Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2009/05/23 00:00

Historia de un suicidio asistido

Para unos, un acto de amor; para otros, un crimen. El poeta antioqueño Carlos Framb relata en un dramático libro cómo ayudó a morir a su mamá y fue acusado de homicidio.

Carlos Framb es autor de los libros de poemas ‘Antínoo’ y ‘Un día en el paraíso’

Carlos Framb no se arrepiente de lo que hizo el 20 de octubre de 2007. Aunque tuvo que soportar cinco meses en la cárcel de Yarumito, Itagüí; ser llamado asesino, y ver su nombre en titulares de diarios sensacionalistas acompañado de la palabra 'matricidio", se siente feliz de haber ayudado a su mamá a quitarse la vida.

"Ha sido la prueba más dura por la que mi conciencia ha tenido que pasar y, sin embargo, era algo a lo que no me podía rehusar, así la sociedad lo considerara un crimen y tuviera que afrontar amargas consecuencias". Así lo relata el poeta de Sonsón, Antioquia, en Del otro lado del jardín, un libro en el que narra los detalles de lo ocurrido. "Sé que es un tema polémico, pero no me siento vulnerable. Soy sincero y tengo clara mi posición: defender la libertad personal", dijo a SEMANA sobre la posibilidad de que su texto sea considerado una apología al suicidio. "Es mi forma de hacerle un homenaje a ella y a su acto de valor para poner fin a su vida intolerable".

Y él era el único que podía ayudarla a hacer realidad lo que esa mujer suplicaba a Dios: que se acordara de ella. A sus 82 años Luzmila Alzate se sentía cansada de vivir. Estaba prácticamente ciega a causa de las cataratas, el glaucoma y la degeneración de la retina, lo cual la había sumido en una profunda depresión. Además, cada vez eran más fuertes los dolores producidos por la artrosis; sufría de osteoporosis, que le ocasionó una fractura de fémur y no le permitía caminar sin ayuda, y de un insoportable insomnio que no cesaba ni con medicamentos. "Entretanto, la vida proseguía su marcha. En las mañanas yo salía a dictar mis clases de literatura, mientras mamá pasaba largas horas silenciosas sentada en su banquito, al pie de la ventana. La evocación de esa imagen todavía es dolorosa para mí", relata en su libro.

Carlos siempre había sido un convencido del buen morir, especialmente desde cuando fue testigo de los suplicios que su abuela tuvo que soportar por causa de un cáncer de piel. Su interés en el tema lo llevó a tener por Biblia, libros como Final exit, de Derek Humphry, que lo motivó a atesorar en un cajón, durante años, varias cajas de somníferos y un frasco de morfina . Además era un crítico de la tecnología y la medicina que a toda costa busca "prolongar la vida de los enfermos más allá de su plazo natural".

Pero su mamá no tenía una enfermedad terminal, sino una suma, si bien exagerada, de los problemas de la vejez. Entonces, si ese también es un proceso natural, ¿por qué interrumpirlo? "Cada persona decide lo que es natural. Para alguien religioso, depende de la voluntad de Dios. Pero para mí, la muerte voluntaria es la más natural porque es la que uno escoge libre y racionalmente", es su respuesta. Lo impulsaba la forma progresiva como doña Luzmila se deterioraba día a día.

Como dice en el libro, tenía "una suerte de tarea didáctica por la cual mi madre llegara a admitir la legalidad de ese acto final (...) muchas personas están dispuestas a sobrellevar sus sufrimientos hasta el último segundo, y están en su derecho. Si mamá demostraba ser una de esas personas, entonces yo respetaría su parecer y seguiría cuidándola con la misma devoción. Pero si optaba por liberarse a sí misma, estaba también en su derecho y yo iba a asistirla. La decisión última era enteramente suya".

Carlos preparó a su mamá con textos filosóficos como Moral para médicos, de Friedrich Nietzsche, que habla de "morir orgullosamente, cuando ya no sea posible vivir con orgullo". Y le contaba películas como Mar adentro, una historia de la vida real en la que el protagonista, que llevaba 30 años postrado en una cama, lucha porque lo dejen descansar en paz. Luzmila estaba de acuerdo con que el dolor era inaceptable cuando era imposible mejorarse, pero por sus convicciones consideraba que en su caso suicidarse era pecado, a diferencia de su hijo ateo y hedonista. "Teníamos que salvar el hiato que mediaba entre sus creencias religiosas y mi postura escéptica. El nudo para desatar era Dios", escribe.

