Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2010/03/27 00:00

La crisis del Papa

Justo cuando Benedicto XVI cumple cinco años en su cargo, la Iglesia atraviesa su mayor escándalo de abuso sexual, entre críticas que lo acusan de complicidad e inacción.

La crisis del Papa

El Vaticano intenta detener el descrédito que está causando a la Iglesia el último gran escándalo por abusos sexuales y maltrato de menores cometidos durante decenios por sacerdotes y laicos en las instituciones católicas alemanas. Entre ellos el del coro de Ratisbona, que dirigió por muchos años el hermano del Papa, Georg Ratzinger. Desde enero la avalancha ha ido creciendo y se han sumado casos que salpican directamente a Benedicto XVI. La más reciente denuncia, sin embargo, es la más grave: que fue cómplice con su silencio de un caso de pederastia en Alemania.

El diario The New York Times señaló que cuando era obispo de Munich, Joseph Ratzinger se enteró de que un sacerdote llamado Peter Hullermann fue trasladado a Baviera, y no expulsado de la Iglesia, luego de que se le comprobó haber abusado sexualmente de un menor de 11 años en la parroquia de Essen. El portavoz de la Santa Sede, el padre Federico Lombardi, negó con vehemencia la información e hizo notar que el segundo de Ratzinger en ese momento, Gerhard Gruber, había asumido toda la responsabilidad del manejo del tema y afirmó que "no hizo caso de las indicaciones de Ratzinger, que había dispuesto que el sacerdote no desarrollase actividad pastoral alguna".

Esto se suma a otros documentos publicados por el diario estadounidense que dejan claro que Ratzinger optó durante sus años como prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe (la sucesora de la Inquisición) por no apartar de su cargo y del sacerdocio a Lawrence C. Murphy, acusado de haber abusado de unos 200 menores sordos. Los hechos ocurrieron entre 1950 y 1974 en una escuela de Wisconsin, Estados Unidos, y Murphy murió en 1998 sin que nadie castigara los abusos en la diócesis de Milwaukee.

Aquí también el Vaticano se defiende, y el padre Lombardi justifica la falta de castigo al decir que cuando se conocieron los hechos el cura pederasta "estaba muy enfermo". También anota que Ratzinger fue informado más de 20 años después de que la investigación civil al pederasta había terminado sin resultados.

Estas denuncias no podían ser más inoportunas, pues llegan justo en el quinto aniversario de papado de Benedicto XVI, y han terminado de desprestigiarlo. Y es que los escándalos sexuales no son sino un aspecto de los problemas que ha tenido que enfrentar en el cargo más alto de la Iglesia católica.

En efecto, si con Juan Pablo II Roma se había acostumbrado a las multitudes en la Plaza de San Pedro, con Benedicto XVI ese espacio monumental se ha ido vaciando. Este detalle aparentemente baladí se ha convertido en síntoma de que este Papa no logra comunicarse con su grey, como su antecesor.

Ratzinger fue elegido para darle un toque de sobriedad a una Iglesia que por casi tres décadas estuvo marcada por los gestos mediáticos y espectaculares de Karol Wojtyla. Pero ha cometido más errores que aciertos en sus cinco años en el cargo, y se ha convertido en el Papa más criticado. Hirió a los judíos por su intención de reintegrar a la Iglesia a los ultraconservadores clérigos lefevristas, que han negado el Holocausto. A los musulmanes, al insinuar que la violencia era intrínseca del islamismo. A los latinoamericanos, cuando dijo que los indígenas esperaban la buena nueva de los conquistadores. Y a los africanos, pues les aseguró que el condón no previene el sida. Pero sin duda lo más grave es que el Papa ha decepcionado en los últimos días a las miles de víctimas de la pederastia que cunden en la Iglesia. Nunca había sido tan criticado como ahora.

Giancarlo Zizola, uno de los más agudos vaticanistas, y el más leído por las jerarquías eclesiásticas, explicó a SEMANA que "por ahora queda claro que el teólogo que quiso ser Papa, capaz de sofisticadas lecciones magistrales, tiene un auditorio que si bien reconoce la elegancia del discurso, está poco interesado en él". Para Zizola, a Ratzinger la modernidad lo asusta. "En tiempos de fundamentalismos, la idea de Benedicto XVI de conciliar la fe y la razón podría tener un efecto calmante, si su propio autor no hubiera demostrado, hasta hoy, indiscutibles prejuicios teóricos y poca capacidad para interpretar la realidad", asegura.

