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| 10/8/2011 12:00:00 AM

Juegos sexuales

Amanda Knox, la bella estudiante norteamericana que había sido condenada a 26 años de prisión en Italia por asesinar a su compañera de apartamento durante un ritual erótico, fue liberada en medio de dudas sobre su inocencia.

Cuando el juez leyó el veredicto con el que exoneró a Amanda Knox del asesinato de su compañera de apartamento Meredith Kercher, los gritos de desaprobación que se oyeron en la sala resonaron en el mundo entero. Pocos en Italia, país de los hechos, dudaban de que ella fuera la responsable del crimen que la tenía tras las rejas desde 2007. Pero ahora, la atractiva norteamericana quedaba libre para regresar a su país, convertida de asesina en mártir y dispuesta a hacerse millonaria con su historia.

Todo comenzó en el verano de 2007, cuando Knox viajó de Seattle, su ciudad natal, a Perugia, para aprender italiano y experimentar la cultura del Viejo Continente. Allí alquiló un cuarto en un apartamento que compartía con dos italianas y la inglesa Kercher, que también era una estudiante de intercambio. Tres meses después conoció a Raffaele Sollecito en un concierto de música clásica. El apuesto italiano vivía en el mismo edificio y pronto se convirtió en su pareja.

Entre clases de idiomas y una vida nocturna agitada, su estancia en la pequeña ciudad mediterránea transcurrió normalmente hasta la noche del primero de noviembre de 2007, cuando Knox pasó de ser una extranjera anónima a convertirse en el rostro señalado del brutal asesinato de Kercher.

Esa madrugada, su compañera de cuarto fue encontrada sin vida y cubierta con un edredón bañado en sangre. Su cuerpo semidesnudo estaba lleno de cortaduras superficiales efectuadas sistemáticamente. En total fueron 47 heridas de arma blanca, una de las cuales se excedió en profundidad en el cuello y le causó la muerte. La autopsia determinó que además había sido violada.

Aunque los asesinos intentaron simular un robo para despistar a los investigadores, todas las evidencias comenzaron a apuntar a la bella norteamericana y a su novio. La conducta errática de Knox no coincidía con el comportamiento de una persona que acababa de perder a una amiga cercana. Durante los interrogatorios se sentó en las piernas de Sollecito y lo besó apasionadamente; luego, se puso a hacer medialunas y piruetas en los corredores de la estación de Policía y, para completar, al marcharse, ella y su novio fueron a comprar ropa interior provocativa.

Durante las declaraciones, la situación de Knox tampoco mejoró y las contradicciones no se hicieron esperar. Para comenzar, testificó que cuando fue a tomar una ducha en su casa vio manchas de sangre en el piso que conducían a la alcoba de Meredith, pero que no le dio la mayor importancia como para entrar.

Inicialmente, Amanda aseguró que oyó gritar a Meredith desde la cocina e inculpó a Patrick Lumumba, el dueño del bar don-de ella trabajaba. Sin embargo, decenas de personas lo vieron atender a la hora del crimen, por lo que fue exonerado. Incluso, Lumumba demandó a Amanda por calumnia. Mientras tanto, la pareja seguía bajo el radar de las autoridades.

Knox logró que su primer testimonio fuera invalidado. Argumentó que había sido presionada por la Policía y que su precario italiano no le había permitido responder con claridad. En su segunda declaración cambió de versión y aseguró que la noche del crimen no estaba en su casa, sino en el apartamento de su novio.

Sollecito, que inicialmente la apoyó y afirmó que habían pasado la noche juntos, luego se retractó. Dijo que había estado con Amanda hasta la una de la madrugada, pero que después se durmió y no podía dar fe del paradero de ella. Tras estas declaraciones, Knox se quedó sin coartada.

Cuando el caso parecía inclinarse contra la pareja, apareció un tercer implicado: un expendedor de drogas originario de Costa de Marfil, Rudy Hermann Guede, relacionado con el crimen por un mensaje de texto en el que se citaba con Amanda en su casa.

