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| 7/16/2011 12:00:00 AM

Jaque al rey

La increíble historia de cómo Rupert Murdoch construyó el imperio de comunicaciones más poderoso del planeta, el cual está tambaleando ahora por el escándalo de las 'chuzadas'.

Cuando se estrenó la película Titanic, producida por los estudios Fox, se vio una famosa escena en la que el personaje de Leonardo DiCaprio se encaramaba en la proa del transatlántico y, mirando el horizonte, levantaba los brazos y gritaba, delirante de entusiasmo: "¡Soy el rey del mundo!". La cinta no solo había roto todos los récords históricos de taquilla, sino que también había acumulado once Premios Óscar. Muchos interpretaron la escena de DiCaprio como un mensaje subliminal de lo que tenía que estar sintiendo Rupert Murdoch, el dueño de los estudios Fox. Y no se equivocaban. Pues en ese momento, el controvertido magnate había logrado convertirse efectivamente en el rey del mundo.

En medio siglo había pasado de ser el propietario de un pequeño periódico provinciano en su natal Australia a ser el hombre más poderoso del planeta en medios de comunicación. Sin embargo, en un giro del destino digno de una de las películas de Hollywood que él produce, su prestigio se vino abajo y su imperio tambalea como consecuencia del escándalo de las 'chuzadas' de su periódico News of the World. La revelación de que ese diario había interceptado ilegalmente los teléfonos de cuatro mil personas tiene conmocionado al mundo. Resulta increíble que los directivos del dominical de mayor circulación de Europa se hayan atrevido a grabar no solo a la familia real, sino a un primer ministro como Gordon Brown y al director de Scotland Yard.

La mayor indignación no provino del hecho de que News of the World hubiera 'chuzado' a los poderosos. Más rechazo generó que también se hubiera metido en los celulares de los familiares de los soldados muertos en Afganistán para publicar chivas de sus dramas. Pero sin duda alguna, lo que rebosó la copa fue el caso de Milly Dowler, la niña inglesa de 13 años. Había desaparecido sin explicación, y durante los cinco meses que duró su búsqueda el único indicio de que estaba viva era que el buzón de su celular se llenaba y volvía a desocuparse. Eso les creó a los papás la falsa esperanza de que no había muerto. Cuando apareció su cadáver y se reveló que los movimientos del buzón eran ocasionados por un hacker contratado por News of the World, Inglaterra entera se rebeló contra Murdoch y su conglomerado, News Corp.

Al cierre de esta edición, el escándalo se estaba propagando a los Estados Unidos y a los otros países donde ese gigante de las comunicaciones tiene presencia. El tema obligatorio en todos los salones del poder de las grandes capitales era: ¿sobrevivirán el imperio y la dinastía de Rupert Murdoch?  

Esa pregunta era impensable hace apenas un mes. El magnate australiano era comparado con el Ciudadano Kane, el megalómano y poderoso dueño de un imperio de comunicaciones inmortalizado en la clásica película de Orson Welles. Al igual que Kane, Murdoch había comenzado, apenas pasados los 20 años, con un modesto periódico en una ciudad pequeña. En su caso se trataba de The News, en Adelaida, ciudad sureña de Australia. Su padre era un reportero que obtuvo el título de caballero por cuenta de su prestigio como periodista. Murió joven y la incipiente empresa familiar cayó en las manos de su único hijo, recién graduado de la Universidad de Oxford. En poco tiempo, el joven Rupert pasó de Adelaida a convertirse en el barón de los medios de comunicación en su país. Terminó siendo dueño de los principales diarios, como el Sydney Daily Mirror, The Australian y Daily Telegraph.

No contento con ser el zar de los medios en Australia, dio el salto al Reino Unido. Su estrategia era revolucionar el mundo de la prensa amarilla, para lo cual compró el antiguo tabloide News of the World en 1968. Con las mangas arremangadas y untado de tinta, demostró rápidamente que era un genio del periodismo sensacionalista. El más famoso de sus titulares es todavía estudiado en las cátedras de periodismo: "Headless body in topless bar", haciendo referencia a una mujer que había aparecido decapitada en un bar de striptease. Poco tiempo después adquirió The Sun, otro tabloide en decadencia que velozmente volvió a sus días de gloria. Esos dos periódicos se volvieron los más leídos de Inglaterra, con tirajes de alrededor de tres millones de ejemplares.

