Jueves, 27 de noviembre de 2014

| 2013/05/05 17:00

Horror en la casa de las esclavas sexuales

Durante diez años, Ariel Castro mantuvo en su vivienda como esclavas sexuales a tres jóvenes de Cleveland. Mientras se resuelven los muchos interrogantes del caso, el hombre podría ser sentenciado a muerte.

Amanda Berry (centro) y su hija de 6 años lograron salir de la casa con la ayuda de sus vecinos. La Policía detuvo a dos hermanos de Ariel Castro, pero la Fiscalía determinó que no sabían del secuestro. La Justicia le exigió al hombre una fianza de 8 millones de dólares. Foto: AFP / AP

Era un vecino amable y tranquilo. Quienes alguna vez cruzaron palabra con él dicen que le gustaba hacer barbacoas y tocar el bajo en grupos de música latina. Pero detrás de esa aparente vida normal, Ariel Castro guardaba un secreto macabro: durante diez años mantuvo a tres jóvenes y a la hija de una de ellas encerradas en su casa de Cleveland, Ohio, sin que nadie lo sospechara. 

Allí las sometió a repetidos maltratos y abusos sexuales que terminaron el lunes pasado poco antes de las seis de la tarde. El hombre de 52 años fue acusado de secuestro y violación, delitos por los que podría ser sentenciado a pena de muerte. 

Aunque todavía no se sabe exactamente qué ocurrió en la vivienda, han salido a la luz algunos detalles de lo que Michelle Knight, Gina DeJesus, Amanda Berry y su hija de 6 años tuvieron que soportar. La Policía encontró las cuerdas y las cadenas que Castro supuestamente usaba para mantenerlas atadas y evitar que escaparan.

Las tres vivían en habitaciones separadas, pero sabían de la existencia de las otras, pues su captor las dejaba salir al garaje de vez en cuando. Además, se cree que sufrieron varios abortos provocados por los golpes del hombre de origen puertorriqueño. La hija de Amanda fue la única que sobrevivió y, según el periódico local Cleveland Plain Dealer, nació en una piscina inflable instalada en la sala de la casa. 

Las mujeres se libraron de ese infierno en mayo pasado gracias a los gritos desesperados de Amanda. Unos vecinos la escucharon y de inmediato corrieron a ver qué pasaba. “La puerta estaba enganchada con una cadena, así que tuve que romperla a patadas”, relató a SEMANA el dominicano Ángel Cordero, quien vive en el barrio desde hace ocho años. Entonces, otra vecina le prestó un teléfono a la joven para que llamara al 911: “Soy Amanda Berry. Fui secuestrada y llevo desaparecida los últimos diez años. Estoy aquí y estoy libre”, le dijo a la operadora. A los cinco minutos llegaron 13 patrullas de la Policía. 

Había terminado el calvario que empezó el 22 de agosto de 2002 cuando Castro secuestró a Michelle, entonces de 21 años. Su caso es el que más dudas genera, pues pese a que la familia asegura haber reportado su desaparición, ni su nombre ni su foto figuran en las bases de datos del FBI. Al parecer, las autoridades pronto abandonaron su búsqueda porque concluyeron que la joven no tenía una buena relación con su madre y que lo más seguro era que se hubiera escapado de la casa. 

Menos de un año después, el 21 de abril de 2003, el hombre convenció a Amanda de llevarla a su casa después de que esta salió de trabajar de Burger King. Para lograrlo le dijo que su hijo también era mesero en ese restaurante, la chica de 16 años le creyó y subió al carro. El 2 de abril de 2004, volvió a usar la misma estrategia con Gina, una adolescente de 14 que acababa de salir del colegio. Todo indica que la niña conocía a Castro, pues era amiga de una de sus hijas, Arlene, y por eso aceptó abordar el auto. La única relación entre las tres víctimas es que fueron vistas por última vez en la misma calle, la avenida Lorain.

Castro fue largamente interrogado por la Fiscalía, pero aún no se sabe por qué las escogió precisamente a ellas para su siniestro plan. Por ahora los investigadores solo han revelado una nota que el acusado escribió hace varios años en la que da pistas sobre sus aberraciones. En ella dice ser un adicto sexual porque fue abusado en la infancia y culpa a las jovencitas de su destino por haberse dejado engañar Además han surgido pormenores de su pasado que reflejan su irascibilidad. 

