Viernes, 31 de octubre de 2014

| 2013/02/16 20:00

Judíos narran el holocausto

Por primera vez un libro reúne las historias de los judíos que lograron huir de los horrores de la Segunda Guerra Mundial y encontraron en Colombia una nueva oportunidad.

Anamaría Vajda Goldstein escribió un libro en homenaje a su familia titulado ‘Anyu’, que en húngaro significa mamá. Según ella, es necesario contar lo que pasó para que sus nietos conozcan su origen. Foto: Daniel Reina Romero / Semana

Convencerlos no fue nada fácil. A Estela Goldstein e Hilda Demner les tomó varios años recoger los 21 testimonios que forman el libro Sobrevivientes del Holocausto que rehicieron su vida en Colombia. Para la mayoría recordar seguía siendo muy doloroso y algunos ni siquiera se habían atrevido a hablar del tema hasta ahora. Por eso, al principio la idea era solo grabar las entrevistas en video para que las familias de las víctimas conocieran sus historias, pero con el tiempo las investigadoras se dieron cuenta de que ese material debía ser publicado. El texto final está basado en los relatos de primera mano de los judíos que se establecieron en el país durante y después de la Segunda Guerra Mundial, en testimonios de sus hijos y en diarios donde quedaron registrados los horrores de la época.

Aunque les costó mucho trabajo recordar la Shoah (el término hebreo para al Holocausto) , creen que el esfuerzo valió la pena. Al fin y al cabo, decidieron romper su silencio para que, como dice el prólogo, “la humanidad conozca lo que sucedió, no lo niegue y no lo repita”. SEMANA habló con cuatro sobrevivientes que hicieron de Bogotá su hogar hace más de 70 años. 


Para no olvidar

Aunque Anamaría Vajda Goldstein solo tenía 2 años cuando los alemanes invadieron Hungría, conserva imágenes nítidas de la guerra. Después de que su papá cerró su bufete de abogados para irse a un campo de trabajo por orden de Adolf Eichmann, uno de los mayores criminales nazis, ella y su mamá tuvieron que vivir de escondite en escondite. Al principio los sótanos les sirvieron de refugio durante los bombardeos, pero al poco tiempo las obligaron a trasladarse a un gueto. Las condiciones de hacinamiento eran tan terribles que su madre consiguió la forma de huir a un edificio auspiciado por el diplomático sueco Raoul Wallenberg, famoso por salvar a miles de judíos húngaros. Sin embargo, allí la situación no era muy distinta, pues debían compartir una habitación con 20 personas. 

Entonces, consiguieron papeles falsos con la ayuda de la resistencia judía y una baronesa las dejó quedarse en su casa a cambio de dinero. Por fortuna, el padre de Anamaría quedó libre a los pocos meses. Mamá, papá e hija estaban juntos de nuevo. “En esa época no era suficiente tener valor; era necesario correr con suerte una y otra vez porque los peligros eran diarios”, dice. Después de que las tropas soviéticas ocuparon el país, regresaron a su casa donde vivieron hasta 1957. A lo largo de esos años, la joven se dedicó a pegar en los troncos de una enorme arboleda fotos de sus seres queridos desaparecidos. La búsqueda nunca dio resultado. “Alrededor de 100 de mis familiares fueron asesinados, la mayoría en las cámaras de gas en Auschwitz, algunos fusilados a la orilla del Danubio y otros murieron en los campos de trabajo”. 

Una tía que había huido a Colombia los convenció de venir. A su papá le dio duro el español y un año después regresó a Hungría. Su mamá lo siguió cinco años más tarde. Anamaría, en cambio, encontró el amor en Bogotá. Se casó con un polaco que vivía en la capital desde antes de la guerra, tuvo dos hijos y hoy es una feliz abuela. A sus nietos, Ethan y Tamara, les escribió un libro que cuenta la historia de su familia. “Aunque no estuve en los campos de exterminio, del millón y medio de judíos menores de 12 años que asesinaron, 190.000 eran húngaros. Yo soy una de los 7.712 que quedaron con vida. Por eso me considero una sobreviviente”. 

