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| 3/26/2016 12:00:00 AM

El atentado que no pudo acabar con Hitler

Cómo Georg Elser, un simple campesino, estuvo a punto de asesinar al Führer y cambiar así el curso de la historia. Su vida puede verse en las salas de cine.

La película 13 minutos para matar a Hitler de Oliver Hirschbiegel relata la historia de un atentado cuya finalidad pudo, literalmente, haber cambiado el curso de la historia. Lo perpetró un humilde carpintero llamado Georg Elser, duro opositor del régimen nacionalsocialista a principios de la Segunda Guerra Mundial.

Con un arriesgado plan, Elser imaginó la destrucción del Führer, pero calculó mal y la bomba estalló 13 minutos más tarde de lo previsto. Hitler se salvó, pero la explosión mató a ocho personas, dejó decenas de heridos y causó daños en la Bürgerbräukeller, una icónica cervecería de Múnich.

Tras varios meses de preparación el hombre había diseñado un modelo de bomba con dinamita, que probó, con éxito, en la huerta de sus padres. Llegó a esconderse hasta 30 veces en la cervecería, haciendo un agujero en la columna deseada, detrás del revestimiento de madera. El explosivo quedaría instalado para detonar a las 9:20 de la noche. Hitler, sin embargo, abandonó el lugar a las 9:07, una vez terminó su discurso.

Elser, en principio, no fue un fervoroso ideólogo político. De hecho, se adhirió al sindicato de los trabajadores de la madera y a una organización comunista llamada Roter Frontkämpferbund (Liga Roja de Combatientes del Frente), sin tener un protagonismo especial. Pero ya para 1933, cuando Hitler asumió el poder, Elser se opuso con fervor al vivir en carne propia las condiciones laborales bajo el régimen nazi. Sus circunstancias y las de su entorno se deterioraron notablemente. Su salario se redujo y la persecución religiosa se desató. Este panorama motivó su ira.

Lo irónico de la historia es que Elser no fue ejecutado de inmediato por el régimen, ni en los siete días que duró su interrogatorio tras el atentado. Contra todo pronóstico, una vez arrestado en la frontera con Suiza, fue considerado un ‘prisionero especial’ y solo transcurridos cinco años, el 9 de abril de 1945, fue ejecutado en el campo de concentración de Dachau. Mediante comunicado escrito, Hitler ordenó que fuera ajusticiado al igual que el almirante y conspirador Wilhelm Canaris. Más tarde, 21 días después, Hitler se suicidó.

Un fragmento del comunicado reza: “Las autoridades superiores han discutido el caso del prisionero Elser; durante los próximos ataques aéreos enemigos sobre Múnich, Elser debe ser mortalmente herido. En vista de esto, le ordeno que la eliminación sea en el más absoluto secreto y que muy pocas personas se enteren de tal acción. Me informará de su muerte de forma oficial en un telegrama que dirá lo siguiente: En tal fecha y hora, el prisionero Elser fue alcanzado y muerto por un ataque aéreo enemigo. Destruya este comunicado después de ejecutar mis órdenes”.

La película del director de La caída (2004), Oliver Hirschbiegel, es una de las producciones del séptimo arte alemán más aclamadas. Presentada en la Berlinale de Berlín en 2015, es protagonizada por Christian Friedel (La cinta blanca) en una historia inquietante, que no deja parpadear y cuyo guion retrata la barbarie desde el inconformismo humano.

No se cuentan en un dígito las ocasiones en las que el dictador alemán se libró de la muerte. La historia relata al menos 42 oportunidades. Ninguna tuvo éxito, debido a que Hitler estaba permanentemente en custodia de su Ejército y alteraba repentinamente su agenda. Estos sorpresivos cambios con permanencias intermitentes (unas cortas y otras más largas) en los sitios que visitaba hicieron que los intentos fueran fallidos.

Sangre fría era la que había que tener para atentar contra el jefe alemán. Planear o ejecutar cualquier complot en su contra significaba un precio muy alto si se fallaba: la muerte más lenta y humillante, y consecuencias nefastas para la familia y el entorno más cercano.

Se dice, incluso, que Hitler tenía un doble que hizo apariciones públicas en más de alguna ocasión y que este pereció en la Batalla de Berlín. Pero si bien las conspiraciones en contra de Adolf Hitler no surtieron el efecto esperado, sí lo logró su propio suicidio el 30 de abril de 1945.

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