontables veces.

“No era un buen amante. Se interesaba mucho más por las caricias que por el acto sexual”, aseguró. Lorenz añade detalles de sumo interés, como por ejemplo que era un narciso enfermizo. “Adoraba mirarse al espejo y acariciarse la barba. Quizás en muestra de inseguridad o quizás pidiendo a gritos la aprobación de los demás, como un niño chiquito”.

Ese aspecto poco le importó. Al lado de Fidel se sentía como una reina y él mismo le decía “Eres la ‘first lady’ de Cuba”. Por eso no sorprende que diga convencida que “Fidel es todavía el gran amor de mi vida”. Pasaron días enteros de pasión y de risas, burlándose de los turistas desde la habitación. Pero ese idilio tenía caducidad y Marita sabía que las cosas no podían ir más lejos. Fidel le dijo que estaba casado, algo que la enloquecía de celos. También sabía que tenía otras aventuras pero contaba con que “siempre regresaba”. Él decidía todo, y Lorenz sabía que presionarlo o hacerle escándalos solo daría al traste con la aventura.

Eso no impidió que quedara embarazada. Cuando se lo dijo a Fidel “lució perdido por un instante, y luego trató de calmar mi emoción”. Por esos días una vulnerable Marita conoció al norteamericano Frank Sturgis, quien se le presentó como aliado de Fidel aunque jugaba a varias bandas. Estaba asociado con los mafiosos dueños de los casinos, con el dictador Fulgencio Batista, recién depuesto por Fidel, y con la CIA. Lento pero seguro, Sturgis fue preparando a Marita para misiones de espionaje. Ella no le ocultó a Fidel sus charlas con Sturgis, pero tampoco le hizo caso cuando le exigió jamás volver a hablarle. Sturgis, hábil, mantuvo contacto mientras ella, entrando al juego, le daba cartas o mensajes que el cubano botaba a la basura y consideraba inútiles.

Pero cuando se juega con fuego, es posible salir quemado. El ambiente alrededor de la alemana se había enrarecido a tal punto que alguien trató de envenenarla. Lorenz cuenta que Fidel no estaba pero la encargó a uno de sus hombres de confianza que la llevó al hospital y luego coordinó su regreso a Nueva York. ¿El bebé? Los médicos en Estados Unidos le aseguraron que lo había perdido. Pero la verdad es que nació mientras estaba en coma en Cuba.

Convaleciente en Nueva York, la contactaron varios agentes del FBI que se ganaron su confianza y le sembraron la idea de que Castro era un monstruo al que había que sacar de circulación. Cuando aceptó, Sturguis le dijo “bienvenida a bordo”. Por la memoria de lo vivido, Castro la volvió a recibir en 1961, pero ella, en presencia de su caudillo, no pudo ni pensar en matarlo. Como Lorenz relata, a pesar de su fracaso en ese golpe no dejó atrás sus actividades como espía pues “una vez se empieza, no se deja atrás”.

Se fue a vivir a Miami, nido de anticastristas, y allá coincidió con Lee Harvey Oswald, según la controvertida Comisión Warren el único culpable del asesinato del presidente John F. Kennedy. “Una noche, reunidos, los escuchaba expresar su odio por Kennedy. Lo culpaban del fracaso de bahía Cochinos. Oswald estaba presente. Era pretencioso y solitario. Ni yo confiaba en él ni él confiaba en mí”. Cree que a Kennedy lo asesinaron dos francotiradores, dice que hizo parte del convoy que llevó las armas de Miami a Dallas y que cuando llegaron los esperaba Jack Ruby, el hombre que luego mató a Oswald.

Sobre el hijo que tuvo con Castro, “creció allá, se llama Andrés Vásquez”, dice. Lo confirmó en 1981, cuando vio por última vez a Fidel. El caudillo no mostró mayor emoción al verla, pero accedió a sus súplicas de dejarla conocer a su hijo. No paró de llorar un segundo desde que la puerta se abrió, lo vio, y le dio los regalos que le había llevado. “Es muy parecido a su padre, sus manos, su manera de mirar, su rostro. Me dijo que estudiaba Medicina”. Le envió cartas, pero dejó de escribir cuando recibió de él un paquete vacío.

La Comisión Warren descartó su testimonio sobre la muerte de Kennedy en 1978. Pero eso no logrará evitar que su versión de los hechos se escuche de nuevo, con mucha más fuerza, una vez su libro se popularice y su película salga a la luz.

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