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| 2/1/2014 3:00:00 AM

Las cartas de la mano derecha de Hitler

Heinrich Himmler uno de los principales responsables de los horrores del Holocausto. Unas cartas suyas recientemente publicadas revelan el espeluznante lado humano del monstruo.

Habían abierto una fosa y ellos tenían que saltar dentro y acostarse boca abajo. Cuando ya le habían disparado a una o dos filas, los otros debían acostarse sobre ellos y se les disparaba desde el borde de la fosa. Himmler nunca había visto gente muerta y, en su curiosidad, se asomó al borde. Mientras observaba tuvo la mala suerte de que parte del cerebro de uno de los asesinados le salpicara la chaqueta. Creo que también le salpicó la cara y Himmler se puso muy verde y pálido. Se volteó, mareado, y yo tuve que correr a sostenerlo”. El general de las SS Karl Wolff describió este episodio en su diario, en agosto de 1941. Ese día al menos 100 judíos murieron asesinados en Minsk, Bielorrusia, como parte de una demostración hecha especialmente para Heinrich Himmler, Reichsführer de las SS y arquitecto de la llamada solución final de Adolfo Hitler. Cuando terminó la masacre, Himmler dio un discurso a sus soldados para alentarlos a continuar su espantosa labor. Durante los siguientes casi cuatro años el jefe nazi siguió planeando el exterminio sistemático de millones de personas.

Ese mismo Heinrich Himmler, sin embargo, llevaba una vida familiar en la que el monstruo quedaba en un segundo plano. Unas cartas recientemente publicadas por el diario alemán Die Welt muestran una faceta recurrente en los nazis, pero no por ello menos espeluznante: que Himmler además de un despiadado asesino era un padre devoto y un marido cariñoso.

Durante toda la Segunda Guerra Mundial el líder nazi mantuvo correspondencia con su esposa Marga, a quien se refería como “mi amor”. Las misivas podrían confundirse con las de cualquier hombre que viaja por trabajo y extraña a su familia, pues en ningún momento menciona los detalles de su ‘misión’. Tan solo los nombres de los sitios que visitaba lo delatan: “Voy saliendo para Auschwitz. Besos. Tu Heini”, escribió en julio de 1942. En la misma época envió otra nota a su esposa, explicando casualmente que no sabía si tendría tiempo de llamarla: “En los próximos días estaré en Lublin, Zamo, Auschwitz, Lviv y luego en la nueva sede. Me da curiosidad cómo podré llamarte, pues estaré a unos 2.000 kilómetros de Gmund. Todo lo mejor y disfruta estos días con nuestra pequeña hija. Muchos abrazos y besos. Tu papi”. Himmler pasó por alto en su amorosa misiva que en esos viajes supervisó personalmente la muerte en las cámaras de gas de cientos de personas.

Mientras el jefe de las SS y su esposa se ocupaban de cuándo volverían a hablar por teléfono, su hija Gudrun le envió una carta en junio de 1941, cuando los alemanes invadieron la Unión Soviética, diciéndole a su padre: “Es terrible que vayamos a la guerra con Rusia. Eran nuestros aliados, después de todo. Rusia es tan grande que la lucha será muy difícil si queremos conquistarla entera”. Al parecer, la niña, que apenas tenía 11 años, era la más sensata de la familia.

Sus deberes no le impidieron a Himmler cuidar muy bien de su esposa y sus hijos. En una ocasión les envió 150 tulipanes desde Holanda. “A rayas, dentados, de uno y dos colores. Del tipo que aquí no se consigue”, les escribió, orgulloso. Entre los documentos que se encontraron también estaban las cuentas personales de Marga, que muestran que en épocas de escasez la mujer vivía con todos los lujos y gastaba mensualmente 1.300 marcos, diez veces más que la familia alemana promedio y el equivalente a 26.500 dólares actuales.

Estos excesos eran parte de los beneficios del altísimo cargo de Himmler, quien para entonces ya era el segundo hombre más poderoso del Tercer Reich. Su carrera política comenzó a los 23 años, cuando dejó su trabajo para unirse al Partido Nazi. Tras servir de asistente a Gregor Strasser, jefe de propaganda, solo tres años después, en 1929, Hitler lo nombró Reichsführer de las SS, un grupo paramilitar que para entonces contaba con apenas 280 miembros. Cuatro años más tarde, cuando accedió al poder, ya esa guardia personal constaba de más de 52.000 efectivos. Ese crecimiento hizo posible la llamada ‘noche de los cuchillos largos’, en la que bajo la dirección de Himmler las SS y la Gestapo asesinaron a unos 100 miembros de la organización rival Sturmabteilung (SA). Himmler también planificó los ataques de noviembre de 1938, bautizados la ‘noche los cristales rotos’, en los que murieron 91 judíos y 30.000 fueron encerrados en campos de concentración.

La sangre de esos y otros millones de asesinatos está en manos del llamado arquitecto de la solución final. Pero sus cartas personales lo muestran como un hombre común, no como un monstruo. Según el antropólogo Esteban Cruz, Himmler sencillamente estaba cumpliendo órdenes: “Nunca cuestionó si lo que hacía estaba mal, creía que era lo correcto”. Para Cruz “no se trata de dos personalidades sino de una sola. Himmler pensaba que los fines eran superiores a los medios”. Después del juicio en Israel a Adolf Eichmann, otro líder nazi, la filósofa judía

Hannah Arendt escribió un libro en el que acuñó la expresión ‘la banalidad del mal’. Se refería a que los hombres “terrible y temiblemente normales” son capaces de las peores atrocidades, sin ser enfermos mentales. Cruz apoya esta controversial idea: “Creemos que todo se divide en bueno o malo, pero olvidamos que hasta el peor nazi tiene un lado humano”.

Las cartas que revelan esa faceta de Himmler están en manos de Vanessa Lapa, una directora israelí que pronto lanzará un documental basado en ellas. Hay diferentes versiones de cómo las obtuvo, pero se cree que unos soldados estadounidenses las encontraron en 1945 y se las vendieron a Chaim Rosenthal, un sobreviviente del Holocausto. En 2007, Rosenthal se las vendió al padre de Lapa y ahora, después de comprobada su autenticidad, han sido publicadas por Die Welt.

En su discurso más conocido, en Polonia en 1943, Himmler le dijo a un grupo de generales de las SS: “Voy a hablarles francamente sobre un tema muy serio: el exterminio de la raza judía. Muchos de ustedes saben lo que significa ver a cien cuerpos yacer juntos, o quinientos o mil. Haber pasado por esto y todavía permanecer decentes, esto es lo que nos ha hecho fuertes. Teníamos el derecho moral y el deber con nuestro pueblo de destruir a esta gente que quería destruirnos a nosotros”. Por más convencido que sonaba de la moralidad de sus acciones, cuando se hizo evidente que la guerra terminaría mal para Alemania, Himmler trató desesperadamente de negociar con los aliados y eventualmente les ofreció la rendición. Poco después, cuando lo atraparon, el gran jefe de las SS se había disfrazado con un uniforme de la Policía secreta y cargaba documentos con un nombre falso. Su supuesta decencia había quedado expuesta por lo que era realmente: un cobarde.
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