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| 6/16/2014 3:00:00 AM

Un veterano aventurero

A propósito del aniversario 70 del desembarco de Normandía, SEMANA habló con uno de los pocos colombianos que luchó en la Segunda Guerra Mundial y aún vive.

En una foto aparece un joven, fusil en mano, sentado sobre un puente. En otra el mismo sujeto, calvo y barbado, posa al lado de una negra hermosa. Esos son algunos de los retratos que enseña con orgullo su protagonista, Héctor Acebes Medina, uno de los pocos colombianos que luchó durante la Segunda Guerra Mundial y aún vive. “Ahí fue cuando estuve en Europa; afortunadamente salí vivo”, explica mientras señala la primera imagen. “Y esta de acá es con una de mis novias en África”, bromea. A sus 93 años, Acebes puede decir sin remordimientos que recorrió y vivió el mundo como quiso. 

Aunque hoy ya no recuerda con nitidez fechas ni lugares, el diploma que cuelga en una pared de su apartamento en Bogotá confirma que se enlistó en el Ejército de Estados Unidos hace más de 70 años. El entrenamiento militar duró unos ocho meses y luego zarpó desde Baltimore rumbo a Southampton, Reino Unido. De allí tomó otro barco para atravesar el canal de la Mancha hacia las playas de Le Havre, en la región conocida como Alta Normandía. No lo tiene claro, pero lo más probable es que haya desembarcado en esa ciudad portuaria poco después del Día-D, el 6 de junio de 1944, cuando los aliados llegaron a la costa atlántica francesa para lanzar la ofensiva final contra Hitler.

Acebes y sus compañeros de la tercera división de artillería antiaérea avanzaron por Bélgica hasta llegar a la ciudad fronteriza de Aachen, en Alemania. El frío y las extenuantes jornadas le produjeron una grave infección en la garganta, por lo que tuvo que ser internado de urgencia en un hospital de retaguardia. Al salir, se encontró con que la mayoría de los soldados de su unidad había muerto. “Creo que el único sobreviviente era yo”, le dijo hace un tiempo al periodista Guillermo González Uribe para un reportaje publicado en la revista Número. Cuando la guerra terminó, Acebes se quedó seis meses más como voluntario durante la ocupación mientras reunía los puntos para ser dado de baja. 
 
Entonces decidió explorar su faceta más artística y creó una compañía itinerante de teatro, inspirada en el vodevil: convocó a músicos, malabaristas y prestidigitadores para entretener a las tropas. Así, a bordo de un bus que le dio el Ejército, recorrió el país de arriba abajo. Con 25 años Acebes sabía que no quería dedicar su vida al servicio militar ni mucho menos a un escritorio de oficina. Una vez regresó a Estados Unidos, se casó con Madeleine, una bella joven escocesa de origen, y se graduó como ingeniero mecánico en MIT. Alcanzó a vestirse de traje y corbata, pero al poco tiempo abandonó las comodidades de la ciudad. “Yo bien podría haber ido hasta el fin del mundo y no regresar de no ser por mi familia”, confesó en el documental El ojo de un aventurero, dirigido por Juan Carlos Delgado en 2007.       

Ese deseo por lo desconocido, dice, es algo innato. De padre español y madre antioqueña, Acebes creció entre Estados Unidos, España y Colombia. Cuando era niño le fascinaba pasar las vacaciones buscando animales salvajes en los Llanos Orientales y todos los días entrenaba para lograr el cuerpo del fisiculturista Charles Atlas. Una vez a los 13 años, mientras estudiaba en Bogotá en el Gimnasio Moderno, se le ocurrió darle la vuelta al mundo con un dólar en el bolsillo. La hazaña le duró hasta Barranquilla. Su papá, furioso, no dudó en enviarlo a una escuela militar en Nueva York.   
  