Millonario y con reputación de amarillista, Murdoch decidió limpiar su nombre comprando el más respetado y prestigioso periódico del mundo anglosajón: The Times y su complemento dominical, The Sunday Times. Esos medios daban pérdidas y se pensaba que iban a tener que cerrar. La compra de Murdoch fue percibida inicialmente como una amenaza a esa tradición de seriedad. Pero él demostró con el tiempo que estaba dispuesto a mantenerlos sin ganar dinero y respetando un cierto nivel de independencia editorial. Hoy, treinta años después, The Sunday Times es rentable mientras que The Times pierde varios millones de libras cada año. Los periódicos de Murdoch representan casi el 40 por ciento de la circulación total de Gran Bretaña, el país con mayor lectura de medios escritos en el mundo. Sumado lo anterior a sus múltiples revistas, el audaz empresario, antes de cumplir 50 años, se había convertido en la mayor fuerza mediática en Australia y el Reino Unido.

Aun con estas credenciales, la dimensión del mercado norteamericano intimidaba a cualquier extranjero. Murdoch, sin embargo, dejó claro que a él nada lo asustaba y que su intención era conquistarlo. Sus pretensiones, inicialmente, fueron descartadas o ridiculizadas, pero en poco tiempo tuvieron que ser tomadas en serio. Comenzó con la prensa escrita. De periódicos regionales poco importantes, como el San Antonio Express-News, y pasquines sensacionalistas, como el Star, pasó a adquirir símbolos del establecimiento, como el tabloide New York Post y el grupo de revistas New York Magazine Co. Más adelante también incursionaría en el negocio de los libros al comprar la editorial HarperCollins. Esa carrera de adquisiciones llamó tanto la atención que en 1977 la revista Time le dedicó su portada a Murdoch retratándolo como si fuera el famoso gorila King Kong escalando el Empire State. La alusión no podía ser más directa: un salvaje de otro continente estaba creando pánico en los centros del poder de Estados Unidos.

Lo que nadie anticipaba es que el gorila iba a llegar mucho más lejos. Su próxima meta era crear un cuarto canal de televisión abierta. Si el mundo de la prensa escrita parecía difícil de conquistar, el de la televisión parecía imposible. Durante casi medio siglo, las tres cadenas tradicionales CBS, NBC y ABC? constituían un exclusivo club que no aceptaba más socios. Ante la ventaja que tenían, nadie creía posible armar la red de estaciones de televisión necesaria para competirles. En Estados Unidos salen de cuando en cuando a la venta unas pocas estaciones, pero obtener un cubrimiento nacional requería tener presencia prácticamente en todos los estados de la unión y aparentemente no había chequera que pudiera financiar esa hazaña. Murdoch, pagando precios astronómicos, logró armar su telaraña y puso en pie una estructura de transmisión continental que podía llegarle a todo el país.

Faltaban todavía la marca y el producto. Solucionó esto al comprar el legendario y decadente estudio de cine 20th Century Fox por 575 millones de dólares al petrolero Marvin Davis. Con el archivo de medio siglo de películas y las facilidades para producir series de televisión, nació el canal Fox. En medio del escepticismo general, nombró presidente a Barry Diller, veterano de la Paramount Pictures. Contra todos los pronósticos, el canal se volvió una realidad y hoy compite hombro a hombro con los tres grandes. Casi treinta años después, Fox encabeza con frecuencia la sintonía y ha producido fenómenos como American Idol, el programa más exitoso de los Estados Unidos en la última década.

Al lado de este milagro revivió el estudio de cine, que estaba de capa caída. La 20th Century Fox, desde que pertenece a News Corp., ha producido, entre muchos éxitos de la pantalla grande, Titanic y Avatar, las dos películas más taquilleras de la historia. Murdoch, un verdadero jugador de póquer, invirtió 200 millones de dólares en la tragedia del transatlántico cuando esa cifra era impensable como presupuesto cinematográfico. El recaudo obtenido en todo el mundo fue de 2.000 millones de dólares. Y la apuesta de Avatar no solo era arriesgada, sino casi suicida. Su presupuesto llegó a 500 millones de dólares y el experimento de la tercera dimensión con anteojos de cartón era un albur enorme. Sorprendentemente, no solo se recuperó la inversión, sino que superó a Titanic en más de un 50 por ciento en el recaudo.

