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| 8/6/2011 12:00:00 AM

Freud y la cocaína

Un libro revela cómo el padre del psicoanálisis se convirtió en consumidor habitual del peligroso polvo blanco, porque creía que era la cura para todos los males.

Mucho antes de que la cocaína se convirtiera en la droga de moda en las discotecas de los años setenta, Sigmund Freud, el padre del psicoanálisis, ya era un asiduo consumidor. Cada vez que lo invitaban a una fiesta tenía por costumbre ponerse su mejor pinta y esnifar unos cuantos gramos "para destrabar la lengua", según le escribió a su prometida en una carta de 1886. Sin embargo, lo que al principio parecía algo inocente, con el tiempo pasó a ser una adicción seria que amenazó con nublar su juicio.
 
Freud consignó su experiencia con el polvo blanco en una obra titulada Über coca, pero solo ahora salen a la luz detalles de esa oscura faceta que vivió durante doce años. Todos esos secretos están reunidos en An Anatomy of Addiction (Anatomía de la adicción), un libro de Howard Markel, profesor de la Universidad de Michigan, que cuenta cómo el médico austriaco se rindió a los encantos de la cocaína porque creyó que era el elíxir de la vida. Aunque el hilo conductor del texto es su historia, el autor aprovecha para hacer un recorrido por los orígenes de la sustancia, que llegó a ser muy comercializada en Europa y Estados Unidos, mucho antes de que fuera declarada ilegal.
 
Los exploradores que visitaron Suramérica a principios del siglo XIX llevaron a sus países natales las hojas de coca que vieron mascar a los indígenas, porque querían descubrir cuál era el ingrediente mágico que los hacía resistentes al cansancio y al hambre. Químicos de todas partes del mundo hicieron ensayos con la planta hasta que finalmente, alrededor de 1860, lograron aislar el alcaloide de la cocaína responsable de estimular el sistema nervioso.
 
Fue entonces cuando Freud resolvió dedicarse a estudiar los usos terapéuticos de esta droga en su afán por ganar prestigio entre la comunidad científica de Viena. Investigaciones previas habían demostrado erróneamente que podía curar la adicción a la morfina (común entonces en casi todas las casas porque se usaba para aliviar los dolores) y, por eso, el joven empezó a tratar con el polvo blanco a un amigo que sufría una dolencia crónica. Luego, él mismo la probó. Lo cautivó su efectividad para evitar la ansiedad y aumentar el deseo sexual. No tardó en volverse uno de sus simpatizantes más fieles, y era común que se la recetara a familiares y amigos para "hacer de los días malos, buenos, y de los buenos, todavía mejores".
 
Freud estaba muy entusiasmado con el experimento y creía que había encontrado la fórmula que lo haría célebre. "No importaba cuál fuera la razón, calmar una migraña, un dolor de estómago, un ataque de sinusitis o un episodio melancólico, Sigmund siguió consumiendo cocaína", escribe Markel en el libro. Nadie sospechaba de sus peligros en ese entonces. Cualquiera podía comprarla en las farmacias sin necesidad de prescripción médica y los comerciantes aprovecharon el boom para convertirla en el componente principal de ungüentos, jugos, cigarrillos y hasta margarinas.
 
De hecho, antes de que aparecieran los grandes capos de la droga, un químico llamado Angelo Mariani se hizo millonario gracias a una mezcla a base de extractos de hoja de coca y vino de Burdeos. El vino Mariani, como lo bautizó, fue por varios años la bebida preferida de personajes como Julio Verne, Thomas Edison, Robert Louis Stevenson, Alejandro Dumas y el papa León XIII. Su capacidad para "fortalecer el cuerpo y la mente", según se leía en algunos anuncios de prensa, pronto atrajo la atención de John Syth Pemberton, un veterano de guerra adicto a la morfina, residente en Atlanta. Pemberton creó un tónico parecido al de Mariani conocido como Vino Coca Francés, que luego evolucionó -ya sin licor, a raíz de la prohibición de las bebidas alcohólicas en ese estado- a la Coca-Cola.
 
Tuvo que pasar un buen tiempo para que la ciencia entendiera las devastadoras consecuencias de abusar de la cocaína. Freud solo la dejó en 1896 (cuando rondaba los 40 años), porque además de sentir taquicardia, su desempeño intelectual comenzó a desmejorar. El alcaloide también aceleró la muerte de su amigo y por poco acaba con la vida de otro de sus pacientes. Llegó a consumirla tan seguido que solía tener la nariz roja y húmeda. Para cortar el hábito trataba de mantenerse ocupado todo el día: se levantaba antes de las siete de la mañana, atendía alrededor de doce personas, y leía y escribía hasta muy tarde.
 
A diferencia de él, William Halsted, pionero de la cirugía moderna e inventor de los guantes de goma para procedimientos quirúrgicos, nunca pudo renunciar al polvo blanco. Luego de leer el tratado de Freud, decidió investigar si podía usarla como un anestésico local, en reemplazo del éter y el cloroformo. Para eso hizo las veces de conejillo de indias, pero al cabo de unas semanas aparecieron los primeros efectos. Como no podía concentrarse durante las consultas, dejó de ir al hospital Johns Hopkins, donde recién había sido nombrado jefe de cirugía. En una ocasión le tocó salirse de la sala de operaciones porque estaba tan drogado que ni siquiera era capaz de sostener los instrumentos. Aunque aceptó internarse en un asilo para enfermos mentales, jamás se recuperó y también se volvió dependiente de la morfina.
 
Ya a comienzos del siglo XX existían muchos adictos cuyos excesos con el poderoso alcaloide se mantuvieron a la sombra gracias a sus supuestas propiedades curativas. "No debió ser fácil llevar una doble vida, siendo un médico distinguido en público y, al mismo tiempo, un consumidor de cocaína que sufre el abuso en privado", reconoce Markel. El escritor escocés Sir Arthur Conan Doyle forma parte de ese grupo y, aunque nunca habló abiertamente de la droga, dio pistas de su hábito en sus relatos. Sherlock Holmes, el personaje que lo hizo famoso, considerado su álter ego, tenía por costumbre inyectarse una solución de cocaína al 7 por ciento cuando no tenía casos interesantes que investigar. Su fiel compañero, el doctor Watson, temía que afectara su desempeño intelectual y, por eso, le pedía que no la siguiera usando.
 
A medida que la droga era estigmatizada, los gobiernos incrementaban sus controles. Años después de que Freud logró hacerse a un nombre, enfrentó un sinnúmero de críticas por la costumbre que adquirió cuando apenas empezaba su carrera. Ha habido todo un debate alrededor de la influencia que el polvo blanco tuvo sobre su obra, pero la mayoría de los expertos coincide en que su período más brillante llegó después de que la abandonó. Como él mismo lo reconoció al final de sus días, seguramente como una forma de exculpar su pasado, "el estudio de la cocaína fue una distracción que estaba ansioso por concluir".
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