En 1993 fue arrestado por violencia doméstica y en 2005 casi mata a golpes a su exesposa. Los informes demuestran que tampoco era un empleado ejemplar, pues mientras trabajaba como conductor de bus escolar, una vez olvidó a un niño en el vehículo y unos oficiales fueron a su casa a averiguar qué había pasado, aunque, extrañamente, no detectaron nada inusual. En 2009 ocurrió otro incidente parecido y, a finales del año pasado, finalmente lo despidieron. 

Aunque la mayoría coincide en que Castro parecía un tipo común y corriente, los vecinos dicen que nunca dejaba que nadie se acercara demasiado a la casa que compró hace 20 años. Incluso uno asegura haber visto a una mujer desnuda en el jardín, mientras que otro cuenta que a veces veía al hombre paseando con una niña que, según él, era la hija de su novia. Pero esos indicios jamás alertaron a los residentes de las monstruosidades que sucedían en la casa del 2207 de la avenida Seymour. 

Lo peor es que las autoridades ya están revisando otra de sus propiedades porque creen que el puertorriqueño podría estar relacionado con la desaparición de Ashley Summers, una joven de la que no se tiene noticia desde 2007. La historia apenas está comenzando y durante las próximas semanas seguramente se sabrá cómo logró que nadie notara la existencia de la casa del horror. 

Las otras sobrevivientes 

El caso de Cleveland ha hecho recordar las historias de otras mujeres que lograron escapar del infierno tras años de secuestro. 

El monstruo de Amstetten

El austríaco Josef Fritzl empezó a abusar de su hija Elisabeth a los 11 años. En 1984, cuando cumplió 18, la encerró en una especie de búnker que construyó en el sótano de su residencia, adonde todas las noches entraba para violarla. Como su esposa pronto reportó la desaparición a la Policía, Josef obligó a la joven a escribir una carta en la que explicaba que se había unido a una secta religiosa y que por eso no volvería.

Elisabeth quedó embarazada en siete ocasiones y calcula que su padre la violó unas 3.000 veces durante los 24 años que vivió encerrada en su propia casa sin que nadie, ni siquiera su mamá, lo sospechara. La pesadilla terminó en 2008 cuando su hija mayor enfermó gravemente y Fritzl tuvo que llevarla al hospital. Hoy el monstruo de Amstetten cumple cadena perpetua. 

Lavador de cerebro

El martirio de Natascha Kampusch comenzó en 1998, cuando Wolfgang Priklopil, un técnico de telecomunicaciones, la secuestró mientras caminaba hacia el colegio en su natal Viena. Aunque al principio las autoridades pensaron que la niña de 10 años estaba muerta, en realidad se encontraba en un pueblo a solo 16 kilómetros de la capital. Los primeros meses su captor la mantuvo vigilada en el sótano y con el tiempo le permitió entrar a la vivienda para ocuparse de las labores domésticas. 

Durante ocho años, el hombre no solo la maltrató físicamente, sino que también le lavó el cerebro con ideas como que sus papás ya no la querían o que su nombre verdadero era Bibiana. Sin embargo, la estrategia no le funcionó y el 23 de agosto de 2006 la joven escapó y pocas horas después Wolfgang se suicidó tirándose bajo las ruedas de un tren. 

Hijas del terror

Durante 18 años Jaycee Lee Dugard vivió en un campamento instalado en un patio de Antioch, California, sin que nadie lo notara. El 10 de junio de 1991, Phillip Garrido, un fanático religioso con antecedentes de abuso sexual, la secuestró en la parada del bus escolar. Con la ayuda de su esposa, el hombre mantuvo escondida a la niña de 11 años en un lugar que ni siquiera los policías notaron cuando visitaron la vivienda, pues Garrido estaba en libertad condicional por violar a dos mujeres en 1970. 

Las autoridades solo empezaron a sospechar  el día que lo pillaron en la calle repartiendo volantes de un evento religioso junto a dos niñas que jamás habían visto. Pronto se supo que las pequeñas eran fruto de sus abusos contra Dugard. Garrido fue sentenciado a cadena perpetua y su mujer a 36 años de cárcel.

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