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| 3/25/2011 12:00:00 AM

Gloria y Álvaro: un amor eterno

La partida de la Primera Dama de Televisión no pone punto final a una historia de amor que nació gracias a un libro del madrileño José Ortega y Gasset. Así fue la vida juntos de Gloria Valencia de Castaño y Álvaro Castaño Castillo.

La historia de amor de Gloria Valencia de Castaño y Álvaro Castaño Castillo jamás dejó de ser romántica e increíble. El tiempo, para muchos el enemigo del amor, alimentó y fortaleció la relación de estos cómplices que hace 64 años emprendieron una vida juntos, llena de ideas innovadoras y alimentada por la literatura, la música, la pintura y la naturaleza.
 
Con un vestido negro, y en una ceremonia muy íntima, la madrugada del 14 de junio de 1947, Gloria Valencia, a los 20 años de edad, le dio el sí a Álvaro Castaño en la iglesia de San Diego de Bogotá. Un matrimonio que tuvo como ramo una hermosa magnolia que el novio bajó de un árbol vecino, minutos antes de llegar al altar.
 
Un libro y un escritor fueron, por casualidad, los padrinos del comienzo de esta relación. Álvaro, abogado, llegaba a las instalaciones de la Policía Nacional para trabajar en su tesis. Gloria era una de las funcionarias de la institución y al ver el libro que el visitante traía en sus manos, abrió un cajón, sacó el mismo libro y lo puso sobre su escritorio.
 
Se trataba de ‘Estudios sobre el amor’, del madrileño José Ortega y Gasset. La coincidencia y la belleza de Gloria impactaron a Álvaro, quien en poco tiempo descubriría que los unía la misma pasión por la cultura, la que hizo “visceral” este amor que parece no tener punto final.
 
Jamás se separaron. Tres años después de su matrimonio se embarcaron en un ambicioso proyecto cultural: encendieron, en 1950, los micrófonos de la HJCK, “la emisora para la inmensa minoría”, como bien supo describirla el escritor Álvaro Mutis.
 
Era su primer sueño como pareja, del que disfrutaron cada segundo. Fue allí donde la voz de Gloria comenzó a quedarse grabada en la memoria de los oyentes. Con fluidez, claridad y un rico lenguaje, leía cuentos para niños, hacía ricas y amenas entrevistas con las figuras más importantes de la cultura y no tenía reparos para barrer o cerrar la puerta al fin de las emisiones.
 
Era una mujer osada, en su lenguaje y su actitud, cualidad que encantaba a su esposo, quien hoy recuerda la primera vez que se le ocurrió transmitir en vivo un desfile de modas, en el restaurante El Temel, uno de los más exclusivos de Bogotá, cinco días después de inaugurada la emisora.
 
Gloria se empeñó en darle a la moda un lugar merecido en los medios de comunicación y en la sociedad. Armada de un micrófono, y con la complicidad de su esposo, logró transmitir con inusitada realidad el detalle de las texturas de las telas y puso a imaginar a los oyentes los diseños. Su osadía le valió una famosa frase del Nobel de literatura Gabriel García Márquez, su amigo. “Gloria hizo un imposible metafísico que fue transmitir puntada a puntada un desfile de modas por la radio”.
 
Tanto Gloria como Álvaro se abanderaron de poner en la agenda de los nacientes medios de comunicación temas que, para la época, pocos pensaban que podrían ser atractivos y dar resultados: la moda, el medio ambiente y la misma cultura.
 
Con la llegada de la televisión a Colombia, el público descubrió que Gloria no tenía solo una magnífica voz; también era dueña de una gran belleza y de unos grandes y expresivos ojos azules.
 
Quienes la conocieron, la describen como una mujer segura de sí misma, de su belleza, de su inteligencia y de su facilidad para expresarse, con propiedad y sin titubeos, en cualquier tema. No usó papeles para tomar apuntes y jamás se valió de un telepronter para hacer su trabajo frente a las cámaras. Lo suyo era memoria pura y trabajo en vivo y en directo, por eso se ganó el título de Primera Dama de la Televisión, que le puso Álvaro Monroy Guzmán, uno de los primeros críticos de televisión.
 
Es imposible hablar de la historia de amor entre Gloria y Álvaro sin incluir el trabajo. Muchos fueron los proyectos en radio y en televisión que ambos sacaron adelante, y con éxito, como empresa y como pareja. Naturalia fue uno ellos, que le permitió a Gloria expresar el sentimiento más hondo, el amor y respeto que sentía por la naturaleza.
 
“Tuvimos la bendición de trabajar al mismo tiempo y en las mismas cosas que nos interesan. Unirse bajo un mismo techo, pasar las 24 horas al día, y ser felices en el trabajo y en la casa, es una cosa que no hay cómo agradecerle a Dios”, confiesa Álvaro Castaño.
 
Cuando no compartían sus horas en estudios de grabación o cabinas de radio, Gloria y Álvaro pasaban sus días en El Totumo, la finca que tienen en Carmen de Apicalá, donde pasaban las horas caminando tomados de la mano, leyendo, escuchando música o cuidando de los jardines de flores que ambos cultivaban.
 
Se apoyaron y se toleraron. Ese fue el secreto para que su relación fuera tan fuerte como un roble. No enredarse en “minucias ni darle importancia a lo minúsculo” fue la estrategia que trazaron. “Nuestro mundo fue muy rico, de libros, autores, de arte, de pintura y de música. Le dábamos a la vida un tono muy especial, muy respetuoso. No tuvimos tiempo de ocuparnos de cosas menores”.
 
Por eso los coqueteos que Álvaro confiesa le gustaba hacer a las mujeres bonitas eran tolerados por Gloria, quien se reía y en ocasiones, de la manera más elegante e inteligente, lograba sacarse la espina.
 
“Mi coquetería tuvo un límite”, aclara Álvaro, quien jamás concibió dedicar un poema a una mujer diferente a su esposa. “No hubo posibilidad. Tenía una seguridad tan grande en sí misma, que no encontraba una rival en esas niñitas que yo cortejaba transitoriamente”.
 
Hasta el 24 de marzo del 2011, el último día de vida de Gloria Valencia de Castaño, su esposo estuvo junto a ella. La muerte los separó, pero no acabó con el amor que se profesaron por tantos años y del que se sintieron bendecidos y privilegiados. “Así fue nuestra vida, estuvimos unidos visceralmente. Fuimos, por bondad de Dios, inmensamente felices”.
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