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| 12/3/2011 12:00:00 AM

La consentida del tirano

La única debilidad de Joseph Stalin, uno de los dictadores más sanguinarios del siglo XX, era Svetlana, su única hija. Cuando niña, gozó del amor de su padre, pero con el tiempo su apellido se convirtió en una maldición. Murió a los 85 años, pobre y en el olvido.

Svetlana Stalina pasó toda su vida en busca de su verdadera identidad. Después de que su papá, Joseph Stalin, murió en 1953, adoptó el apellido de su madre, Alliluyeva. Quince años más tarde, cuando obtuvo asilo político en Estados Unidos y se casó, se convirtió en Lana Peters. Aun así, nunca se libró del lastre de ser la heredera de uno de los tiranos más grandes de la historia: "Ya no tengo la ilusión de quitarme esa etiqueta -dijo hace unos años al diario británico The Independent-. Y en parte es culpa mía porque jamás aproveché mis capacidades y me conformé con mi destino".

El 22 de noviembre pasado, Svetlana falleció a los 85 años en un asilo del condado de Richland, Wisconsin. La noticia solo se conoció una semana después, pues prefirió pasar sus últimos años en el anonimato, leyendo y tejiendo suéteres. Aunque amasó una pequeña fortuna con sus memorias, murió pobre y alejada de su familia.

Por ser la única hija de Stalin (tuvo tres hijos varones), Svetlana siempre fue la consentida. En medio de las atrocidades del represivo régimen de su padre, tuvo una infancia feliz llena de comodidades. Cuando el dictador llegaba a la casa en las noches, se quedaba un rato jugando con su 'pequeña golondrina', como solía llamarla, o a veces la ayudaba a hacer tareas. Eran momentos excepcionales en los que el líder soviético mostraba algún gesto de humanidad. "Era un hombre sencillo. Rústico, pero muy cruel. No había nada en él que fuera complicado. Me amaba y quería que estuviera a su lado y que me convirtiera en una marxista bien educada", dijo hace algunos años en una entrevista.

Sin embargo, el encanto solo duró hasta que Svetlana llegó a la adolescencia y se enamoró de un judío. Stalin nunca estuvo de acuerdo con el romance y sin remordimientos ordenó que enviaran al muchacho a un campo de prisioneros en Siberia. No era para menos: si había dejado que los nazis fusilaran a uno de sus hijos, era capaz de cualquier cosa.

La relación se deterioró todavía más cuando la joven se enteró de que el dictador le había ocultado que su mamá, Nadezhda Alliluyeva, no había muerto por una apendicitis, sino que se había pegado un tiro en la cabeza. Antes de renunciar a su vida en el Kremlin, Svetlana se casó con un estudiante de Historia, también de origen judío. Stalin se opuso de nuevo y prometió que jamás lo conocería. Al final presionó para que se separaran. Entonces la obligó a contraer segundas nupcias con el hijo de uno de sus colaboradores más cercanos, pero el enlace tampoco duró mucho.

Después de la muerte de su papá, Svetlana perdió todos sus privilegios, cambió su apellido y consiguió un trabajo como profesora. En esa época conoció a un comunista indio en Moscú, y, aunque estaban dispuestos a casarse, nunca lo lograron porque el hombre contrajo una infección pulmonar y murió. La 'princesa del Kremlin', otro de los apodos que tenía, viajó a la India a dispersar las cenizas de su amado en el río Ganges. Hastiada de la URSS, pidió a escondidas asilo en la embajada de Estados Unidos en Nueva Delhi y el 26 de abril de 1967 aterrizó por primera vez en el aeropuerto John F. Kennedy de Nueva York.

A su llegada dio una conferencia de prensa en la que renegó duramente de su pasado: "He venido aquí en busca de la libertad de expresión que me ha sido negada en Rusia durante tanto tiempo". Quemó su pasaporte y juró no volver a la Unión Soviética. Aprovechó su creciente fama para incursionar en el mundo editorial con Veinte cartas a un amigo y Solo un año, dos libros autobiográficos que se convirtieron en best-sellers. Luego de instalarse en Nueva Jersey, conoció a William Wesley Peters, discípulo del arquitecto Frank Lloyd Wright. Se casaron y tuvieron una hija, pero Svetlana no demoró en sufrir una nueva crisis.

Se divorció por tercera vez. Empacó maletas y viajó a Londres. Desde allí volvió a establecer contacto con los dos hijos de sus matrimonios anteriores, a quienes había dejado a su suerte en Moscú. Al poco tiempo logró que le devolvieran la ciudadanía soviética y cambió su discurso: además de asegurar que en Occidente no había gozado de un solo día de libertad, culpó a la CIA de haberla usado como su "mascota" para hacerle propaganda negra al comunismo. "¡Ustedes son unos salvajes, incivilizados! -le gritó a un periodista de la cadena estadounidense ABC-. Adiós a todos". Pero rehacer su vida fue muy difícil. Sus hijos nunca le perdonaron que los hubiera abandonado y, luego de pasar una temporada en Georgia, decidió regresar a Estados Unidos en 1986 con la excusa de que habían traducido mal sus palabras.

Svetlana desapareció de los medios y siguió su vida en una cabaña sin electricidad, en Wisconsin. Durante esos años, algunos creyeron haberla visto en un convento en Suiza, mientras que otros aseguraron que había ido a parar a un ancianato en Londres. Sea cual sea la verdad, cargó con el yugo de Stalin hasta el final: "Donde quiera que vaya, aquí, en Suiza, en India, en cualquier lugar. En Australia, en una isla. Siempre seré una prisionera política del nombre de mi padre (...) No puedes arrepentirte de tu destino, pero lamento que mi mamá no se haya casado con un carpintero".
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