El siguiente paso después de la televisión abierta tenía que ser el cable. Cuando se daba por hecho que CNN era una fortaleza inderrotable como canal líder en noticias por suscripción, el magnate australiano creó Fox News. Al igual que con los periódicos y el canal de televisión abierta, inicialmente fue considerado un loco. Su estrategia consistía en enfrentar la neutralidad ideológica y el cubrimiento mundial de CNN con programas de opinión de extrema derecha dirigidos exclusivamente a la teleaudiencia norteamericana. Esa apuesta tuvo un resultado espectacular. Fox News liquidó a CNN, y sus profetas de la derecha, como Bill O'Reilly y Sean Hannity, acabaron duplicando en sintonía a Larry King, a Anderson Cooper y al resto del equipo que había creado Ted Turner. El académico cubrimiento de CNN de Asia, África y otras regiones del mundo era mucho más serio pero menos jugoso que la catarata de exageraciones y hasta barbaridades de derecha de los opinadores de Murdoch.

Al igual que lo sucedido en Inglaterra, esos excesos periodísticos no dejaban por los cielos la reputación del dueño de News Corp. Para compensar ese problema de imagen y obtener respetabilidad, tocaba comprar algún medio que fuera considerado la joya de la Corona. Y en Estados Unidos solo había dos posibilidades: The New York Times o The Wall Street Journal. El primero no estaba a su alcance, porque los Ochs-Sulzberger todavía lo controlaban. El segundo, sin embargo, no tenía dueño, pues los Bancroft, la familia fundadora, estaba tan atomizada que su única vinculación con el diario era el cheque de los dividendos, los cuales disminuían cada año como consecuencia de las nuevas realidades que enfrenta la prensa escrita. Murdoch, viendo esa oportunidad, hizo una oferta a lo Vito Corleone, es decir, de las que no se pueden rechazar: 5.600 millones de dólares por el periódico cuando el precio en bolsa era exactamente la mitad. Después del rechazo inicial, sucedió lo de siempre: se salió con la suya. Hoy The Wall Street Journal es más rentable que The New York Times y lo tiene arrinconado en forma parecida a la del canal Fox con CNN.

Murdoch también ha sido pionero en hacer que los lectores paguen por el contenido de sus periódicos en internet. Hasta ahora ningún conglomerado de medios se había atrevido ante la expectativa de que los millones de personas que leen gratis el producto en la red algún día generarán un nivel de publicidad que compense la entrega de la información sin costo. Eso todavía no ha sucedido y News Corp. decidió no esperar más. Con la filosofía de que es mejor pájaro en mano que cien volando, a finales del año pasado todos los periódicos de ese conglomerado comenzaron a cobrar. La consecuencia de esa decisión ha sido que el 90 por ciento de los lectores ha migrado a medios gratuitos, pero el 10 por ciento está pagando. Solo el tiempo dirá si esa fórmula acabará siendo económicamente viable, pues en materia del futuro de la prensa nada está escrito.

Hace unos años, una película de James Bond fue titulada El mundo no basta. La trama era la de un magnate de las comunicaciones cuya ambición no tenia límites. Eso mismo le pasó a Murdoch. Después de controlar periódicos, revistas, libros, televisión y cable, le faltaba todavía la conquista del espacio y esto solo se podría a través del máximo instrumento de penetración planetaria: el satélite. En 1989 compró la operadora británica de televisión satelital Sky y luego convenció a su rival British Satellite Broadcasting de fusionarse. Entonces nació BSkyB, hoy la principal proveedora de televisión satelital paga en el Reino Unido y de la que News Corp. posee el 39 por ciento. La semana pasada, el gobierno británico tenía que aprobar la oferta de 12.000 millones de dólares que Murdoch había hecho por el 61 por ciento de las acciones restantes. El escándalo de las 'chuzadas' dio al traste con ese negocio y el empresario se vio obligado a retirar su propuesta.

Ese no ha sido el primer revés en la exitosa carrera empresarial del australiano. Aunque sus aciertos han sido muchos, ha habido uno que otro fracaso. El más caro ha sido la compra de la revista TV Guide en 1998 por la extravagante suma de 3.000 millones de dólares, en momentos en que la información sobre los programas de televisión pasaba a ser digital. La revista era la de mayor circulación en Estados Unidos, con 35 millones de ejemplares semanales. Hoy prácticamente no existe y Murdoch tuvo que venderla a un precio insignificante.

