Viernes, 20 de enero de 2017

| 2004/06/27 00:00

George Sand, precursora del feminismo

George Sand, precursora del feminismo

Francia decidió hacer de 2004 "el Año de George Sand", la prolífica escritora romántica de ideas socialistas nacida en París el 5 de julio de 1804, cuya postura ante la vida desafió las costumbres de su época, demostrando que las mujeres podían ser talentosas y trabajadoras, y que escandalizó a la sociedad por su lenguaje atrevido, por fumar y porque le parecía más cómodo vestirse según la moda masculina.

Su padre, un oficial de caballería, muerto a los 30 años al caer de un caballo, era descendiente de aristócratas y su madre era una modista pobre de París, que poco se entendía con su abuela, María Aurora de Sajonia.

A los 5 años, un año después del deceso de su progenitor, María Amantina Lucila Aurora Dupin, su verdadero nombre, ya sabía leer e incluso redactaba sus propias cartas. Tenía una imaginación tan poderosa que llegaba a no distinguir lo real de lo imaginario. "Se dice que tanto los niños como los poetas están enamorados de lo que no existe", escribió en su autobiografía. Improvisaba canciones y a los 12 años empezó su producción literaria.

Vivió la mayor parte de su niñez y juventud en Berry, en la finca Nohant, junto a su abuela, quien renegaba del catolicismo, pero estimaba a Jesucristo y admiraba el sentido filosófico del Evangelio. En cambio, Sofía, su madre, no faltaba nunca a misa el domingo, y siempre le hacía rezar a su lado.

"Yo era muy sana y durante mi niñez prometía ser muy hermosa, promesa que luego no cumplí. Tal vez yo tuve la culpa de esto, pues a la edad en que la belleza florece me pasaba las noches escribiendo y leyendo. Gustándome el arreglo, me han parecido siempre insoportables los refinamientos de la coquetería. Jamás he comprendido que haya que privarse de trabajar para tener la vista descansada, no correr al sol para no estar quemada ni con la piel envejecida antes de tiempo. No fui fea ni hermosa en mi juventud. Es preferible tener un rostro que no deslumbre ni espante. Por eso yo me he encontrado siempre bien con amigos de ambos sexos".

Deschartres, su preceptor, que lo había sido también de su padre, fue quien la indujo a usar ropa de varón porque era más cómodo para andar y saltar por el campo y especial para ayudar al desarrollo de las fuerzas. "Pude correr con más soltura y facilidad". Su abuela lloró al verla así porque le recordaba a su finado hijo.

En esa época, ninguna mujer de la región montaba sola a caballo, lo hacían únicamente a la grupa de un criado. Además, guiada por su preceptor, tuvo la audacia para estudiar anatomía y cirugía. El estudio de los huesos se consideraba como una profanación. Decían que alguien así no podía ser piadosa, que le gustaba ver correr la sangre y que de noche iba con Deschartres a desenterrar cadáveres en el cementerio.

La congoja de haber quedado lejos de su madre hizo mella en su espíritu, y decía que pese a su sangre aristocrática, le preocupaban los oprimidos.

En 1819, despreciaba el talento, la instrucción y la fortuna, barreras que la separaban de su madre. Ansiosa por irse a vivir con ella a París, sin importarle ser pobre e ignorante, se disputó con su abuela y ésta decidió enviarla a un convento de monjas inglesas en dicha ciudad. Allí pasó tres años y llegó a ser feliz, como nunca antes lo había estado.

Sand no creía en los milagros de Jesús pero amaba su divinidad, su perfección. Sin embargo, la religión que le prohibía, en nombre de Jesús, amar a los demás dioses, filósofos y santos de la antigüedad, se le hacía desagradable.

A los 17 años, junto a su abuela enferma de 75 años, quiso aislarse del mundo en medio de la soledad campestre. Las leyes de la propiedad, de la herencia; los prejuicios del rango y la intolerancia moral, los privilegios de la fortuna y de la educación, la pueril ociosidad de la clase privilegiada, todo lo que era institución o costumbre pagana en una sociedad que se decía cristiana, le sublevaba. Se hastió de la vida, y sólo mediante la oración resistió a la idea del suicidio. Con un mejor sueño y con lecturas de Plutarco y otros autores griegos y latinos, se alejó de esa idea fija. También con la música: en su cuarto tenía un piano, un arpa y una guitarra. Interpretaba piezas a oído.