Según Guede, ese día él sostuvo relaciones sexuales con la víctima, pero, después de su encuentro, un fuerte dolor de estómago lo obligó a entrar al baño. Al salir vio una silueta masculina que huía tras acuchillar a la inglesa y lo insultaba por su origen racial. En sus posteriores declaraciones, Guede dijo haber escuchado la voz de Amanda en el cuarto de al lado, pero que jamás la vio.

El jíbaro marfileño, que, según probaron los fiscales, fue quien violó a la víctima, recibió una condena de 30 años de cárcel por el crimen, pero en 2010 logró que se la redujeran a 16. Knox y Sollecito también fueron acusados por el asesinato y, en 2009, fueron condenados en primera instancia a 26 y 25 años de prisión, respectivamente.

Según el fallo, en una noche de alcohol y drogas, Meredith fue obligada a participar en un juego sexual sadomasoquista que fue demasiado lejos y terminó con su muerte. Knox habría sido la autora de la cuchillada mortal mientras Sollecito sujetaba a Meredith. La sentencia se basaba en que, según las primeras investigaciones de la Policía científica italiana, en el broche del brasier de Meredith había ADN de Sollecito. Otra prueba determinante fue el cuchillo identificado como el arma del delito, en el que se detectaron rastros de sangre de la británica y ADN de Amanda Knox.

En los medios de comunicación, que fascinados con la historia hicieron una especie de juicio paralelo, Amanda se llevó todo el protagonismo. La atractiva joven era considerada una fría asesina capaz de las peores atrocidades, como quebrantar la voluntad de cualquier hombre con sus encantos hasta llevarlo a cometer un asesinato, como en el caso del maleable Sollecito. La prensa británica la había declarado culpable por anticipado e incluso hacía pública su vida sexual y se burlaba de ella bajo el apodo de Foxy Knoxy.

Al otro lado del Atlántico, ante el desprestigio generalizado de Knox, sus padres contrataron una agencia publicitaria para ganarse el corazón de los norteamericanos y, de paso, la agenda de los políticos. Entre intervenciones casi diarias en la televisión, entrevistas en la prensa y avisos en páginas de internet, su familia gastó cerca de un millón de dólares. Fue tal el éxito del bombardeo mediático que sus padres fueron entrevistados por personajes de la talla de Oprah Winfrey. Fundaciones como Italy-US donaron importantes cantidades de dinero y hasta la secretaria de Estado, Hillary Clinton, llegó a interesarse por el caso. Estados Unidos terminó apostando por la inocencia de su compatriota, a quien veía como una mártir de la "incompetente" justicia italiana.

Tras pasar cuatro años en prisión y con un clima político más favorable, este año el caso dio un giro inesperado. Los abogados de Knox y Sollecito lograron, tras 12 horas de argumentación, que su sentencia fuera revocada en un tribunal de segunda instancia. Su estrategia consistió en sembrar una duda razonable en los jurados: tal vez Knox y Sollecito fueron víctimas de errores policiales.

Al revisar el caso, las muestras de ADN eran tan pequeñas que dos especialistas independientes de Perugia aseguraron que no se podía determinar con total certeza a quién pertenecían y que el cuchillo analizado no tenía rastros de la víctima. Entonces la defensa pidió la absolución de los acusados al considerar que no había móvil para el asesinato, pruebas contundentes de la presencia de los jóvenes en la escena del crimen, ni arma.

Amanda regresó a Seattle convertida en una celebridad y en la nueva heroína estadounidense. Mientras tanto, la justicia italiana todavía tiene dudas sobre su inocencia, pues el crimen no pudo haber sido cometido por una sola persona (Guede) y no existe ningún otro sospechoso. Si Knox y Sollecito no participaron, ¿entonces quién lo hizo? ¿qué sucedió aquella noche? Según el juez Claudio Pratillo Hellmann, que asesoró a quienes emitieron el fallo, solo Amanda y su novio saben la verdad de los hechos. "Ellos podrían ser los responsables, lo que sucede es que las pruebas no estaban allí".
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