Allí Acebes se inscribió en el club de fotografía, donde aprendió a manejar una cámara Kodak de cajón y a revelar imágenes. “Desde el principio noté que había algo especial en mis composiciones”, dice. Se volvió un alumno ejemplar, pero nunca abandonó su espíritu temerario y de vez en cuando se iba solo de excursión por la Orinoquia. Al terminar el bachillerato, consiguió un cupo en MIT y entonces estalló la guerra. Su papá tenía los contactos para evitar que su hijo fuera reclutado y se quedara como vicecónsul de Colombia en Boston. Sin embargo, antes de que pudiera hacer algo, el joven ya estaba subido en un camión del Ejército.    

En Europa comprobó de nuevo que era incapaz de quedarse en un mismo lugar. Después de la guerra y una breve estadía en Estados Unidos, viajó a España con la esperanza de hacer una película. El proyecto fracasó y Acebes aprovechó la cercanía con  África para saltar a Marruecos. Entre 1947 y 1953 recorrió el continente negro de sur a norte y de oriente a occidente: visitó Nigeria, Sierra Leona, Uganda, Congo, Camerún y Malí, entre otros, durante ese período. En una de sus últimas expediciones, que duró casi un año, compró un jeep en Nueva York y pidió que se lo enviaran en barco a Dakar, la capital senegalesa, pues su plan era llegar por tierra hasta los pueblos más remotos.       

De ese modo Acebes tomó las fotografías de África que lo han hecho famoso, sobre todo en Estados Unidos, donde su obra ha estado expuesta en varios museos y galerías. En Colombia la Biblioteca Luis Ángel Arango le rindió un homenaje hace unos años, pero aún así su nombre sigue siendo desconocido en el país. Sus imágenes son históricas porque retratan las costumbres y los rostros de tribus ancestrales que hoy ya no existen. En Suramérica también registró la vida de varios pueblos indígenas como los yanomami, en el alto Orinoco (Venezuela), y los shuar, en Ecuador, conocidos por decapitar a sus adversarios y reducir sus cabezas.             

Sin ningún conocimiento de antropología ni etnología, Acebes logró ingresar a estas comunidades sin mucho esfuerzo. Y eso que, además de ser blanco, la pinta tampoco le ayudaba. “Andaba con la cabeza rapada, barba, sombrilla negra y carro propio –recuerda–. No era un extranjero cualquiera, la gente no sabía cómo identificarme”. Usaba el paraguas para proteger sus rollos del sol y evitar que se velaran cuando los cambiaba. Su estrategia para acercarse a la gente, dice, era el humor: “Jamás conocí a un nativo que no tuviera esa cualidad. Todos ríen de un rápido, de la forma de una nube, del tronco de un árbol y, especialmente, de mí”. Siempre que llegaba a algún sitio exótico, donde no sabía ni una sola palabra del dialecto, primero se hacía amigo de los niños para luego ganarse la confianza de los adultos.      

Financió  todas esas aventuras gracias a exposiciones y conferencias que lo invitaban a dictar en Estados Unidos. Con sus documentales y películas los norteamericanos también aprendieron, por ejemplo, qué era una anaconda, como lo muestra El monstruo de la planicie, cinta en la que Acebes filmó la cacería de este mítico animal en los Llanos. Hoy cuando ve los videos de esas épocas, le cuesta un poco de trabajo reconocerse: “¿Ese soy yo?... Ah sí, y ese carro era mío”, dice entre risas mientras señala un viejo escarabajo. “En ese Volkswagen mi papá andaba por toda Colombia y nos llevaba a nosotros al colegio”, cuenta Carmen, la mayor de sus tres hijos. 

Acebes ya no tiene el ímpetu de otros tiempos –aunque hasta hace poco, señala Carmen, era casi imposible seguirle el paso– ni tampoco toma fotos. Sin embargo, no pierde la oportunidad de preguntarle al fotógrafo que lo retrató para este artículo, qué tipo de cámara y lente teleobjetivo usa. Añora tener un cuarto oscuro de revelado, pero “para eso necesito un apartamento más grande”, explica mientras muestra su casa adornada, hasta el más mínimo rincón, con fotos suyas. La pasión por ese oficio siempre lo acompañará, así el tiempo y la edad hayan vuelto borrosas las imágenes de sus recuerdos.   
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