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| 1/27/2015 3:19:00 PM

Cilli, la sobreviviente del Holocausto

En el día de remembranza de los sobrevivientes del Holocausto, SEMANA cuenta la historia de una rumana que escapó a Cali con su familia.

Cilli Reines se ha pasado la vida retando al destino. Su madre no quiso que dejaran Rumania, aunque se oían rumores de una inminente ocupación nazi. Ella no se imaginaba las dimensiones de lo que estaba ocurriendo en el mundo, de hecho, sentía orgullo de llevar un distintivo que la identificara como judía. Con el paso del tiempo comenzaron las restricciones para su familia, sus vecinos dejaron de hablarles, se les prohibió ir a estudiar o a trabajar y ya no pudieron tener empleados.

Fueron llevados a Ucrania junto a 8.000 personas que caminaron en la que ella llama “Marcha de la muerte”, supervisada por los soldados rumanos bajo el mando alemán. Ya en un pequeño pueblo llamado Tsibulovca, fue ubicada en un establo en el que anteriormente guardaban ganado, donde debían dormir arrumados en el heno en grupos de diez personas.

Para 1941 quedaban menos de 2.000 judíos en el guetto donde vivía Cilli y las malas condiciones de higiene propagaron una fiebre tifoidea que dejó solo 180 sobrevivientes. Entre los muertos se encontraban sus abuelos y su padre, cuya pérdida es hasta hoy el golpe más duro que ha recibido en su vida. Ella misma casi no sobrevive. Sin embargo, dice que el dolor fue tan grande, que la impulsó a seguir adelante. Poco después conoció a “su” David, el amor de su vida.

David la conquistó, aunque confiesa: “era muy joven para mí”. No dudó y se casó en medio del conflicto, en un rito que, aclara, fue “con toda la tradición ortodoxa” a pesar de no contar con muchos recursos. Todavía conserva su acta de matrimonio en una vieja hoja de cuaderno.

No se imaginaba que alcanzarían a llegar a viejos, tener dos hijos, cinco nietos, nueve bisnietos y restablecerse al otro lado del mundo. De hecho, no se imaginaba nada, ya era un gran triunfo llegar a ver un nuevo día.

Pasó su luna de miel tratando de esconder a David porque los rusos querían reclutarlo. Pero fue integrado a las tropas rusas. Cilli tenía que caminar diez kilómetros, distancia que la separaba del cuartel, para verlo y llevarle comida. De nuevo tuvo el destino de su lado, pues del contingente de David sólo él pudo sobrevivir.

David Reines se reencontró con su esposa en Bucarest, tras estar a punto de ser fusilado tres veces y haber recibido un disparo en la pierna. Pasó sus últimos días en el ejército rumano como traductor.

El final de la guerra no significó el fin de la pesadilla de los Reines. Se encontraron con nuevas prohibiciones y controles, ahora de parte de la ocupación rusa. Ya con un niño pequeño tuvieron que salir hacia Colombia con escala en Israel porque sólo lograron permiso para salir a través de ese Estado recién creado. Finalmente, gracias a unos contactos diplomáticos, pudieron concretar el viaje en búsqueda de unos familiares que llevaban décadas en Colombia.

Llegaron en 1951 en el barco “Américo Vespucio” y tras establecerse en Caldas, nació su hija, Rita. Cilli aprendió español leyendo Condorito, aunque su acento todavía delata que no nació en Colombia. Sin embargo, ella se siente más colombiana que nadie, sólo aquí pudo ser acogida por la sociedad y practicar libremente su religión. Terminó por establecerse junto a su familia en Cali y guiarse por el que sería el lema de su vida: “Haz el bien sin mirar a quien”.

Siempre ha estado dispuesta a compartir su experiencia, da conferencias y dedicó su vida al voluntariado. “Hay gente que sigue llorando todavía, viviendo en el pasado. Yo en cambio creo que si seguí con vida para hacer algo bueno”, cuenta. Lideró la Fundación de las Damas Hebreas por 47 años, su gran proyecto fue la Sala Ana Frank del Hospital Departamental Evaristo García, en Cali. Comenzaron con seis camas de cuidados intensivos. Hoy hay 40 cupos que han salvado unos 3.000 niños de bajos recursos de la región. Varias veces llegaron los médicos a decirle que ya no había plata, pero ella nunca se preocupó, “Dios proveerá”, les decía, y se inventaba algo para conseguir donaciones.

La vida en Cali fue soñada para los Reines, quienes encontraron la libertad que les fue esquiva en Rumania. Nunca se les ocurrió volver, no creían que hubiera algo para ellos en esa tierra que los rechazó, a pesar de los buenos recuerdos que tenían de su niñez. La madre de Cilli vivió hasta los 100 años en Cali y alcanzó a disfrutar con David casi hasta sus bodas de diamante. Hoy los hijos, nietos y bisnietos están en EE. UU. e Israel, pero la visitan cuando pueden.

Setenta años después, con 94 años, Cilli sigue entera y disfrutando la vida. Hoy vive en Beit Avot, “la casa de los abuelos” en hebreo, hogar geriátrico en Bogotá donde asegura que está “gozando su segunda juventud”. Sigue convencida de que está para aceptar sin renegarse porque al final “el tiempo decide”. Sin embargo, no fue sólo el tiempo sino ella con su valentía quien decidió no dejarse vencer y nunca renunciar a los suyos y sus convicciones. Atrás quedaron los días grises, cuando lo mejor que podía pasar era que murieran menos de 15 personas. Como ella dice, “después de tantos años, tengo derecho a olvidar un poco”.
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