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| 1/3/2000 12:00:00 AM

GERMAN ARCINIEGA: EL PRIMER IMORTAL

El escritor Juan Gustavo Cobo Borda, quien ha estudiado a fondo la vida y obra de Arciniegas, <BR>hizo para SEMANA esta semblanza del maestro, quien falleció el pasado martes.

Que colombiano vivió todo el siglo XX y fue capaz de contarlo? Evidentemente Germán
Arciniegas que por ese mismo hecho de narrarlo no ha muerto. Más aún: trajo consigo, en sus ojos de
ciego, las imágenes arquetípicas del siglo anterior.
En 1995 en el prólogo al libro Desocupado lector trazó esta fotografía inquietante:
"Cuando nosotros comenzamos a saber del siglo XIX, lo aprendimos en los retratos que traían los paquetes de
cigarrillos 'La legitimidad', que eran como un resumen de los textos que enseñaban en los colegios. Retratos
de generales con bigotes y barbas, retorcidos al estilo de Napoleón III, casacas militares y quepis del
ejército francés. Era como tener un libro de historia en un cuaderno de pegados. Se había independizado la
Nueva Granada de España para acabar el siglo dejando el campo de Palonegro cubierto de calaveras. Los
campesinos habían hecho una pirámide de cráneos que quedaba como el testimonio de la pelea, y si
un gallinazo se paraba sobre el cráneo del vértice, y mentalmente se ponía un letrero debajo que dijera
'Libertad y Orden', quedaba retratado el escudo nacional de un modo que nos produce horror".
Esta empatía irreverente con un pasado que vive sólo gracias a sus palabras fue el que le permitió dinamizar la
historia y escalofriar a todos los académicos, los de antes y los de ahora, con su desparpajo. Fue también lo
que le granjeó una cálida simpatía, en todo el continente, donde los lectores más insospechados seguían
sus libros, unos tras otro, obligando a reeditarlos. Una de las razones de su éxito la captó muy bien
Macedonio Fernández, el gurú de Borges, quien en una carta de abril 25 de 1940 le decía así a Arciniegas:
"Muy grata noción de usted me formé ayer: creo conocerlo. Por ejemplo creo que en usted son agudas y
quizá sobreagudas su emocionalidad de Comicidad y su opuesta la de la Tristeza: mate esta. Me inspira
usted especial confianza: creo no equivocarme. Suyo Macedonio Fernández".
Esa comicidad, esa saludable inmadurez, le permitía deslizarle a su confidente y amigo Eduardo Santos, sus
revulsivas paradojas: "En Colombia se puede decir todo, menos la verdad", pero ese sonreído escepticismo
nunca le debilitó el ímpetu infatigable. Luchó, sin tregua, y los testimonios al respecto son harto
elocuentes. Víctor Raúl Haya de la Torre, el fundador del Apra, escribía en 1965:"
Pues aunque Arciniegas no sea un político, ni un economista, ni un tecnólogo, es un ilustre humanista y,
ante todo, un gran latinoamericano con plena conciencia de tal; quien siente y calibra nuestros problemas
y presiente sus soluciones con esa intuitiva visión de los poetas, vale decir de los hombres con imaginación
creadora".
Quizá por ello se entendió tan bien con los poetas vivos y muertos, de Silva a León de Greiff hasta llegar a
su amigo mexicano, Carlos Pellicer, quien le transmitió su pasión por Bolívar y le dedicó un revelador
poema: "A Germán Arciniegas, en Bogotá", "América mía, te palpo en el mapa de relieve que está sobre mi
mesa predilecta. ¡Qué cosas te diría si yo fuese tu profeta", para luego recalcar el antiimperialismo
vehemente de una generación marcada por el zarpazo de Panamá y la figura del gran cazador, como
Rubén Darío llamaba a Teodoro Roosevelt: "Y toda tú, Amada, y tus islas envilecidas por un desembarco
brutal. Y tus breves repúblicas raídas por la extranjera voracidad".
Pero el enemigo estaba en casa y la galaxia de dictadores que Arciniegas desenmascaró Entre la libertad
y el miedo (1952) le brindó insólitos reconocimientos: mujeres argentinas escondían estas páginas en sus
ropas íntimas para burlar así la censura de Perón. Más ponderado, Mario Vargas Llosa escribió en 1989 en La
Nación de Buenos Aires:
"Hace 40 años Germán Arciniegas describió en un célebre ensayo _'Entre la libertad y el miedo'_ la lucha
de los pueblos latinoamericanos por emanciparse de los gobiernos despóticos y corrompidos que asolaban
el continente. Esta lucha hoy, en gran parte, está políticamente ganada. Esta es una victoria fundamental,
pero insuficiente. Ser libres siendo pobres es gozar de una libertad precaria y sólo a medias. La libertad cabal
y plena sólo florecerá en nuestra región con la prosperidad que permite a los hombres plasmar sus sueños
y concebir nuevas fantasías".
Sueños y fantasías: estos nunca fueron ajenos a Arciniegas. Proyectó a Jiménez de Quesada como
inspiración del Quijote y su Biografía del Caribe tuvo su más severo lector en el Che Guevara, cuyos Apuntes
de lectura rescató la revista Casa de las Américas de La Habana, en 1991:
"El hecho económico, el leit motiv sobre el que gira la accidentada biografía ribereña al mar del Caribe se
diluye en ironías intrascendentes, en demostraciones de una profundísima cultura anecdótica y de un
ágil y bien manejado castellano.
"Si en algún momento roza el drama de la época, la terrible amenaza del imperialismo yanqui, lo hace
con frases lamidas y tangenciales y refiriéndose a hechos que ya pertenecen a la historia, como el arrebato del
Canal de Panamá.
"Si resalta la pistoleril acción de Teodoro Roosevelt téngase en cuenta que su fino, despreciativo y
caballeresco sarcasmo se abate sobre los que cercenaron a su patria. Arciniegas tiene inteligencia y, sobre
todo, cultura para dar una gran obra sobre el tema, pero no puedo hacerlo porque su saber está sólo a
disposición de su causa personal".
Pero su causa personal, no cabe duda, era la causa americana. Una causa hirviente y polémica que lo
colocaría siempre en el vórtice del huracán. Obispos de Medellín pedirían que se cerrara su cátedra de
sociología americana. Iracundos periodistas venezolanos exigieron su expulsión por haber llamado a Simón
Bolívar "el primer indocumentado". España presionó para retirarlo de la comisión del Quinto Centenario.
Arciniegas había sostenido que el Descubrimiento era importante pero que la Independencia era
igualmente importante.
La lucha era larga y llena de heridas, derrotas y desfallecimientos, pero Arciniegas no cejó en la brega.
Tendría presente de seguro lo que Alfonso Reyes le escribió desde México en 1946:
"Me temo que mi respuesta sea algo sombría; así es nuestro porvenir, según yo me lo represento. No debo
disimularle que estoy triste. Sin embargo, creo que en público hay que insistir siempre en la esperanza".
La esperanza que mantienen abierta sus libros, felizmente inagotables.
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