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| 3/3/2012 12:00:00 AM

La dama tímida del cine

Aunque su talento es comparable con el de la mítica Katharine Hepburn, Meryl Streep no se comporta como una diva de Hollywood. Lleva cuatro décadas en la cima, acaba de ganar su tercer Óscar y todavía no se acostumbra a la fama.

Para ponerse en la piel de Margaret Thatcher, la mujer más polémica del siglo XX, Meryl Streep tomó medidas extremas. Ante la resistencia de sus familiares y de la propia exprimer ministra, que se negó a hablarle, entrevistó a sus subalternos, a sus seguidores y a sus detractores, obtuvo cientos de grabaciones y devoró sus biografías. Se encerró en una habitación de un hotel de Londres y vio sus discursos una y otra vez hasta que fue capaz de dormir, comer y respirar como ella. Salió de su aislamiento una semana después, cuando sintió que al mirarse al espejo no veía su rostro sino el de Thatcher.

Streep logró, con un peinado voluminoso, un labial rojo y un tono de voz de profesora de colegio, encarnar a una Thatcher creíble, poderosa en los años ochenta cuando dirigió con mano dura al Reino Unido y frágil en su vejez, víctima de una enfermedad que la hace alucinar con su esposo muerto. Para muchos, incluida la crítica, esta Streep es la mejor actriz de la actualidad y su papel en la película La dama de hierro es, de lejos, el mejor. No en vano le valió el tercer Óscar de su carrera, un galardón que le había sido esquivo por casi tres décadas.

Aunque entre sus récords figura el de ser la actriz con mayor número de nominaciones a la Academia, con 17, desde su último premio, en 1982, Streep se había convertido en la eterna candidata. Cada año desfilaba por la alfombra roja y terminaba aplaudiendo a la ganadora desde las gradas del teatro Kodak. En la pasada edición su historia cambió e ingresó al selecto club de actores con tres estatuillas doradas. Solo la supera Katharine Hepburn, con cuatro premios Óscar por roles protagónicos, quien alguna vez describió a su colega como "la mejor actriz de la pantalla grande moderna".

Streep ha brillado en todos los papeles posibles: senadora, monja, amante, cocinera, alcohólica, reportera, ama de casa, editora de moda y asesina. Camaleónica en sus interpretaciones, es famosa además por su habilidad para imitar acentos y aprender idiomas. En su primer casting en Broadway, el director Dino de Laurentiis la miró de pies a cabeza y le dijo a su hijo en italiano: "Es fea. ¿Por qué la trajiste?". A lo que ella contestó con fluidez: "Siento haberlo decepcionado".

En 1977 pasó de las tablas a la gran pantalla con Julia. Desde entonces se hizo imparable y en menos de cinco años obtuvo sus dos primeros Óscar. Pronto se ganó un lugar entre las leyendas, pero nunca quiso comportarse como una diva de Hollywood. Hoy, pese a que su vitrina está llena de distinciones, aún no se cree su fama. Una vez sale de los sets de grabación, lleva una vida lo más normal posible, hace yoga, lee poesía, escucha música, contesta el teléfono y hace los oficios domésticos. "Cuando tienes que planchar tú misma la ropa, es imposible ser una malcriada", declaró.

Mary Louise Streep no olvida que viene de un pequeño pueblo del norte de Estados Unidos y prefiere permanecer tranquila en su granja en Connecticut antes que vivir en una lujosa mansión de Los Ángeles. Eso lo sabe de sobra su esposo, el escultor Don Gummer, con quien lleva casada 34 años, y lo comprobó su anterior pareja, John Cazale, a quien acompañó al pie de su cama hasta que murió víctima de un cáncer en los huesos. Streep es tan hogareña que dio a luz a sus cuatro hijos en su casa por parto natural para no someterse al caos de los hospitales.

Una rara avis en la meca del cine, es recelosa de su vida personal, no protagoniza escándalos, no recurre al bisturí para verse más joven y no la seduce el brillo de Hollywood. Es tal vez la única actriz veterana con la agenda copada y, a sus 62 años, se dio el lujo de salir en la portada de la revista Vogue. A Streep, experta en quebrar las reglas y demostrar que su talento no tiene fecha de caducidad, solo le queda superarse a sí misma. A fin de cuentas, como se pregunta el crítico de cine Peter Travers de la revista Rolling Stone, "¿Hay algo que Meryl Streep no pueda hacer? A uno solo le queda maravillarse ante ella".
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