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| 3/9/1992 12:00:00 AM

A LA DERIVA...

En subasta el barco de Onassis, escenario de más de una tragedia griega.

TODOS LOS TIEMpos suelen tener un símbolo que los que los recuerda. Para el mediterráneo del poder y la lujuria, del jet-set y la riqueza, de imperios y desgracias, el yate Christina resume toda una época. Vio rodar el champaña en su bautizo como navio de guerra de la armada canadiense cuando corría la mitad del siglo.. Navegó los mares sin guerra, hasta que un joven armador griego, quien construía nave sobre nave un imperio, lo adquirió para hacerse un lugar sobre la tierra en el cual poder aplicar a sus anchas su "teoría de los magnates". Según Aristóteles Onassis, todo magnate debe seguir tres reglas obligadas: la primera, recibir a los invitados en la mejor dirección aunque sea el peor de los cuartos; segunda, no dormir mucho para no perder tiempo que puede ser dedicado a trabajar o a disfrutar; y tercera, mantenerse siempre bronceado, preferiblemente, por el sol del mediterráneo.

En ese orden de ideas Onassis convirtió su yate bautizado con el nombre de su única hija en la sede flotante de uno de los imperios navieros más grandes que haya visto este mundo. Más que eso. Por el puente de ese yate pasó buena parte de la historia de las tres últimas décadas. Jefes de Estado, reyes y princesas, poderosos de todas las pelambres, artistas, famosos y alguno que otro anónimo.

A Churchill, por ejemplo, se le diseñaba una especial ceremonia. Cuando el primer ministro inglés anunciaba visita, la tripulación desocupaba la piscina e improvisaba en el fondo una oficina para que Churchill pudiera trabajar sin que el viento se llevara sus papeles. Fue también durante una fiesta en ese barco, en donde el senador Jack Kennedy le presentó a Onassis a su esposa, Jackie. Después, cuando el senador ya era presidente, Jackeline eligió el Christina para escampar la tristeza por la muerte de su bebé Patrick, llevada por Lee, su hermana, quien por ese entonces era amante de Onassis. Si de algo fue testigo el Christina fue de sendos romances, como el del armador con la cantante de ópera, María Callas. Se enamoraron durante un crucero en el yate, a tal punto que fueron cogidos in fraganti en el camarote por el marido de la Callas. El industrial italiano Giovanni Battista Meneghini, quien descendió del yate discretamente en la siguiente escala. Poco después sería la Callas la que tendría que bajarse, cuando entró a regentar la nave la viuda más famosa del mundo, Jackie.

El Christina también fue testigo de desgracias.
Los cinco matrimonios fallidos de Cristina pasaron por su cubierta, y la noticia de la muerte de Alexander, único hijo varón de Onassis lo cogió en el camarote de su nave. Tras la muerte de Aristóteles Onassis, se acabó la gloria para el Christina y vino la decadencia. La heredera, Cristina, dejó caer en barrena su propia vida. Explotada por sus maridos y dedicada a contrarrestar sus estados anímicos con inmensos volúmenes de comida, la hija del magnate quedó a la deriva en su yate que no volvió a tener visitantes insignes.

Presa de la nostalgia y cuando dio a luz a su hija Athina, compró una moderna nave que vino a representar en su vida el papel que en otra época hubiera desempeñado el Christina en la vida de su padre. Es más, quiso sacarlo de su vida y pocos días antes de viajar a Argentina, en donde murió, regaló el yate al gobierno griego con la consigna de que el producto de su venta fuera utilizado en saldar parte de la deuda externa de Grecia.

Hoy, el barco que fuera escenario de toda suerte de tragedias griegas durante más de tres décadas, y que se conociera de memoria todos los mares del mundo, navega a la deriva en espera de un buen postor.





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