Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2009/03/28 00:00

La dama de las aves

La pereirana Lucía Jaramillo ha dedicado su vida a estudiar y fotografiar aves en su hábitat natural. Fruto de 28 años de trabajo es el libro que acaba de presentar, un tributo a la avifauna colombiana.

Lucía Jaramillo tuvo su primera cámara de fotos a los 10 años. Con las aves unió sus dos pasiones: la fotografía y la naturaleza

Si algo caracteriza a Lucía Jaramillo es su paciencia. Permanece inmóvil, ataviada con su traje camuflado, con dos cámaras fotográficas, una pequeña en la mano y otra apoyada en su trípode; una sombrilla y una silla plegable, artículos que también disfraza con los colores de la naturaleza. Así, es capaz de esperar horas y hasta días con un solo objetivo: capturar la imagen de un ave.

No importa si los mosquitos la atacan o si el calor supera los 40 grados centígrados, como le ocurrió en su más reciente viaje a La Guajira, cuando iba en busca del esquivo colibrí anteado. En esa oportunidad recorrió durante más de una semana el desierto y, pese al escepticismo de sus compañeros de aventura, no quedó tranquila sino cuando encontró una planta casi imperceptible. "Si hay una única flor en varios kilómetros, aquí tendrá que llegar", pensó. Y comprobó su teoría al tercer día. "Juro que en esos momentos rezo para que de la emoción no me mueva, o no se me acelere la respiración y empañe el lente, porque después de esperar tanto tiempo, sería terrible no conseguir una buena foto".

Pero logró su cometido y el diminuto espécimen se convirtió en uno de los protagonistas de su nuevo libro, El país de las aves, que recorre la geografía colombiana y, literalmente, "a vuelo de pájaro", permite conocer las riquezas de cada región. La obra es otra muestra de paciencia, pues Lucía tardó 28 años para conseguir el increíble material. Ese es el tiempo que lleva dedicada a estudiar las 1.874 especies que hay en el país, pues cuando se acercaba a los 40 años de edad decidió darle un giro a su vida.

Hasta ese momento tenía la rutina de cualquier ejecutiva. Trabajaba en el Banco Cafetero como jefe de relaciones públicas y en esas estaba cuando fue a Nueva York y visitó a dos amigas que eran voluntarias del Museo de Historia Natural. Allí le mencionaron un término que ella nunca había oído: "tángaras". "Me sonó a tambor, a colores, a muchas cosas menos a pájaros, y ellas se sorprendieron de que yo no supiera que se trataba de una de las familias de aves más grandes de mi país", confiesa.

Desde entonces la llama la "palabra mágica", porque ese vocablo tupí guaraní despertó en ella tal curiosidad, que después de conocer estos animales, decidió abandonar su oficina, vendió su apartamento, sus carros y se compró dos camionetas 4X4, para vivir casi como una nómada. En este largo viaje ha contado con la complicidad de su esposo, Jaime Olarte, a quien convenció de que dejara la corbata, su negocio de distribución de textiles y "se fuera conmigo al monte, si quería casarse". Su idea era conocer estas criaturas que por lo general "simplemente se consideran hermosas por sus colores y su canto, por lo cual se les quiere tener en jaulas como adornos. Quería fotografiarlas para dar testimonio de su importante misión en la naturaleza como grandes sembradoras de vida. Como polinizadoras que posibilitan la regeneración de bosques y, por ende, del aire y el agua".

Recuerda que su primera foto fue un fracaso. Después de esperar cuatro días para captar la imagen de una tángara paraíso siete colores, propia del Amazonas, no se percató de que llevaba una cámara muy pequeña con un zoom que no era apropiado. "Aprendí que la única manera de obtener las imágenes es usar teleobjetivos que permitan tomar fotos a distancias de 40 ó 60 metros para no molestar a las modelos, pues el verdadero valor es fotografiarlas en su ambiente natural".

Todos estos años de formación empírica y trabajo de campo le han permitido a Lucía convertirse en una de las abanderadas de la conservación de las aves de Colombia, el país que tiene la mayor diversidad del planeta -el 20 por ciento de las especies mundiales-, de las cuales muchas, alrededor de 80, son endémicas, es decir que son exclusivas del territorio nacional. Desafortunadamente, el tráfico ilegal y la deforestación hoy tienen a muchas en peligro de seguir el destino del zambullidor andino, hoy extinto.

"De su experiencia uno aprende los patrones de comportamiento de las especies, a entrenar los ojos, a distinguir un ave de otra con la percepción de un fugaz color o una silueta porque, como dice Lucía, uno debe tener una 'silueteca' en la cabeza para no confundirse e ir tras un pájaro que no se está buscando", cuenta Cristina Jaramillo, una joven de 21 años, estudiante de Administración de Medio Ambiente y guía de los recorridos para observación de aves (ver recuadro) en el Parque Natural Tatamá, sobre la cordillera occidental, en los límites de Chocó, Risaralda y Valle del Cauca. Lo sabe porque desde niña ha estado vinculada a la Fundación Ata, creada hace más de dos décadas por Lucía, su esposo y sus dos hijas, una entidad dedicada al estudio de las aves y cuyo nombre es un códice chibcha que significa "bienes comunes".

Por eso su lema es "déjelas volar", y su labor, realizar trabajos de observación e investigación con estudiantes universitarios y hacer divulgación con afiches y textos didácticos para repartir en las escuelas. "Lo que se ha propuesto Lucía con su obra, y en especial con su nuevo libro, es que el tema de las aves, que por lo general es presentado con literatura técnica, aparezca en un formato atractivo que pone al alcance de cualquier persona la riqueza del país", opina el reconocido ornitólogo Humberto Álvarez-López, uno de sus mentores. "En este libro esta plasmado su gran esfuerzo", agrega.

Ese es un esfuerzo que sigue intacto hoy, cuando ya es abuela de tres nietos que la siguen en sus travesías: pasa la mitad del mes viajando en su 4x4, y el resto lo divide entre Pereira, su ciudad natal, y Bogotá, donde tiene una casa campestre en la cual opera su fundación. Allí sigue maravillándose con las aves que la visitan, porque, como Lucía misma dice, "yo amaba cantar, pero dejé de hacerlo para escucharlas".

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