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| 9/1/2007 12:00:00 AM

Fuera de serie

La semana pasada murió en Bogotá la excelsa periodista Elvira Mendoza. Luz Stella Tocancipá, su pupila y amiga por más de 25 años, le rinde homenaje en este texto.

A las 3 ó 4 de la mañana de los viernes era normal encontrar a Elvira Mendoza lúcida, revisando cada frase de un artículo, diciéndole a un periodista que el pie de foto sobre Carolina de Mónaco le había quedado bien pero que podía ser mejor, o escogiendo con una lupa una nueva foto que cambiaba el diagrama de dos páginas que ya estaban listas para enviar a la imprenta. Estaba feliz, sonriendo y tarareando una canción, detrás de su escritorio lleno de papeles, de libros y revistas con páginas señaladas. Además, elegantísima, divinamente peinada y maquillada como si estuviera en una fiesta, pero estaba cerrando una edición más de Magazín al Día, una revista semanal que circulaba los domingos y que ella creó en 1981 y dirigió hasta 1984.

Esa misma escena, casi igual se repetía a comienzos de este año. Hizo cambiar totalmente la portada de la revista Ganadores de los Premios de Periodismo Simón Bolívar, también repetir dos páginas de un diagrama de un artículo que ya había aprobado y verificó no con una sino con diferentes personas que el que estaba en la foto sí era el abuelo de Alfonso López Michelsen.

El trabajo era su pasión. No es fácil escribir sobre ella, la gran periodista, la creadora de revistas y publicaciones, y menos cuando se tiene el corazón en la mano. La pantalla se nubla porque las lágrimas son inevitables. Pero, ¿de dónde salía esta mujer femenina, de pelo negro y liso que miraba a los ojos, que hablaba tan rápido como caminaba con esas largas y lindas piernas y que coqueteaba con sus estilizadas manos? De una familia de periodistas que nacieron en una casa que parecía una sala de redacción donde se dormía escuchando la máquina de escribir. La mamá, Soledad García, era una escritora de Acción Liberal, revista de izquierda. El padre, Plinio Mendoza Neira, político y diplomático boyacense que sin ser escritor era un catador de prosa y gran editor. Fundó el semanario Sábado, que en 1943 llegó a tener 100.000 ejemplares. Y fue en ese periódico donde Elvira publicó su primera entrevista, la que le hizo a Berta Singerman. Siendo una estudiante del Nuevo Gimnasio de Bogotá, Elvira llegó al Hotel Nueva Granada armada con un sinnúmero de preguntas que le habían dado grandes escritores de la época que frecuentaban su casa como Eduardo Carranza, Jorge Rojas, Andrés Holguín y Daniel Arango. Pero a la gran declamadora estas preguntas le parecieron absurdas y se negó a contestarlas. Elvira salió frustrada y le escribió una carta a su papá en la que describía la Berta Singerman que había conocido y lo displicente que había sido, y que por ese motivo no podía escribir el artículo. Entonces Plinio le dijo: "Mija, esta historia está sensacional". Y la publicó. Realmente era un retrato de la Singerman. Fue la primera lección de periodismo que Elvira nos dejó. A Gabo, por ejemplo, esa carta lo motivó para convertirse en reportero.

En Sábado, Elvira conoció a Diego Mendoza, vendedor de publicidad, y en 1949, se casó con él, a pesar de que su papá no estaba de acuerdo. Se fueron a vivir a Venezuela, donde Plinio Mendoza se exilió, y allí nacieron sus tres hijos, Mauricio, que es fotógrafo, Patricia, diseñadora gráfica y Pili, su princesa y su gran debilidad por ser una niña especial. Pero Diego, su marido era un poco desorganizado, y Elvira consiguió un puesto de reportera en el diario sensacionalista Últimas Noticias para cubrir crímenes y entrevistar luchadores. Tuvo tanto éxito que Miguel Ángel Capriles le entregó Páginas, la primera de la larga lista de revistas que dirigió. En Miami, convirtió a Vanidades en una revista continental y a Editorial América (hoy Televisa) en un emporio. También en México, en Venezuela y en Colombia, creó muchos títulos. Igualmente editó libros como Todo sobre arte y 30 años del Premio Nacional de Periodismo Simón Bolívar, que editó el año pasado y del que recibió los mejores elogios.

En 1983, junto con sus hermanos Plinio, Soledad y Consuelo, ganó el premio Simón Bolívar a la Vida y Obra de un Periodista.

Desde siempre fue emprendedora, exigente, generosa. A los suyos, que eran su familia y sus colaboradores más cercanos los mimó y los defendió. Fue la hermana-mamá. Cuando su madre murió, a los 28 años, y su papá la llevó a vivir con unas tías solteronas y tercas, Elvira, que era la mayor de los cinco hermanos Mendoza, Plinio, Inés, Soledad y Consuelo, los protegía. Pero igual que su padre, Elvira no tenía sentido del dinero. Compraba lo mejor, todo de marca.

Pero ¿cuál fue el aporte de Elvira al periodismo? Hacer escuela. Escribir corto y documentado, con una magnífica entrada y un gran titular. La noticia no era el qué sino el porqué. Siempre lograba chivas. El periodista era bueno en todo o nada. Los textos, debían ser directos, datos, datos, datos. Era una convencida de que la mujer debía ser autosuficiente, que tenía sexo, que necesitaba ser culta y estar enterada de los sucesos internacionales. Y es que ella era así. De ahí su éxito.

Su debilidad fue la cultura. Cuando creó Diners le imprimió un carácter y un formato exclusivo e incluyó en la portada pintores. Para Vanidades les pidió artículos a Vargas Llosa, a Gabo, a Carlos Fuentes y otros igualmente importantes. Esto fue un sello en todas sus publicaciones.

Tenía el olfato para detectar lo que impactaba y lo que era bueno. En 1980 cuando dirigía Cromos logró una primicia mundial: las fotos de los rehenes del M-19 en la embajada de República Dominicana. Por un millón de pesos el fotógrafo le envió los rollos en un tubo de Colgate y las fotos le dieron la vuelta al mundo. Fue una periodista audaz. Publicó antes que Time y Newsweek las fotos del atentado al papa Juan Pablo II.

Visionaria y perfeccionista. Hasta a Germán Arciniegas le hizo repetir un artículo. No muchos aceptaban sus juicios duros y directos pero todos reconocían que tenía la razón. Fue una maestra. Decía: "El único que le puede decir al Papa: 'Santidad córrase un poquito para que quede bien en la foto' es el fotógrafo". Exigía que en las fotos se ubicara dónde estaban los personajes. A Rocío Durcal le hizo poner un sombrero y bailar cumbia para que se dieran cuenta que estaba en Colombia. Normalmente, a las 5 de la tarde hacía una pausa para el té. Esa fue otra de sus genialidades. Reunir a su equipo para socializar, para contar un chiste, distensionar y luego sí seguir trabajando.

Todo el tiempo tenía que estar en plena actividad y por eso, cuando por primera vez se enfermó, porque jamás se tomó una pastilla ni para un dolor de cabeza, no aceptó estar en una cama. No se resignaba a quedar sin actividad. En cuanto dejó de ser la mujer dinámica no le interesó vivir. Se entristeció, y fue tan grande, frentera y realista que decidió despedirse de personas especiales: Camilo Calderón Schader, su consentido jefe de redacción de Magazín al día; y de Gabi (Gabriela Uricoechea de Briceño), su hermana elegida, que vive en Venezuela, entre otros. Sin temerle a la verdad les dijo que ya era hora de partir.
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