A pesar de haber sido elegido por su inteligencia y preparación académica, ha demostrado que la espiritualidad no es todo. En un mundo veloz, leído e interpretado por los medios, su tendencia a la introspección, a recluirse en los libros y en la música clásica, ha avivado la fama de su escaso carisma.

Si hace cinco años críticos y admiradores esperaban un papado conducido con mano firme, por los 24 años en los que Ratzinger administró la Congregación para la Doctrina de la Fe, se encuentran con un Pontífice muy tímido, rasgo que se ha traducido en un papado débil, incapaz de darle un rumbo más democrático a la gestión de la Iglesia.

Su soledad personal se agrava con una corte definida como mediocre. "Ha llamado a su lado a personas de su absoluta confianza con quienes trabajó durante años, pero una cosa es gobernar una congregación y otra cosa muy distinta dirigir la Iglesia universal", insiste el autor de Santidad y poder.

Por lo pronto, el tema más acuciante sigue siendo el de la corrupción sexual. La Santa Sede de Ratzinger no ha sido suficientemente asertiva para castigar a los sacerdotes culpables de corrupción, y las víctimas no han recibido una indemnización moral a la altura de los perjuicios causados. Los observadores hacen notar cómo la carta pastoral dirigida en los últimos días al clero irlandés para ofrecer disculpas a los afectados dejó por fuera a otros países en los que ha habido denuncias, como Holanda, Suiza, Austria, Estados Unidos, Italia y sobre todo Alemania. Además los críticos acusan al Papa de minimizar los casos de violencia sexual como si se tratara de algo aislado y no una epidemia.

En todo caso pasará tiempo antes de que creyentes y no creyentes puedan darle crédito a las palabras pronunciadas hace algunos días por el jefe de la Iglesia alemana, Robert Zollitsch, quien asegura que el Vaticano mantendrá una línea dura y de transparencia total ante la pedofilia. Serán los hechos los que podrán devolverle la credibilidad a la Iglesia. Según el alto prelado, "la Santa Sede denunciará a los sospechosos de abusos a la justicia ordinaria, siempre que las víctimas no se opongan, y permitirá que los procesos civiles sean independientes de las causas canónicas". Zollitsch insiste en que "no habrá disimulos ni ocultamientos", vieja práctica vaticana que en lugar de juzgar y castigar a los pederastas, los cambiaba de sede con el fin de evitar escándalos. El resultado era la multiplicación de los niños sometidos a terribles vejaciones. Entre tanto Charles J. Scicluna, el promotor de justicia de la Congregación para la Doctrina de la Fe, una especie de fiscal de la Santa Sede para la pederastia, revela que las denuncias contra sacerdotes por abusos sexuales ascienden a 3.000 en los últimos 10 años, y que comprenden crímenes cometidos en los últimos 50.

Para los estudiosos, Ratzinger ha acelerado el envejecimiento de la Iglesia, y ven en un Concilio Vaticano III la perspectiva más estimulante. Sin embargo, Benedicto XVI, "etnocéntrico y simpatizante de la derecha más conservadora, tendría en ese caso que reconocer las ventajas de una Iglesia no sólo occidental -­afirma Zizola­-. No será Ratzinger quien lo convocará: conocemos su poca simpatía por el Concilio Vaticano II y esto significa poco interés en un mundo global".

La pregunta que se hacían los expertos en 2005 sobre la capacidad del 'pastor alemán' de renovar el papado y de transformarlo en un régimen constitucional en lugar de la monarquía absoluta que es, no tiene aún respuesta. Sin embargo, le reconocen la capacidad para rectificar.

"Si cambiara el modo de interpretar su papel, le daría al catolicismo posibilidades de revivir ­-advierte Zizola­-. Si abriera los ojos, vería una Iglesia que vive el drama de la pérdida de vocaciones y el descontento por la jerarquización de su estructura y fuera de ella, en un mundo cada vez más secularizado, con creyentes atemorizados por los anatemas contra el aborto, los métodos anticonceptivos y la homosexualidad".

Son tantos los desaciertos de esta papado, que algunos desinhibidos bookmakers en el Reino Unido le apuestan a la dimisión del Papa. El hombre que guió con rigidez el ex Santo Oficio de la Inquisición "es prisionero de la curia -dice Zizola-. La complejidad del cargo, con 1.100 millones de católicos, 6.000 obispos en activo, relaciones ecuménicas e interreligiosas, viajes, encíclicas y relaciones de Estado, es insostenible para un hombre solo, inteligente como Ratzinger o carismático como Wojtyla".

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