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| 11/5/2001 12:00:00 AM

Hitler en el clóset

El historiador Lothar Machtan asegura que Adolfo Hitler fue homosexual y que esta tendencia influyó en su manera de gobernar.

En los ultimos 50 años no ha existido un personaje más enigmático que Adolfo Hitler. Historiadores, sicólogos y políticos han escarbado en su pasado en busca de una pista que les permita comprender el comportamiento del hombre que promovió la Segunda Guerra Mundial y todas sus secuelas: el holocausto judío, 55 millones de muertos y la Cortina de Hierro.

La percepción general es que se trataba de un individuo sin mayores capacidades intelectuales, emocionales y artísticas pero con la malicia suficiente para sacarle provecho a sus escasas habilidades y trepar hasta el poder. Para el historiador Lothar Machtan una de las razones de su lascenso político radica en su homosexualidad no declarada. Así lo manifiesta en su libro El secreto de Hitler, obra que intenta demostrar cómo sus inclinaciones sexuales le permitieron escalar posiciones en el Partido Alemán de los Trabajadores —en tres años pasó de ser un don nadie hasta convertirse en el portador de las esperanzas del movimiento populista alemán— y ganarse la amistad de militares, intelectuales y hombres de negocios.

Si bien la Alemania de las primeras décadas del siglo XX miraba con recelo las asociaciones ‘amistosas’ entre hombres en los círculos intelectuales y bohemios de grandes ciudades como Munich se fue gestando un fenómeno que valoraba las cualidades masculinas sobre las femeninas. El homoerotismo no podía considerarse un simple amaneramiento sino un plan para formar un estado populista masculinamente estructurado en el que lo femenino era decadente.

Hitler habría encontrado en esta teoría la excusa para combinar sus impulsos sexuales y sus ansias de poder, pues las personas con las que compartía momentos de intimidad eran las mismas que lo podían ayudar a conocer a personajes influyentes durante la República de Weimar.

De lo contrario no se explica cómo hizo un joven sin dinero, perezoso y con ínfulas de artista, pero con poco talento, para ser aceptado por la clase dirigente y de paso ganarse el favor de los sectores populares. Aunque Machtan reconoce que no existen documentos que prueben que Hitler ejerciera algún tipo de prostitución en su juventud, los relatos de la época lo ubican con frecuencia en los lugares de reunión de los homosexuales y no se tienen indicios de que durante ese tiempo haya establecido romances estables con mujeres.

A juicio del autor, la relación con su amigo de adolescencia August Kubizec era bastante sospechosa para los cánones sociales de aquel entonces ya que al futuro Führer no sólo le gustaba que ambos se vistieran igual cuando salían a la calle sino que detestaba que su amigo hablara con otros hombres y, como si fuera poco, en las cartas que se escribían utilizaban un lenguaje bastante comprometedor.

Kubizec escribió un libro sobre Hitler, intentando apaciguar los rumores pero lo único que logró fue alimentar la imaginación de los morbosos. En un pasaje relata cómo en una noche lluviosa los dos amigos buscaron refugio en un granero y durmieron desnudos, arropándose con el heno y buscando calor en el cuerpo del otro.

Pero así como Hitler se entretenía con jóvenes de su edad hubo dos personas mayores que influyeron drásticamente en su personalidad: el capitán Ernest Rohm, reconocido homosexual que se convertiría en jefe de las SA, y el ideólogo antisemita Dietrich Eckhart. En épocas diferentes estos hombres asumieron el papel de tutores y, mientras el primero le demostró con sus éxitos militares que el amor entre hombres no era signo de cobardía, el segundo se encargó de estructurarle una ideología en la que el hombre, preferiblemente ario, estaba por encima de las mujeres, de los judíos y de cualquier otro grupo étnico. “Cuando decidió convertirse en político profesional de la derecha populista no tenía ni idea de qué hablaba. La política, tal como él la entendía, no era sino un magnífico instrumento para mejorar en la vida y para alcanzar ese objetivo era capaz de recurrir a cualquier medio, ya fueran las diatribas antisemitas cargadas de odio”, señala Machtan

Pero a medida que sus habilidades oratorias y su consigna en contra de los judíos le ayudaban a ganarse la empatía del pueblo alemán, que no había superado la derrota de su país en la Primera Guerra Mundial, Hitler se fue dando cuenta de que el discurso de la supremacía alemana no era compatible con sus preferencias sexuales dado que la mayoría de la sociedad seguía considerando la homosexualidad como una perversión.

Para no perder el respeto de sus seguidores Hitler comenzó una persecución sin cuartel contra todos los grupos de homosexuales e inició una purga en la cúpula del partido nazi para deshacerse de todas las personas que conocían su pasado y que, en dado caso, podían chantajearlo. Según Machtan la llamada ‘noche de los cuchillos largos’ de 1934, en la que Hitler ordenó el asesinato de 150 opositores al régimen, sirvió de telón para liquidar a varios gays, entre ellos el propio Rohm, que se había convertido en un dolor de cabeza para el Führer debido a su exhibicionismo.

El libro ha provocado la indignación de los grupos homosexuales que consideran que al atribuirle una inclinación gay a Hitler la gente terminará erróneamente asociando la tendencia sexual con las atrocidades cometidas por los nazis. El autor se defiende argumentando que su investigación sólo pretende arrojar nuevas luces sobre la extraña personalidad de Hitler. Los lectores parecen estar de acuerdo pues, aunque sea por morbo, la obra fue la más vendida durante la pasada feria del libro en Frankfurt.
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