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| 1/3/2015 9:30:00 AM

Gracias totales Cristóbal Américo Rivera

Francisco 'Pacho' Romero, compañero por más de una década de Cristóbal Américo Rivera escribe un completo perfil sobre el fallecido locutor.

La noche en la que Cristóbal Américo Rivera Rojas arribó a Bogotá llovía y hacía mucho frío. Fue el 24 de junio de 1953 cuando este ibaguereño, que cumplió sus 80 años de edad el 20 de octubre pasado, descendió de un bus intermunicipal cerca de la estación de la Sabana en búsqueda de un mejor futuro.

En su maleta, más que prendas de vestir, un diploma que lo acreditaba como bachiller del colegio San Simón, y una Biblia, porque creía en Dios y la Virgen, venía la ilusión de convertirse en profesional de la medicina y que se había prometido realizar con la bendición de sus padres, don Cristóbal Rivera y doña Lucinda Rojas de Rivera.

Él, reconocido por ser el boticario del pueblo y ella como la modista del centro de Ibagué, confiaban en que su hijo Cristóbal se convirtiera en médico en un periodo no mayor a los seis años. Por eso le habían dado unos pocos centavos para que se inscribiera en la Universidad Nacional de Colombia porque el dinero no alcanzaba para una universidad privada.

“Recuerdo que pasábamos situaciones difíciles. A pesar de que mi padre fabricaba papeletas para la fiebre y suspensiones para la diarrea, su buen corazón le obligaba a regalar los tratamientos a personas más pobres que nosotros”, comentó Cristóbal Américo Rivera con nostalgia. “Además, lo poco que ganaba mi madre se iba en el mercado para todos”, agregó.

La familia de Américo Rivera estaba conformada también por cinco hermanos. Olga, María, Héctor, Oscar y Carlos quienes aún viven, cada uno con su propio hogar.

Estando en tercer semestre, ‘El Médico’, como lo llamaron durante 56 años sus oyentes, sintió la necesidad de alternar sus prácticas en el Hospital San Juan de Dios con un trabajo que le generara ingresos económicos para sostenerse en la capital y ayudar a su numerosa familia.

Cristóbal recordó que años atrás, gracias al descubrimiento de su talento por parte del padre rector del colegio, había hecho ‘pinitos’ en la radio tras ganar un concurso de lectura, y era la hora de buscar esa posibilidad en Bogotá.

“Los 36 estudiantes teníamos que financiar la excursión a la costa Caribe y yo no tenía dinero. Con lo que trabajé cada domingo en el programa de los curas pude pagarla y viajar con el grupo”, contó uno de los locutores más importantes de la radio colombiana.

El programa se llamaba ‘la hora radial católica tolimense’ y se transmitía por la emisora Ecos del Combeima. En ese mismo año, (1952), logró conocer en dicha estación a quien sería su ángel, don Libardo Restrepo Hernández, un veterano locutor de noticias populares que dirigía y presentaba el Radio Periódico La Verdad.

Desde niño, cuando cursaba estudios en el colegio San Luis Gonzaga de los hermanos Maristas, Cristóbal Américo lo escuchaba por su estilo impostado a la hora de leer noticias sobre hechos sangrientos ocurridos en el departamento del Tolima. “Siempre quise imitarlo y terminó siendo mi escuela radial”, relató Rivera al reconocer que también leía prensa sensacionalista en el periódico La Tribuna de la capital tolimense. “La crónica roja siempre atraerá lectores y oyentes”.

Fue con Restrepo que posicionó el término ‘Alerrrrtaaa’ que sigue sonando en las presentaciones del noticiero Alerta Bogotá, el cual se emite tres veces al día por la Cariñosa de RCN. Al igual suenan otras frases también posicionadas por él, como “Trabajo si hay”, “Atención profesionales del volante” y “A Dios rogando pero con el mazo dando”.

“Notamos que las noticias estaban poniéndose cansonas  y por eso adoptamos esa palabra para despertar a la gente porque realmente se estaba durmiendo”, añadió Cristóbal Américo Rivera.

Esa misma creatividad lo llevo a popularizar en Ibagué, junto con su hermano Héctor, la crema Dolorán en el mundo publicitario. “Dolorán se frota y el dolor se marcha… El dolor le tiene miedo a Dolorán”, dice el comercial que de vez en cuando sale por televisión nacional.

Dicha propaganda le sirvió de hoja de vida para golpear puertas en las emisoras de la capital. Y la primera que se le abrió fue en la emisora la Voz de Bogotá, dirigida por Gustavo Uribe, quien le permitió, con una baja remuneración, dar por primera vez la hora, resaltando eso si, la palabra ‘Alerrrtta’.

Ese término le permitió trabajar también en Radio Continental, Radio Horizonte, Radio Periódico la Opinión, Radio Melodía, Radio Super, Radio Reloj, Radio Uno y la Cariñosa en donde tristemente su ciclo radial acabó el 14 de noviembre de 2012 cuando por el deterioro de salud y el paso de los años tuvo que abandonar los micrófonos para siempre.

Luego de graduarse como médico general el 19 de diciembre de 1959, época en la que para él gobernaba por segundo periodo el mejor presidente de Colombia, Alberto Lleras Camargo, hizo radio y atendió simultáneamente pacientes en un consultorio que montó en el barrio Ciudad Roma de la localidad de Kennedy. Es más, en ese sector los habitantes como agradecimiento a su labor, bautizaron un parque con su nombre. Hoy aún existe.

Escasos 14 días después de obtener su título universitario dio un paso firme con su talla 42 de calzado. Contrajo nupcias con Fabiola Rodríguez Medina, una bogotana con la que tuvo tres hijos, Olga Lucía, Andrés y Felipe Rivera Rodríguez. Solo Andrés, el menor, le siguió los pasos como médico y se convirtió en intensivista. Actualmente trabaja en la unidad de cuidados intensivos de un hospital norteamericano.

“La pobreza me da miedo pero mis hijos me dan alegría”, decía orgulloso Cristóbal, mientras degusta un plato de lechona tolimense, una de sus dos comidas favoritas, (La otra es el tamal), al son de una canción del trío Los Panchos, en el comedor de su apartamento ubicado en el barrio Niza del noroccidente de Bogotá.

Desde su retiro en el año 2012, y que por poco se adelanta en los años 70 debido a sus ocupaciones médicas, su rutina fue la misma. Se levantaba a las 8 de la mañana y se acostaba a las 9 de la noche. Leía el periódico temprano mientras tomaba café sin azúcar. También repasaba sus libros de medicina y por ratos encendía la televisión para ver exclusivamente noticieros y partidos del Independiente Santa Fe, su equipo del alma.

Poco escuchaba radio porque le daba nostalgia, aunque de vez en cuando se tropezó con el dial 610 AM en taxis que lo transportan a realizar sus diligencias. “La radio es como un sarampión, se le pega a uno”.

Antes de dormir se tomaba un whisky y le rezaba a la Virgen un Ave María para que no le dieran pesadillas, como la de la avalancha de Armero, ocurrida el 13 de noviembre de 1985, y que según él, fue la noticia más impactante que tuvo que leer en su vida como locutor. “No quisiera morir como ellos. Quisiera una muerte tranquila y un sepelio sin bulla y llanto”.

Paz en tu tumba mi gran amigo.
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