Lunes, 16 de enero de 2017

| 1998/06/01 00:00

HEROE DE CARNE Y HUESO

Christopher Reeves revela en su biografía que no es un hombre de acero y que pensó en el suicidio.

HEROE DE CARNE Y HUESO

Era un día cualquiera de verano de junio de 1995. Christopher Reeves se levantó con la energía y los bríos del hombre de acero, Superman, ese personaje que había interpretado varias veces en el cine. Esa misma tarde, la realidad le confirmó que su poder sólo era producto de la fantasía. Cayó de un caballo, se fracturó dos vértebras de la columna y el resultado fue trágico. Quedó cuadrapléjico. Tres años después, en su autobiografía Still Me recién lanzada al mercado Reeves relata el difícil camino de la recuperación.
A pesar de su drama, Reeves considera que ha tenido la suerte de su lado. Si los paramédicos no hubieran llegado a tiempo, habría sufrido daño cerebral irreversible. Cuando lograron estabilizarlo, el actor ya había pasado más de tres minutos sin oxígeno. Además, el tallo cerebral quedó intacto, lo que evitó que la parálisis afectara los músculos de la cara. Por lo general quienes sobreviven a estos episodios mueren más tarde de otras complicaciones. Reeves, inclusive, logró superar una neumonía que hubiera podido ser mortal.
Después de la caída el actor duró inconsciente cinco días y cuando recobró el sentido tardó horas en darse cuenta de que su estado era de gravedad. Fue entonces cuando pensó: "Es mejor morir y ahorrarle a todos este problema". Fue por eso que pidió a su esposa Dana que lo ayudara a morir. Y aunque no se negó de plano, ella le ofreció su apoyo incondicional si decidía vivir.

Opción vida
Reeves optó finalmente por dar la batalla. La recuperación no ha sido fácil, pero sabe que su decisión fue correcta y que su caso puede servir en la investigación científica. De hecho se prestó de conejillo de indias para una operación que nunca se había intentado en el mundo. Era un proceso de alto riesgo en el que los médicos harían una serie de conexiones de la cabeza al cuerpo, para darle la posibilidad de movimiento en el futuro. La cirugía fue un éxito y Reeves fue enviado al Instituto Kessler a prepararse para una vida que implicaba silla de ruedas, respirador artificial y dependencia de los demás.
No se podía mover, no podía hablar y, sobre todo, no podía respirar por sí mismo. En una oportunidad el ventilador se desconectó y Reeves entró en pánico. La angustia hizo que perdiera más aire y que cada minuto pareciera una eternidad. "Me fui acostumbrando a que estos episodios eran normales y que había un sistema de alarmas dispuesto para auxiliar al paciente en estos casos". Sin embargo, la sola idea de quedarse sin aire le producía terror. Uno de los peores momentos era el del baño, pues hacerlo implicaba desconectarse del ventilador por cuatro minutos: "Me daba miedo depender de otros. ¿Qué pasaría si no me conectan a tiempo?, ¿qué pasa si el ventilador no funciona?".
Aunque angustiosos, estos episodios no revestían peligro. Pero un día el actor sí estuvo al borde de la muerte. El y sus médicos decidieron probar una droga para personas con problemas de columna que aún estaba en estudio. Minutos después de tomarla empezó a mostrar dificultades respiratorias. Entró en shock, con la presión baja, el ritmo cardíaco disparado y sin poder tomar aire. Tuvo la sensación de que se hundía. Luego sintió que estaba en el techo y se vio a sí mismo postrado en la cama, inmóvil: "Yo no creía en experiencias cercanas a la muerte pero esta vez estaba ahí, viendo a los médicos que trataban de resucitarme". Le restablecieron la presión con epinefrina y volvió a tener conciencia. A pesar del susto, Reeves quiso tomar de nuevo la droga. En cuanto volvió a sentir los mismos síntomas, los médicos se la prohibieron.
Después de estos tres años, que para él han sido siglos, el progreso ha sido grande: puede encoger los hombros y respirar por su cuenta durante períodos cortos, lo que indica que hay nervios funcionando en la primera, segunda y tercera vértebras.
Reeves ha llegado mucho más lejos que otros pacientes con su problema. Ha llegado a donde llegan los verdaderos héroes. No los de fantasía, ni los temerarios que realizan acciones audaces sin medir las consecuencias. El siente que hace parte de los héroes comunes y corrientes, de aquellos que cada día encuentran la fuerza suficiente para perseverar en la lucha por sobrevivir.

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