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| 7/5/2014 12:00:00 AM

Habla la mano derecha de Mandela

En 1992, la sudafricana Zelda La Grange votó contra el fin del ‘apartheid’. Años después se convirtió en la mano derecha de Nelson Mandela. Un nuevo libro cuenta su extraordinaria historia de reconciliación.

Culpa. Eso fue lo que sintió Zelda La Grange cuando el recién electo presidente de Sudáfrica Nelson Mandela le extendió la mano poco antes de entrar a su oficina. “Goeie môre”, le dijo él. “Good morning, Mr. Mandela”, le respondió ella, todavía sin entender muy bien por qué su nuevo jefe la saludaba en afrikáans, el idioma de sus enemigos, los mismos que lo mantuvieron 27 años en la prisión de Robben Island. Entonces el mandatario siguió hablando y la joven tipógrafa no pudo evitar llorar. “Mandé este hombre a la cárcel”, pensó. Sin pronunciar palabra, Mandela entendió, le agarró la mano de nuevo y para calmarla empezó a preguntarle sobre su vida, dónde había crecido, quiénes eran sus papás…

Criada en una familia afrikaaner de clase media, de niña La Grange veía a Mandela como el villano de la película, un negro que amenazaba con eliminar los privilegios de los blancos. El destino quiso que años más tarde se tropezara con él y, como si eso no bastara, quiso que se convirtiera en su secretaria privada. Después de ese primer encuentro, Mandela le pidió que lo acompañara en una gira por Japón. Con la presencia de La Grange en la comitiva, su gobierno le enviaba un poderoso mensaje de reconciliación al mundo. Era una estrategia, sí, pero también el comienzo de una gran amistad.

La Grange trabajó con Mandela 19 años. Fue su escudera más fiel y todo aquel que quería llegar a él, necesitaba pasar por ella. Esa confianza le permitió conocer de cerca, como casi nadie, al hombre que le enseñó a la humanidad a perdonar. Esas lecciones y otras anécdotas aparecen en sus memorias Good Morning, Mr. Mandela, publicadas en Europa y Estados Unidos hace pocos días. Es la primera vez que una persona del círculo más íntimo de Madiba hace un retrato del líder sudafricano, fallecido el pasado 5 de diciembre a los 95 años.

Cuenta La Grange en el primer capítulo que el día que nació, el 29 de octubre de 1970, Mandela empezaba su noveno año en prisión. Los separaban toda una vida y un sinfín de prejuicios. “Nadie nace racista; te vuelves así por las influencias de tu entorno. Yo ya era racista a los 13 años. Y no existía la más mínima posibilidad de que me convirtiera en la asistente de Mandela. Pero así sucedió”, escribe. Cuando lo liberaron en 1990, escuchó a su papá decir preocupado: “Ahora estamos en problemas. Dejaron libre al terrorista”. Dos años después el presidente afrikáner Frederik de Klerk convocó un referendo para que los blancos decidieran ponerle fin al apartheid. “1,9 millones de personas votaron a favor; 875.000 de mis compatriotas lo hicieron en contra. Yo fui una de ellos y me sentía orgullosa”, añade.

Después de graduarse como secretaria ejecutiva en una universidad de Pretoria, La Grange consiguió un puesto como tipógrafa en el gobierno en 1994. Eran épocas de cambio y ella, con 23 años, buscaba un trabajo estable. Había aplicado a una vacante en la dependencia administrativa, pero dio la casualidad de que la entonces asistente de Mandela necesitaba urgentemente a alguien en la oficina del presidente. Aceptó y, aunque llegó prevenida, su jefe de inmediato le demostró que no sentía ni odio ni rencor. A partir de ese momento ella se convirtió en Zeldina, como le decía de cariño, y él, en Khulu, que traduce abuelo.

Juntos hicieron 96 viajes oficiales a distintas partes del mundo. Eso sin contar los cócteles, las conferencias y los eventos para recaudar fondos que siempre querían a Mandela como invitado de honor. En esas reuniones, recuerda La Grange, el mandatario a veces pecaba de inocente. Una vez mientras hablaba con Brad Pitt sobre un proyecto para erradicar las minas antipersona, le pidió una tarjeta de presentación. Pitt, por supuesto, no tenía. “¿Y a qué te dedicas?”, le preguntó Madiba. “Intento ganarme la vida actuando”, le respondió este. Con la reina Isabel II tampoco tenía consideraciones y la llamaba por el nombre. Su esposa, Graça Machel, le insistía que no podía dirigirse así a Su Majestad y él, indignado, se defendía: “¡Pero si ella me dice Nelson!”.

Tener el privilegio de presenciar ese tipo de escenas recompensaba tantas horas de trabajo. El ritmo podía llegar a ser agotador –después de atender unas 300 llamadas al día, Mandela no tenía problema en levantar a su asistente a las dos de la mañana para empezar la jornada–, pero La Grange no se arrepiente. A principios de 2012 dejó de ser oficialmente su mano derecha. Ya Madiba estaba enfermo y su familia, enfrascada en una lucha por su legado, aprovechó para alejarla de sus funciones. Hoy, con 43 años, La Grange se describe como una multimillonaria, no precisamente por su fortuna, sino por las emociones y las enseñanzas de Khulu. “Él solía decir que si uno lograba cambiar a una persona para bien, había hecho la tarea –explica en el prólogo–. Quiero creer que se sentía orgulloso de haber cambiado esta insignificante vida”.
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