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| 4/2/2011 12:00:00 AM

La bailarina eterna

Sonia Osorio, creadora del Ballet Nacional y musa de Alejandro Obregón, murió la semana pasada a los 83 años.

En la Casa del Ballet de Colombia no pararon de sonar los tambores que vinieron caminando desde el aeropuerto militar de Catam con el cuerpo quieto, por primera y última vez, de Sonia Osorio. La acompañaron como lo hicieron siempre hasta el día de su velorio, que fue toda una celebración. Murió el lunes pasado, en Cartagena, cuatro días después del fallecimiento de Gloria Valencia de Castaño, con lo cual Colombia perdió casi simultáneamente a dos de las mujeres más importantes de la segunda mitad del siglo XX.

Recordada por su alegría, su creatividad y su disciplina, Sonia fundó la primera compañía profesional de ballet del país, donde creó novedosas coreografías para pasillos, cumbias, bambucos y otros ritmos típicos, que presentó durante cinco décadas en París, Nueva York, Moscú, Tel Aviv, Montecarlo... Era tan famosa, que Grace Kelly, los reyes de Jordania, Roman Polanski y millones de espectadores más se pusieron de pie más de una vez. En sus visitas a Oriente, chinos y japoneses saltaban de pronto de sus asientos al escuchar su música, contagiados por su son y su ritmo.

"Estaba pendiente hasta del detalle más insignificante -dijo a SEMANA Juan Carlos Calvo, quien lleva 17 años como bailarín del Ballet-. Hacía la coreografía, el vestuario, los arreglos musicales, la escenografía... Y eso se veía reflejado en que siempre ocupábamos el primer lugar: en 1997, en el Festival de Danza Mayor de Brasil, los demás participantes se retiraron cuando nos vieron ensayar, y en Italia nos ganamos tres veces un campeonato, entonces no pudimos volver a competir".

Sonia nació en 1928 en Bogotá, pero pasó los primeros años de su vida en Barranquilla. Su papá, el sociólogo, escritor y teatrero Luis Enrique Osorio, se fue a buscar fortuna en las tablas de París con su esposa, Lucía de Saint-Malo, y decidió dejar a Sonia en la costa con su abuela materna, pues temía que el invierno le hiciera daño. Sus familiares contaban que la pequeña se emocionaba cuando su abuela tocaba piano, sus tías cantaban y su niñera, Josefa Jinete, la mecía en sus brazos. Si no bailaba la negra 'Tetá', como ella la llamaba, no se dormía.

"Tenía un despiporre de juguetes, pero a mí no me interesaba jugar -contó en el libro Las mujeres de Obregón, de la periodista Rosario del Castillo, mejor conocida como 'Camándula'-. Me la pasaba bailando y tiranizando a los niñitos que venían a mi casa. Como lo único que me gustaba era hacer teatro, fabricaba telones con sábanas y les enseñaba canciones para que actuaran".

Sus padres volvieron cuando Sonia tenía 6 años, y ya era toda una actriz infantil que participaba en obras de los coreógrafos del Carnaval. Tomó clases de danza en Venezuela y en Ecuador, adonde acompañó por largos periodos a su papá por cuestiones de trabajo. Luego estudió en Nueva York y en París.

Obregón, su gran amor

Pero Sonia no solo fue famosa por sus bailes, sino por sus amores. Siempre será recordada por su matrimonio con el artista Alejandro Obregón, con quien protagonizó un romance pasional que hizo historia. Aunque fueron vecinos en la infancia, lo conoció realmente a través de los intelectuales del grupo de La Cueva, que solían reunirse para recitar obras de García Lorca y Neruda. Ella, quien tuvo una faceta de periodista, escribió los primeros artículos sobre las exposiciones del entonces desconocido maestro y, según confiesa en el libro de Camándula, se enamoraron cuando él empezó a pintarla por sugerencia de su papá. Entonces Obregón le propuso matrimonio: "Te invito a que nos muramos de hambre juntos en París".

La boda fue un escándalo en la sociedad costeña de mediados del siglo pasado, pues ambos estaban casados: ella, con el ciudadano colombo-alemán Julius Siefken, con quien tuvo dos hijos, Kenneth y Bonnie Blue; y él, con Ilva Rasch. Se divorciaron y consiguieron una casa en Alba-la-Romaine, un pueblito francés donde Alejandro se la pasaba pintando mientras ella hacía las labores del hogar. El pintor, sin embargo, no soportaba verla con una escoba en la mano: "Tú tienes mucho talento para estar lavando ropa. A mí no me importa ponerme la misma camisa veinte veces, ni que la casa esté patas arriba. Lo único que me importa es que tú bailes", le repetía.

Sonia se robaba el show en las fiestas. Tocaba el tiple, cantaba y bailaba encima de las mesas para que la cuenta les saliera gratis, y una vez se ganó un concurso de baile con siete meses de embarazo. Pero mientras que Obregón siempre fue bohemio y folclórico, ella era abstemia y casera, por lo que esa vida intensa terminó cuando decidieron separarse después de diez años de matrimonio.

Siguieron siendo buenos amigos y pasando tiempo juntos al lado de sus hijos, Rodrigo y Silvana. Sonia se casó por tercera vez con Francesco Lanzoni, marqués de la región de Lombardía, en el norte de Italia. De esa relación nació Giovanni, su quinto y último hijo.

Y nació el Ballet

Por ese entonces, Sonia ya revolucionaba las comparsas del Carnaval. Sus disfraces y sus bailes eran reconocidos como los más novedosos de las fiestas barranquilleras. "Tenía la capacidad de hacer cosas modernas y refinadas a partir de lo rústico -asegura Vannesa Bautista, bailarina clásica y exgerente del Ballet-. Hay algo que pocos saben: ella se inventó el vestido de cuadritos rojos y blancos que hoy muchos reconocen como el típico de la cumbia, cuando el tradicional era todo blanco. Era genial".

El Ballet nació en 1960. Mucha gente estaba interesada entonces en el folclor, pero fue ella quien hizo de las danzas típicas una profesión. Algunos decían que Sonia atentaba contra la cultura porque sus bailes no eran ciento por ciento colombianos. Otros, como la exdirectora de Colcultura Gloria Zea, todavía la defienden. "La criticaban porque decían que el bambuco y los bailes tropicales no tenían lentejuelas ni plumas, pero es que uno no puede hacer un 'show' sobre danzas folclóricas si no le mete algo de artes contemporáneas", dijo Zea a esta revista.

La Corporación Nacional Ballet de Colombia fue rebautizada por el presidente Misael Pastrana en los años setenta como el Ballet de Colombia de Sonia Osorio, un hecho que llenó de orgullo a su creadora. El músico chocoano Nicolás Rodríguez, quien llegó hace más de 25 años a la compañía, dice que parte del éxito se debe a que su maestra tenía una especie de radar para fichar bailarines y músicos talentosos. Los buscaba en audiciones y carnavales por todo el país. Luego los llevaba a Bogotá, los invitaba a dormir en la sede del Ballet y los alimentaba hasta que se volvían profesionales.

Sonia tenía además la habilidad para inventar bailes en cualquier momento. Durante las misas de su colegio, por ejemplo, la pequeña imaginaba que el altar era un escenario. Y nunca perdió la costumbre de cerrar los ojos para crear. Por eso cuando se le ocurría un nuevo movimiento, les decía a sus alumnos: "Soñé una coreografía". Y los hacía repetirla hasta que la interpretaran de forma impecable, como lo hizo ella hasta el día de su muerte.
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