Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2010/08/14 00:00

La caída del provocador

Christopher Hitchens, el polémico periodista británico reconocido por su actitud independiente e iconoclasta, reveló hace poco que sufre de un cáncer letal de esófago.

Alguna vez Hitchens dijo que la cantidad de alcohol que tomaba a diario era suficiente como para “matar a una mula”. En sus escritos elogia el cigarrillo y se opone a las campañas que prohíben su consumo.

En un artículo reciente publicado en la revista Vanity Fair, Christopher Hitchens arranca con una frase lapidaria: "Más de una vez en mi vida me he levantado sintiendo que estoy muerto. Pero nunca nada me había preparado para aquella madrugada de junio en la que sentí que estaba encerrado en mi propio cadáver". Sabe que su hora está cada vez más cerca. Padece de cáncer de esófago, uno de los más agresivos. De 61 años, ha perdido seis kilos y casi todo el pelo. La enfermedad ya hizo metástasis, y ante la obligada pregunta de si finalmente dejará de ser ateo y hará las paces con Dios, responde que es imposible, a menos que el cáncer se extienda a su cerebro.

En todo caso, a los médicos no les sorprende su condición. Hitchens bebe y fuma sin reparo. Dice que renunció al cigarrillo en 2008, pero recayó cuando empezó a escribir su libro de memorias, Hitch-22, cuya gira promocional tuvo que suspender para someterse a un tratamiento de quimioterapia. Intentó acabar con su vicio y no pudo. "Mis malos hábitos tienen que ver con la única forma que conozco de ganarme la vida. Para leer y escribir necesito de la energía que me da el whisky y de la concentración a corto plazo que me proporciona la nicotina".

Periodista, editor y columnista, Hitchens se ha ganado la fama de contradictor. No cree en la bondad de la madre Teresa de Calcuta y dice que es un fraude. De hecho, fue el único testigo que acudió ante el Vaticano para evitar su beatificación. También acusa al ex secretario de Estado Henry Kissinger de haber cometido crímenes de guerra y califica de "mentirosos" a Bill y Hillary Clinton. Su lista de diatribas incluye además al ex presidente Ronald Reagan, al documentalista Michael Moore y al actor Mel Gibson.

A todos ellos los despedaza a punta de argumentos. Le enfurece que la gente se deje convencer tan fácilmente, no cree en verdades absolutas y rara vez pierde una discusión. Habla con absoluta franqueza. Manuel Roig-Franzia, autor de un perfil suyo publicado en el diario The Washington Post, dice que su hábitat natural es una mesa llena de comida y bebida, donde puede explayarse en disertaciones políticas y literarias. No le gusta que lo etiqueten, por eso insiste: "Me llaman polemista, como si yo saliera en busca de peleas. ¡Ellas me encuentran a mí!".

Rebelde. Disidente. Radical. Impertinente. Provocador. No importa cómo lo califiquen, pues, como contó Roig-Franzia a SEMANA, "este hombre es capaz de llenar el espacio con su asombroso intelecto". Algunos incluso lo comparan con el escritor inglés George Orwell, a quien admira profundamente. Tiene un gran sentido del humor y confiesa que uno de sus mayores miedos es el aburrimiento. Su mamá, Yvonne, consideraba el tedio como un pecado imperdonable. "Mi papá... la aburría" y por eso se escapó con un amante a Atenas, donde ambos se suicidaron en 1973. Hitchens se siente responsable de su muerte porque ese día ella lo llamó varias veces, pero él no alcanzó a contestar. Para describir el devastador episodio, en sus memorias cita un aforismo de Graham Greene: "Siempre hay un momento en la infancia cuando la puerta se abre y deja entrar el futuro".
En ese entonces, el joven 'Hitch', como lo apodan sus amigos, coqueteaba con la izquierda de tinte trotskista. Acababa de graduarse en Economía, Política y Filosofía del Balliol College, de la Universidad de Oxford, y escribía para la publicación de la Internacional Socialista. Se mudó a Estados Unidos en 1981 y allí empezó a colaborar en revistas como The Nation, Atlantic Monthly, Vanity Fair, Slate, entre otras. Sus primeros artículos dejaban ver que no se andaba con rodeos. Criticaba con la misma pluma al ex presidente George H. W. Bush y al Dalái Lama, y con el tiempo se fue ganando un lugar respetado entre los intelectuales del país.

Sin embargo, su pensamiento se quebró con la fetua que el ayatolá Jomeini le dictó a Salman Rushdie, autor de Los versos satánicos y uno de sus amigos más queridos, y con el ataque terrorista del 11 de septiembre. Esos dos hechos lo sacudieron. Se volvió un neoconservador furibundo: pasó de ser un crítico de la guerra del Golfo a ser un abanderado de la invasión de Irak. Ganó cientos de adversarios que aún hoy lo tildan de "traidor" y dejó de ser el consentido de la izquierda.

En lugar de atender los reproches, decidió seguir como si nada. Volcó su atención hacia los misterios de la fe y en 2007 publicó Dios no es bueno, libro en el que defiende su ateísmo y lanza duros ataques contra la religión. Es por eso que no deja de ser paradójico que desde que se conoció la noticia de su enfermedad hayan aparecido varios grupos de oración que lo respaldan, e incluso en Internet se fijó el 20 de septiembre como el día de "Todos recen por Hitchens". Los más fervientes confían en que su estado de salud lo haga recapacitar, pero 'Hitch' no tiene intenciones de marcar esa fecha en su calendario. Claro que si esas plegarias alargan su vida y le permiten leer o escribir los obituarios de Kissinger y del papa Benedicto XVI, se dará por bien servido. Porque, como admite en Vanity Fair, esa era una de las cosas que tenía planeado hacer antes de enterarse de que le quedan cinco años de vida, si es que corre con toda la suerte del mundo.

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