Otro gran fracaso fue la compra de Myspace, por 580 millones de dólares, en 2005. Como en ese momento era la red social pionera y la de mayor número de afiliados, ese precio parecía un regalo para lo que se anticipaba iba a ser el gran negocio del siglo XXI. Sin embargo, ese liderazgo se perdió cuando inesperadamente apareció una pequeña red social universitaria llamada Facebook. El resto es historia. Facebook pulverizó a Myspace y el potencial de esta prácticamente desapareció. Hace un mes, la red fue vendida a un grupo de inversionistas encabezados por el cantante Justin Timberlake por 35 millones de dólares. Simultáneamente, la revista Bloomberg Businessweek calculó que el valor de Facebook, si sale a la bolsa, se acercaría a los 100.000 millones de dólares, cifra que triplicaría el valor total del imperio de Rupert Murdoch.

Algunos otros negocios no han sido fracasos catastróficos, pero sí se han quedado cortos frente a las expectativas. Hace dos años, Murdoch lanzó el canal por cable Fox Business, el cual se suponía iba a superar a CNBC, el líder de las noticias de negocios. Eso no sucedió y hoy Fox Business sobrevive, pero definitivamente no reina. Algo parecido sucedió con su periódico para iPad The Daily, el cual fue lanzado con bombos y platillos el año pasado como muestra del periodismo del futuro. Ese experimento no ha cuajado y The Daily no solo no ha tenido mayor acogida, sino que está perdiendo millones de dólares.

En todo caso, con sus muchos triunfos y pocos fracasos, Rupert Murdoch era el personaje al cual todo aquel con aspiraciones políticas quería acercarse. Parlamentarios, primeros ministros y presidentes hacían cola para quedar al lado de él en una foto. Un apoyo editorial de su parte podía representar la diferencia entre una derrota y un triunfo. Margaret Thatcher, quien durante toda su carrera fue consentida por sus medios, pasaba las navidades con él y, para no ir más lejos, Murdoch fue uno de los primeros visitantes que David Cameron recibió en el número 10 de Downing Street tan pronto resultó elegido primer ministro.

Sin embargo, como decía Lord Acton, el poder corrompe y el poder absoluto corrompe absolutamente. Murdoch no podía ser ajeno a esa debilidad humana. A pesar de que News Corp. era una empresa en bolsa, la manejaba como su finca de recreo. Su sueño era que su sucesor fuera uno de sus hijos, lo cual en el mundo corporativo es considerado un acto de nepotismo inaceptable. En su condición de accionista mayoritario tenía la posibilidad de hacerlo, pero cada vez más bloques de accionistas minoritarios protestaban contra ese manejo familiar. No menos intensas fueron las críticas cuando le compró a su hija Elisabeth, por 467 millones de dólares, una productora de televisión que ella había creado. El propósito de la adquisición era convencerla de ingresar a la nómina de la empresa. A los accionistas este acto de amor paternal les pareció muy caro.

Y como sucede en todo imperio, tenía que haber conflictos dinásticos. Murdoch, en 1967, había dejado a su primera esposa, Patricia Booker, para casarse con la periodista Anna Torv. Casi cinco décadas después, ya bordeando los 70 años y con cuatro hijos adultos, se enloqueció por una empleada china de su organización que le servía de intérprete en sus intentos de conquistar el mercado de ese país. Con un aspecto rejuvenecido en el gimnasio, el pelo teñido y buzos negros, diecisiete días después de divorciarse de Anna,  se casó con Wendi Deng, 38 años menos que él, con quien hoy tiene dos niñas de 8 y 9 años.

Su divorcio, que se convirtió en la comidilla de los tabloides anglosajones, fue uno de los más caros de la historia. Se rumora que su hoy exesposa se fue con mil millones de dólares, pero ese no fue el elemento que más interesó durante el proceso. Ella exigió, para no reclamar más plata, que le dieran una garantía de que sus hijos tendrían el control del conglomerado después de la muerte del padre. Esa condición fue aceptada por Murdoch antes del nacimiento de su nueva familia, pero tan pronto las niñas fueron creciendo comenzó a arrepentirse. A los 80 años, los hombres se enternecen más con las hijas de 8 que con los hijos cincuentones. Murdoch, por lo tanto, decidió romper el acuerdo al cual se había llegado durante el divorcio. El arreglo final es secreto y lo único que se sabe es que los seis mil millones de dólares de la herencia serán repartidos en partes iguales entre los seis hijos. El aspecto del control del imperio quedó con cláusula de confidencialidad y se mantiene la expectativa de quién manejará News Corp. en el futuro.

