Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1986/07/07 00:00

LA DUQUESA VENGADORA

Por intermedio de una amiga y de un libro, la duquesa de Windsor saca al sol los trapos de la familia real británica.

LA DUQUESA VENGADORA


La duquesa de Windsor, pocas semanas después de haber sido sepultada al lado del hombre que renunció a un trono por su amor, ha comenzado a vengarse de la familia real británica que la repudió públicamente antes y después de la muerte del marido.

A través de una de sus mejores amigas, la condesa de Romanones, y en una de las publicaciones especializadas en este tipo de historias en Estados Unidos, la revista Vanity Fair, se han conocido recuerdos, comentarios y chismes relacionados con la duquesa y el infierno que tuvo que padecer gracias a sus parientes.

De esta publicación que recoge parte de las memorias de la condesa, se desprende que la fallecida duquesa odió con increíble intensidad a la familia real por el vacío que le hicieron siempre al ex rey Eduardo VIII y a ella durante toda su vida, y ese odio aumentó después de la muerte del marido. La duquesa le había hecho prometer a su amiga que guardaría todos sus secretos hacía después de que ella muriera y ahora, liberada de la promesa, han comenzado a conocerse detalles y confesiones que mantienen en vilo a los británicos para quienes la reina y su familia siguen siendo objetos de culto.

La condesa de Romanones ha reconstruido los últimos encuentros de la duquesa con sus familiares, especialmente el encuentro en París entre la reina Isabel y su tío moribundo. La duquesa reconstruye así ese doloroso momento: "El estaba sentado en su silla y cuando la reina entró trató de ponerse de pie ante su presencia, pero no sé cómo lo consiguió se las arregló para hacerlo, aunque sólo durante unos segundos porque sus piernas ya no podían soportarlo y cayó al suelo. La reina no mostró compasión alguna, ningún aprecio por ese esfuerzo sobrehumano que había logrado, no sintió respeto alguno. Sus maneras mostraban que no tenía pensado honrar al tío con una visita sino que estaba simplemente cumpliendo con las apariencias, viniendo a nuestro apartamento porque su tío estaba muriendo y todos en París sabían que ella estaba en la ciudad y quedaba mal no ir a verlo".

Esa tarde cuando la reina se marchó, cuenta la condesa que la duquesa le dijo, el duque se despidió formalmente de su esposa porque sabía que le quedaban pocos días y le dio a entender que comprendía que nada de esa situación cambiaría; inclusive después de su muerte, sabía que sus familiares seguirían portándose tan mal como hasta entonces.

Dice la condesa que el sepelio del duque en 1972 fue para su viuda la peor experiencia. Le contó a la amiga que quería llorar pero se contuvo para no darles gusto a los otros: "Fueron tan crueles con mi marido durante tantos años, con ese hombre maravilloso, amable y buen patriota que mantuve la misma expresión que todos ellos, a los que no les importaba. Después del almuerzo y el sepelio tuve que cenar con cuarenta personas por orden real. Me tocó sentarme al lado del duque de Edimburgo al que siempre había imaginado mucho mejor, más amable, quizás más humano que el resto pero, ¿sabes?, es sólo un gorrón, un perezoso, ni él ni nadie me ofreció ninguna simpatía ni atención".

Según la condesa de Romanones a quien su amiga odiaba más era a la cuñada, la reina madre: "Nosotros llamábamos a la reina madre 'Cookie' porque parecía un pudding lleno de perejiles y adornos con sus sombreros llenos de flores".

La duquesa consideró a la reina madre como la responsable de la prohibición de volver a vivir en Inglaterra, situación que ni siquiera el entierro del duque pudo cambiar y no perdía ocasión de burlarse de ella: "Hubieras visto cómo iba vestida ese día del sepelio de David (como ella llamaba al marido), parecía como si hubiera abierto un baúl viejo, como si hubiera sacado unos cuántos andrajos y se los hubiera colgado encima. Pensé que David hubiera gozado mucho viéndola".

Para la condesa de Romanones, según sus memorias en la revista citada, la duquesa no influyó para nada en la decisión del marido en abdicar al trono, según sus propias palabras: "Yo no quería que David abdicara, no quería qué renunciara al trono. Pero nadie podía obligar a David a hacer lo que él no quería hacer o impedirle que hiciera sus deseos. Por eso el gobierno no aceptó nuestro matrimonio, por eso forzaron la abdicación. Pudieron haber arreglado para que yo fuera su mujer sin ser la reina. Le supliqué a David que no abdicara, que no lo hiciera, que me marcharía mejor a Estados Unidos. No quería que dejara el trono. Pero él me amaba. Realmente me amaba".

Los más cercanos a la duquesa y su pelea permanente con la casa de Londres sostienen que la condesa de Romanones era su amiga más cercana y que estas memorias publicadas ahora seguramente irritarán a los parientes reales pero éstos no podrán negar su profunda antipatía por esa mujer que se casó tres veces, amaba la vida, amaba al ex monarca y ese rencor mutuo no se ha saldado ni siquiera con su muerte ya que en la lápida donde está su nombre, no aparecen las tres iniciales que, para muchos, le corresponden: "H.R.H." o sea, Her Royal Highnes, Su Alteza Real.

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