En vísperas de la Navidad de 1821, falleció su abuela. Deschartres la llevó en la noche al sitio donde se había cavado la fosa y en cuyo fondo estaba el ataúd de su padre. Deschartres le contó que había extraído la calavera y le había dado el último beso que no había podido recibir él y le dijo a Sand que si quería hacerlo, eso era prueba de amor y de respeto. Y que su padre, desde donde estuviese, la vería y la bendeciría. Lo hizo sin experimentar repugnancia alguna.

En Nohant se hizo médica de campo gratis e incursionó como farmacéutica fabricando ungüentos y jarabes. Allí llevó una vida casi religiosa, hizo votos de silencio y de pobreza. "Me di cuenta de que amaba a Dios, que mi pensamiento abrazaba y aceptaba plenamente ese ideal de justicia, de ternura y de santidad".

En 1822 contrajo matrimonio con Casimir Dudevant, pero esta unión terminaría por derrumbarse nueve años después, cuando se estableció en la capital francesa con sus dos hijos. Dibujó como una alternativa para conseguir dinero, pero fracasó.

Era conciente de que no sabía caminar con gracia por las calles de París, estaba siempre embarrada, cansada, resfriada y veía que su calzado y sus vestidos se destruían rápidamente. Su madre le aconsejó que se vistiera como hombre y que así haría gran economía. Como quería salir y perder su aire provinciano y poder ir a teatro, optó por repetir lo que ya había hecho en su infancia, y se hizo confeccionar una levita larga con pantalón y chaleco, sombrero, corbata de lana; calzó botas y habló en voz baja y sorda para disimular su timbre de mujer. Y pasó inadvertida. "Aquella fue una época muy pasajera y accidental de mi vida, a pesar de que se ha sostenido que viví muchos años en esa forma".

Dada su carrera literaria y su mirada directa a instituciones humanas que les convenía hacer intervenir la divinidad, la tildaron de atea algunos políticos.

Rompió con la baronesa Dudevant cuando ésta se enteró de que Sand quería radicarse en París para dedicarse a escribir. Allí conoció a Jules Sandeau, con quien se unió sentimentalmente, y entabló amistad con Balzac. En 1832, habiendo resuelto permanecer anónima, firmó una obra rehecha por Jules Sandeau, como Jules Sand. Cuando un editor le pidió una nueva novela con ese seudónimo, Sandeau, por modestia, no aceptó porque él nada tenía que ver con ese libro. Ella decidió que Indiana, en la cual hizo una apasionada defensa del derecho de la mujer a elegir su propia vida, y sus demás obras, aparecerían firmadas con el seudónimo de George Sand.

Buscando un consejero literario le presentaron al escritor de Kératri quien le dijo que, en su opinión, una mujer no debía escribir. "Créame -agregó-, no haga libros; haga niños". Días después, la señora Sand fue contratada en la redacción del diario Le Figaro, tapándole la boca al señor de marras.

Amiga de poetas y escritores, siempre fue un espíritu libre y nunca se preocupó del qué dirán respecto a su vida bohemia y a sus relaciones amorosas con Prosper Merimée, y en especial con el poeta Alfred de Musset y más tarde con el compositor y pianista polaco Frédéric Chopin, con quien viviría nueve años.

En 1834, viajó con de Musset a Italia. Narró que él "estuvo más atacado que yo por el clima de Venecia, que mata a muchos extranjeros". Estando Musset enfermo de fiebre tifoidea, ella lo cuidó pese a su malestar: "no sólo por respeto a su genialidad sino porque me atraían los matices encantadores de su carácter y los sufrimientos morales que experimentaba por las luchas entabladas entre su corazón y su imaginación de poeta. Pasé mas de 17 días a su lado descansando únicamente una hora al día". Su convalecencia duró casi tanto como su enfermedad y cuando él se fue, el cansancio, producto de tantas noches sin dormir, hizo que Sand sufriera alucinaciones. "Querría construirte un altar, aunque fuera con mis huesos", le escribió el poeta en abril de 1834, cuando preparaba las Confesiones de un hijo del siglo, una versión novelada de los amores entre ellos dos y sus meses de felicidad, pero también de celos, fugas de Musset a burdeles y traiciones de la amada.