En todo caso, lo que es un hecho es que ese futuro nunca ha sido más incierto que hoy. La prensa amarilla que hizo de Rupert Murdoch el rey del mundo acabó convirtiéndolo en el paria número uno del establecimiento. Los abusos de News of the World con las 'chuzadas' son el mayor escándalo de las últimas décadas en los medios de comunicación. Ante la decisión de los anunciantes de no volver a pautar en ese medio, el dueño no tuvo más alternativa que cerrarlo. Quienes lo conocen ven en esa decisión una trampita. Resulta que como él también es dueño de The Sun, que tiene la misma circulación de News of the World, pero se edita solo de lunes a sábado, se anticipa que la desaparición del polémico tabloide va a traducirse en el lanzamiento del nuevo dominical sensacionalista Sun on Sunday.

Con trampa o sin trampa, el cierre de News of the World no enderezó su reputación y en este momento el Parlamento inglés, el Congreso de Estados Unidos, Scotland Yard y el FBI lo están investigando. Los políticos, que durante décadas le habían tenido un temor reverencial, compiten hoy por ver cuál lo critica o lo insulta con más ferocidad. El propio Cameron le dio la espalda al exigirle que renunciara a la compra del resto de las acciones que le faltaban para ganar el control absoluto de BSkyB. Hoy parece que nadie quiere al Ciudadano Kane del siglo XXI.

La impopularidad del magnate, sin embargo, puede acabar siendo el menor de sus problemas. En la medida que uno a uno de los eslabones de la cadena de las 'chuzadas' va acabando en la cárcel, la marea sube y cada vez se acerca un poco más al dueño. Por ahora ya han sido detenidos nueve sospechosos, incluido Andy Coulson, el exjefe de prensa de Cameron que había estado a cargo de News of the World entre 2003 y 2007. El viernes pasado también cayeron los dos más altos funcionarios del grupo de Murdoch. Rebekah Brooks, la directora del tabloide cuando esos delitos sucedieron. Y Les Hinton, el director de The Wall Street Journal, quien siempre ha sido considerado la mano derecha del jefe. Por ahora se sabe que una comisión de la Cámara de los Comunes ya citó a Brooks a interrogatorio y detrás de ella vendrán James Murdoch, el hijo que es subdirector operativo de la compañía, y posteriormente tendrá que testificar el emperador mismo. El propósito de esas citaciones es establecer quién sabía de las 'chuzadas' y cuándo lo supo. La posición de Murdoch es que él estaba en la cúspide de la pirámide y no podía estar informado ni ser responsable de todos los detalles de la carpintería de cada uno de los tentáculos de su organización. En otras palabras, que si sucedió algo ilegal, fue a sus espaldas.

Esa coartada no convence a todo el mundo. 'Chuzar' a cuatro mil personas y sobornar policías es algo que ningún periodista o director de medio haría sin contar con la autorización de sus superiores. Para comenzar se requieren aprobaciones presupuestales de marca mayor y mecanismos para esconderlas en la contabilidad. Por eso, el gran interrogante en el mundo de los medios en la actualidad es hasta dónde llegará la responsabilidad penal en este escándalo. Y algunos están comenzando a especular algo que nunca se pensó pudiera ser especulable: ¿podrá haber cárcel para Rupert Murdoch?

Ese escenario todavía es muy remoto, pero no imposible. Cuando la justicia negocie rebajas de penas con sus subalternos detenidos, estos tendrán la disyuntiva entre la lealtad y una condena menor. Y es ahí cuando se sabrá la verdad de las cosas. Además, la polémica ya cruzó el Atlántico, pues el FBI abrió una investigación contra la compañía para averiguar si los diarios estadounidenses propiedad de Murdoch usaron los mismos métodos que en el Reino Unido para interceptar las conversaciones telefónicas de los familiares de las víctimas del 11 de septiembre.

Lo que nadie discute es que si bien la cabeza del grupo pudo no haber dado la orden directamente, es innegable que su trayectoria como el rey de la prensa amarilla creó la cultura corporativa que desembocó en esos excesos. Desde que el escándalo estalló, el valor de las acciones de News Corp. ha caído cerca del 15 por ciento. Esto le representa al mayor accionista del grupo una pérdida no inferior a los mil millones de dólares. Aunque no está todavía en la calle, su desprestigio y su edad hacen pensar a muchos que está arrinconado y que el imperio está en peligro. Sin embargo, puede ser prematuro enterrar a este aventurero australiano que ha dado tanta lata durante medio siglo. Muchas veces ha estado al borde del precipicio, pero nunca ha caído. El viejo zorro ya ha demostrado que tiene mucho más de siete vidas.
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