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| 12/26/2014 5:00:00 PM

El libro que recorre la vida de James Rodríguez

Nelson Fredy Padilla Castro recopila los mejores momentos del astro colombiano.

James Rodríguez acarició el cielo. El futbolista colombiano cerró un año fantástico después de brillar en el Mundial de Brasil 2014 en donde obtuvo el título de goleador y marcó el gol más bello. Ahora se consagró mundialmente con el Real Madrid.

Es mucho lo que hasta ahora se ha dicho de uno de los personajes que marcó la historia del 2014. Sin embargo, un reciente libro publicado por la editorial Aguilar retrata la historia del futbolista y hace una radiografía de una generación que hizo soñar al país en el mundial 2014.

El periodista Nelson Fredy Padilla, editor dominical de El Espectador, recorre en su obra los pasos y los mejores momentos por los que ha pasado el jugador colombiano.

Este es un fragmento del capítulo 11 del libro.

Banfield y “el síndrome”

En Banfield a James Rodríguez lo recuerdan entre una lista de héroes locales que incluye a Julio Cortázar. Puede parecer un despropósito, pero es la realidad histórica de este suburbio del sur bonaerense, que todavía conserva el importado aire británico del siglo xix. Un mural en el andén de la estación del ferrocarril y una placa en la casa donde vivió en la calle Rodríguez Peña recuerdan la niñez y la adolescencia del inmortal autor de Rayuela, la novela inspirada en la golosa que jugó en estas calles empedradas que desembocan en la plaza central, rebautizada en el 2009 como Plaza del Campeón.

Hay un monumento en honor del equipo que después de 113 años de desdichas y dichas efímeras ganó la liga profesional del fútbol de Argentina, y cuyo nombre viene del primer gerente del Gran Ferrocarril Sud, Edward Banfield. A petición de la fanaticada, en una especie de paseo de la fama al estilo Hollywood, los jugadores dejaron grabada en el piso una huella en concreto conservada dentro de una estrella verde. James inmortalizó la zurda sobre la que los niños se paran para sentir que pueden dar pasos hacia la grandeza. Un lujo que no se dio ni Javier «El Pupi» Zanetti, uno de los banfileños más famosos. El nombre del colombiano está grabado en relieve plateado y es valorado por hinchas como Cristina Quiroga y sus nietos, hasta el punto de dejar constancia en cartas y fotografías de que lo vieron jugar.

Esos documentos los guardaron para la posteridad en un cofre llamado «El Tesoro de Banfield», enterrado en el 2010 y que será abierto en el 2060, «para que las próximas generaciones no olviden a los pibes que nos dieron el máximo orgullo». ¿Y Cortázar? «Otro grande, pero “el Taladro” es el alma». Desde 1941 el diario El Pampero bautizó así al equipo por agujerear o taladrar el arco de sus rivales. Sin duda, a este vecindario lo mueve el fútbol más que la literatura, aunque las hormigas negras de Banfield, protagonistas del cuento Los venenos, se resisten y siguen abriendo caminos subterráneos incluso hasta el «Lencho», el estadio rectangular construido en los años 40 en homenaje al presidente de la institución, Florencio Sola, al lado de la calle Arenales. En los años cincuenta aquí se hizo grande el verdiblanco entre los equipos chicos argentinos, al lograr un récord de 49 partidos invicto, aunque perdió la final de 1951 contra Racing. Si en Argentina hay un club que represente los vaivenes de la vida es Banfield: descensos, ascensos, frustraciones, ilusiones.

A este ambiente llegó James con apenas 16 años y medio de edad, ansioso y temeroso, sin la «invulnerabilidad de jugador de fútbol» descrita en Deshoras, a jugar en el jardín de Cortázar, vestido de verde, con la sensibilidad y el idealismo de un cronopio y la rigidez de un fama. Era la primera vez que dejaba a su familia, a sus amigos, a su novia Mónica, a su mascota Beethoven, el Play Station. Hasta ese momento la mayor independencia que ostentaba era comprar su propia ropa con el millón de pesos colombianos que le pagaba el Envigado.

Silvio Sandri se había comprometido con Pilar y Juan Carlos a cuidarlo como a un hijo; después de todo, era la apuesta más arriesgada y a la que más le tenía fe en su vida como empresario del fútbol. Fue por él al aeropuerto de Ezeiza y lo acomodó en su casa durante un mes. Le cedió el cuarto de su hija pequeña mientras le conseguía apartamento en el sector de Monte Grande. Desde el primer día el impacto fue grande porque llegó feliz a entrenar pensando que, con las referencias que había mostrado y le habían reconocido, iba a estar disponible para pelear un puesto con el primer equipo. Se encontró con una orden para entrenar con los chicos de la cuarta división. Apenas pudo llamó a Sandri para preguntarle si se trataba de una confusión. No. Los directivos de Banfield lo dejaban a prueba para llevarlo hacia arriba y de a pocos desde las inferiores.

Quedó bajo órdenes del mandamás de las reservas, Raúl Wensel, quien desde el primer día lo trató con dureza, llamándolo despectivamente «colombiano», y lo sometió a un régimen que lo doblegó a nivel físico. En lo psicológico lo ponía a jugar en los partidos y antes de completarlos lo relevaba. Ante la protesta, a Sandri le explicaron que necesitaba mucho trabajo porque era lento en reacción, en parte por ser pequeño y culón («petiso y retacón» decían en el porteño dialecto lunfardo) y falto de contextura superior. Había comentarios de que el club se había enloquecido al comprar un «pibe» tan joven. Entró en crisis y empezó a llamar a Colombia llorando. Al otro lado de la línea encontraba consuelo y la misma exigencia de siempre: «No se dé por vencido o lo pierde todo».

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