Romper el silencio

Después de que el polaco Sigmund Halstuch llegó a Bogotá en 1944, no quiso volver a hablar del Holocausto. En lugar de eso, estudió Comercio y viajó por el país. En uno de esos recorridos conoció a su esposa, Raquel, en una Feria de Cali. La vida le había dado una nueva oportunidad y él la supo aprovechar: tuvo tres hijos y más adelante nacieron ocho nietos. Con ninguno de ellos quiso hablar de su pasado hasta que hace unos años Estela lo animó a contar su historia por primera vez y él entendió que estaba obligado a hacerlo.

Recuerda que unos oficiales de la Gestapo se llevaron a su papá cuando él solo tenía 13 años. Al poco tiempo, su mamá, una abuela y una tía se mudaron a un gueto, donde había redadas diarias para llevarse a los judíos a los campos de concentración. En una ocasión, Sigmund se salvó porque su madre lo cubrió con trapos y leña en un armario. A un miembro de la Policía secreta le faltó levantar un costal para descubrirlo. “Fue un milagro”, dice. Su hermano no corrió con la misma suerte y lo enviaron a un campo de trabajo, donde enfermó y murió al poco tiempo.

No había mucha esperanza y por eso Sigmund y su mamá cargaban sobres con cianuro en polvo. “Ella intentó tomarlo, pero no la dejé. Yo quería que viviéramos”. Por fortuna, alguien les contó que un campesino estaba dispuesto a esconder judíos en su finca. Cuando llegaron allí, él mismo les construyó un pequeño refugio detrás de una pared falsa, donde el niño y su madre pasaron diez meses sin poder ponerse de pie. La comida era escasa y rara vez podían bañarse, pero a pesar de las incomodidades sobrevivieron. Cuando la guerra terminó, deambularon por varios lugares hasta que un tío radicado en Colombia les propuso que se vinieran en un barco de carga. Aunque el viaje fue una tortura, Sigmund no se arrepiente. Hoy dice que conoce el país mejor que cualquiera y está agradecido con los colombianos, no solo porque lo acogieron hace 70 años, sino porque le enseñaron a parrandear. 

Una larga travesía 

La alemana Inge Chaskel y la holandesa Bella Heller eran unas veinteañeras cuando estalló la guerra. Aunque vivieron los rigores del conflicto por separado, ambas se establecieron en Colombia. Inge nació en Stuttgart, donde se dedicó a salvar niños judíos en una sinagoga destruida después de la Noche de los Cristales. La estrategia consistía en llevarlos a escondidas a la estación central de Fráncfort para que alguien los acompañara hasta un puerto en Holanda y de allí salieran en barco hacia Inglaterra. El kindertransport, como se denominaba esta práctica, era muy peligroso y quien se ofrecía a cuidar a los pequeños sabía que posiblemente no regresaría. “Mi mamá estaba muy asustada, pero yo quería ayudar –explica–. Las despedidas eran muy duras porque los niños no tenían idea de que esa era la última vez que verían a sus padres”. 

Cuando la situación se puso más dura, Inge y su mamá empezaron a hacer trámites para irse a Estados Unidos, pero como los cupos eran tan limitados, aceptaron viajar a Cuba. Lo difícil no fue conseguir los tiquetes sino llegar a La Habana: el trayecto comprendió Liechtenstein, Suiza, Francia y España, donde finalmente tomaron el barco. De Cuba dieron el salto a Nueva York, donde la joven se enamoró de un alemán que vivía en Bogotá y se dedicaba a vender repuestos de carros en San Victorino. En 1947 llegó con él a Colombia.  

Para ese entonces, Bella Heller ya llevaba dos años en la capital. Su travesía había sido igual de compleja: después de vivir con su esposo austriaco en la clandestinidad en Ámsterdam, huyeron a pie a París. Recuerda que tuvieron que pasar por un burdel en Amberes, donde unas prostitutas les cobraron por esconderlos. Cuando llegaron a Francia recorrieron varios pueblos hasta que finalmente se instalaron en una aldea en Normandía. Como su marido hablaba alemán aceptó trabajar en una oficina de oficiales nazis. Nunca lo descubrieron y cuando la guerra terminó, la pareja regresó a Holanda.  

Todo estaba destruido, así que Bella no dudó en aceptar la invitación de sus suegros, quienes se habían radicado en Bogotá en 1939. “Mis papás y mis hermanas murieron en Auschwitz. Yo quedé sola y ellos se convirtieron en mi familia”, cuenta. Aunque al principio le costó trabajo aprender español, asegura que se sintió muy bien acogida. Por eso, entre lágrimas, dice: “Gracias, Colombia”.

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