En una ocasión, Sand se cortó su preciada cabellera y se la envió a Musset dentro de una calavera. Se presume que Musset, durante una cena, apostó que era capaz de escribir en tres días una obra pornográfica de elevado gusto para expresar "los arrebatos más abyectos, o tal vez más divinos" de las pasiones amorosas. La prensa de la época de Napoleón III denunció de inmediato a George Sand, como coautura de Gamiani o Una Noche de Excesos e incluso la acusó de ser uno de los personajes de la novela. Gamiani es una condesa que, a lo largo de dos noches, se desenfrena en actos de lesbianismo, orgías, tríos, monjas y monjes pecando entre voluptuosas carnes, y zoofilia. La novela fue ilustrada de manera romántica por Achille Devéria, un artista contemporáneo,

En la novela Consuelo, Sand convirtió en heroína a la cantante de ópera Paulina Viardot-García, con quien mantuvo una relación sentimental, al mismo tiempo que ésta sostenía un tormentoso romance con el escritor Iván Turguéniev.

Sin embargo, Sand narró que con raras excepciones no soportaba durante mucho tiempo la compañía de las mujeres; no porque las considerase inferiores a ella en cuanto a inteligencia, sino porque en general eran nerviosas y le transmitían esa misma inquietud. Pero reconocía que había conocido varias mujeres muy femeninas por su sensibilidad y su gracia que le habían gustado mucho.

Ante todo, prefería el trato de los hombres al de las mujeres "bien convencida de que los fines de la naturaleza son lógicos y completos, que la satisfacción de las pasiones no es más que un aspecto limitado y accidental de la atracción de un sexo hacia el otro y que, fuera de todo trato físico, las almas se buscan siempre en una especie de unión intelectual y moral en que cada sexo aporta lo que constituye el complemento del otro".

Decía que "las reconciliaciones sin amor son innobles. Una mujer que se acerca a su marido para apoderarse de su voluntad procede en forma análoga a las de las cortesanas cuando buscan el lujo. Mi marido no me inspiraba desagrado instintivo ni moral. Lo único que deseaba era quererle fraternalmente, como me había sentido dispuesta a hacerlo cuando me ofreció casarse conmigo."

"El amor no es un cálculo de la voluntad; los casamientos de conveniencia son una equivocación o una mentira que uno se hace a sí mismo". Para la procreación -aseguraba- se necesitan tres: un hombre, una mujer y Dios entre ellos. Consideraba que era necesaria la unión de lo físico, lo moral y lo intelectual. Con todo, le parecía que esta verdad era tan poco observada que las criaturas humanas se unían y nacían hijos por millares sin que el verdadero amor hubiese estado presente "en los actos sagrados de la reproducción."

"Cuando una criatura humana ha conocido el amor completo, ya no le es permitido volver sobre sus pasos y cumplir con un acto puramente animal". Opinaba que se debía amar con intensidad o vivir en completa castidad.

"Los hombres no harán nada de esto, lo sé; pero las mujeres, que están ayudadas por el pudor y por la opinión, pueden muy bien, sea cual fuere la situación que ocupan en la vida, aceptar esta doctrina cuando sienten que vale la pena observarla".

Cuando estaba en el proceso de separación de su esposo, decía: "En nuestra legislación el marido es el amo". No obstante, la justicia falló en su favor, otorgándole la custodia de sus hijos y pudiendo regresar a Nohant:

Gracias a la facilidad para trasnocharse escribiendo, pudo desempeñar el papel de padre y madre de su familia. Durante varios años durmió sólo cuatro horas por día, y durante una larga temporada tuvo que soportar espantosas jaquecas.