Carlos reconoce que posiblemente algunos piensan que influyó demasiado en la decisión de su madre. Les replica que su único interés era brindarle una opción que ella no conocía. "Yo no sabía qué iba a pasar, hasta que una noche me dijo que sí quería morirse, pero que la angustiaba dejarnos solos a mi hermano Iván y a mí, y lo que iban a pensar sus allegados. Le respondí que no quería que muriera, pero que tampoco quería verla sufrir", reveló a SEMANA.

En ese momento, Carlos, a sus 43 años, tomó la decisión de morir junto a su madre sin que ella supiera. "Después de una hermosa y agitada vida de poeta, ¿qué más podía pedir que ser privilegiado con la más bella de las muertes, la muerte por amor?".

Y es que desde cuando fallecieron su papá y sus dos tías que vivían en la misma casa, se habían apegado mucho el uno al otro. Tanto, que sin ella, pensaba, nada lo ataba a este mundo.

"El sábado 20 de octubre, día lluvioso y gris, desperté pasadas las 8 de la mañana. Un poco tarde si se considera que, muy probablemente, sería mi último día de vida (...) Tras desayunar, me duché, me vestí y me despedí de ella con un abrazo, prometiéndole no tardar. A punto ya de salir me dijo en tono muy dulce: 'y no olvide conseguir aquello, mi tesoro'. Supe entonces que nuestras horas estaban contadas". Luzmila se refería a los somníferos y a la morfina.

Pese al dramatismo de la situación, Carlos estaba muy sereno. Al anochecer, después de cenar, le contó a su mamá que ya tenía 'aquello'. "No se mostró agitada o nerviosa. Dijo: '¿De verdad mijito lindo', me tomó de las manos y agregó: 'entonces llegó la hora'". Después de compartir unos tragos de vodka, Luzmila se fue a su cuarto a hacer sus oraciones. "En ese momento se me ocurrió pensar, no sé por qué, que mi mamá moriría sin haber conocido el mar. Entonces me sentí desgarrado por la ternura, y quise ir a estrecharla contra mí, y hacerla reír una vez más, como si no pasara nada, y cantar con ella 'El día que me quieras', y pedirle perdón por sus horas de soledad, por mis obstinados silencios, por mis durezas y reticencias, por tantas frases que quedaron incompletas..." . Luego vinieron los abrazos, los agradecimientos y las palabras de aliento. Carlos fue a la cocina y en la licuadora mezcló yogur, morfina y pastillas. Luzmila probó el menjurje, le pareció algo amargo, pero se lo bebió. Ambos se recostaron en la cama y hablaron de cosas cotidianas, como si nada... "Así hasta que fue sumergiéndose suave y placenteramente en el sueño profundo (...) Mi madre había muerto. Sin una lágrima, sin una queja, sin un rictus".

Carlos le dejó a su hermano una carta de despedida para explicárselo todo. Y con tinta dorada, sobre la pared, escribió una frase que leyó alguna vez: "Sin odio, sin armas, sin violencia". Puso música del grupo inglés The Verve, y luego, de Bach. Entonces se ajustó una bolsa plástica en su cabeza, para reforzar con asfixia el veneno, tomó su dosis y se recostó junto a su madre.

Eso de nada sirvió. El 23 de octubre, la víspera de su cumpleaños, despertó en un hospital. Su hermano lo había encontrado inconsciente. Pronto la Fiscalía lo acusó de homicidio agravado, y lo esperaba una pena de hasta 50 años. "No critico a la justicia porque existía la duda de lo que en verdad había sucedido esa noche. Pero mi hermano me ayudó mucho, siempre creyó en mí", comenta.

Y lo mismo hizo el juez. El 26 de marzo de 2008 Carlos fue condenado por el cargo menor de ayudar al suicidio de su madre, a sólo 16 meses de prisión, y por lo mismo fue excarcelado. Aunque la Fiscalía apeló, cuatro meses después el Tribunal Superior de Medellín precluyó el caso. Desde entonces Carlos sintió el impulso de revisar las notas que había hecho en la cárcel y empezó a darle forma a su libro. La vida y la muerte de su mamá le dieron un motivo para escribir y en esa actividad ha encontrado una manera de volver a disfrutar plenamente su existencia.

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