A fines de 1836, cuando conoció a Chopin, éste se escandalizó por la vestimenta masculina, y preguntó a una amiga si "esa Sand tan antipática es una mujer". A su vez, Sand, al percibir sus modales indagó si "ese Chopin es una señorita". En el verano de 1838, Sand, ya fascinada, le buscó con insistencia y, valiéndose del fracaso de la relación del pianista con su enamorada María Wodzinska, se mostró lista a brindarle apoyo emocional. Chopin, todo un dandi, indeciso de entablar relaciones con la novelista por temor al escándalo, cedió y en 1838 pasó el verano en París con ella.

Sand decidió irse a Mallorca en el invierno de 1838 en busca de un mejor clima para el reumatismo de su hijo Maurice. Su hija Solange viajó también. Pese a que a Chopin no le agradaba viajar debido a su precaria salud y a las incomodidades del transporte de esa época, Sand le convenció para que les acompañase. Se hospedaron en la casa veraniega de un burgués que no era adecuada para la salud del músico porque en invierno, cuando llegaban las lluvias, era húmeda y no tenía chimeneas sino braseros. Humedad y humo hicieron que Chopin tosiese sin parar.

Pasaron a una cartuja de Valldemosa. Aquel invierno fue muy frío, y los aguaceros no cesaban. En una noche de lluvia torrencial, estando solo y ejecutando un preludio mientras lloraba, Sand y sus hijos, luego de una excursión, entraron, y al verlos, se levantó y gritó: "¡Ah, ya sabía que ustedes estaban muertos!" Al volver en sí, recordó que todo había sido un delirio en el que él también se creyó muerto. Esa es la historia del Preludio número 15, conocido como Gota de Agua. Sand relató que Chopin se había visto ahogado en un lago mientras gotas de agua heladas y pesadas le caían sobre el pecho y que se habían traducido en su imaginación y en su canto en lágrimas que caían desde el cielo y que resonaban sobre las teclas sonoras de su corazón".

Sand hablaba de la resignación de Chopin hacia su enfermedad, pero al mismo tiempo relataba sus cambios de carácter y su extraña forma de atormentarse por banalidades. "Dulce, alegre, encantador en el mundo, Chopin, enfermo, era desesperante en la intimidad".

Así y todo, la pareja se mostraba cada vez más enamorada, a tal punto que Sand veía en Chopin al genio más profundo y el más lleno de sentimientos y emociones que ha existido. "Ha hecho hablar a un solo instrumento el lenguaje del infinito". A excepción de Mozart, creía que él era superior a Sebastian Bach, a Beethoven y a Weber.

En mayo de 1839 se instalaron en Nohant, en donde, gracias al buen clima y a la tranquilidad, y a los cuidados y estímulos de Sand, gozó de un periodo muy productivo. Pero Chopin, cada vez más débil a causa de la tisis, no podía aguantar ni siquiera una breve caminata y tenía que pasear en asno.

En 1845, la estadía en Nohant ya no es fructífera para Chopin porque Solange le distrae y Sand ya no es la misma a causa de los dolores abdominales que padece desde tiempos atrás, quizás principio del mal intestinal que acabaría con su vida.

En 1847, Sand se disputó con su hija y el marido de ésta luego de que él tuvo un fuerte altercado con Maurice. Les expulsó de Nohant, y Chopin tomó partido del lado de Solange, lo que precipitó el rompimiento de la relación con la escritora. El músico no volvería jamás a Nohant, mientras Sand decía que se sentía liberada porque el carácter de Chopin se volvía cada vez más agrio. A su vez, éste dijo que "se podría creer que quiso librarse al mismo tiempo de su hija y de mí. Ambos la molestábamos".

Tras la malograda revolución del 48, en la que participó con sus escritos políticos, decepcionada, decidió marchar a Nohant en donde comentaba que los hombres hablaban de política y las mujeres de modas, y que respecto a eso, ella no era ni hombre ni mujer. Allí seguiría acogiendo a invitados como el músico Liszt, el pintor Delacroix, los escritores Balzac, Gautier y Flaubert.

En 1855 escribió su autobiografía en la que confirmó su evolución hacia ideas más conservadoras. A los 72 años, la escritora bautizada por los campesinos como la "bondadosa dama de Nohant", cerró los ojos para siempre.

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