Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2015/09/19 22:00

Charles Aznavour: ¡a sus 91 años todavía canta!

El cantante francés a pesar de su avanzada edad hace giras internacionales, agota entradas y expresa su punto de vista sobre el arte, su país y el mundo.

En el Palacio de los Deportes de París, Aznavour ratificó de nuevo en una serie de conciertos que si algo lo mantiene vivo es subirse a un escenario y cantar. Foto: A.F.P.

No olvida que hace más de 60 años, al comienzo de su carrera, la crítica francesa lo masacró, ni cómo desestimó su voz, su look y crucificó sus letras. Pero ni entonces ni ahora le importó: “De haberlos escuchado, nada hubiera hecho”, asegura Charles Aznavour al diario Le Figaro. A sus 91 años de edad, el intérprete de C’est fini sigue vigente. Es todavía el cantante más importante de su país, Francia, donde no vive pero sobre el que opina con la libertad de quien sabe que nada debe y nada teme. “Mientras más me criticaban, más insistía. Nada me detuvo ni me detiene, soy un hombre libre en mi trabajo”, añadió, revelando de paso el secreto de su eterna juventud.

Sus letras siempre fueron más allá, rompieron paradigmas, incomodaron a unos y liberaron a otros. Aznavour, una voz visionaria de su sociedad, se ganó con talento y disciplina el derecho a crecer de la mano de una amiga suya, la figura cimera de la canción francesa Edith Piaf, y de compartir escenario con gigantes como Frank Sinatra y Dean Martin, entre muchos otros. Más que de Francia, Aznavour es un embajador de los derechos de los individuos y ante todo de las pasiones y sentimientos humanos. “En 1970 compuse la canción ‘Comme ils disent’. La siguiente que se compuso sobre homosexualismo vino 30 años después. Me gusta escribir lo que los demás no escriben, esa es mi enfermedad”, dijo a El País de Madrid. Esa enfermedad sigue llevándolo a grabar, a hacer giras, a seguir más vivo que gente con un tercio de su edad.

La semana pasada, el Palacio de los Deportes de París vio al Aznavour de siempre. Cantó con candor y desparpajo poético tanto del desamor como de axilas femeninas. Ante un escenario hasta las banderas, ofreció a sus creyentes un banquete de 27 de sus mejores chansons. Dueño absoluto de la situación, se dio el lujo de detenerse a la mitad de una canción, supuestamente confundido por el arreglo que intentaron sus músicos. Regresó a lo que conocía y la terminó con gloria. Un público tan exigente como el parisino, acostumbrado a lo inmaculado, no se atreve a criticar a Aznavour, un semidiós en un país profundamente laico.

Como cualquier artista del momento, emprendió su gira de conciertos con ocasión de su nuevo álbum, el número 51 de su carrera. El título Encores, referido a las repeticiones que le suele pedir el público, tiene un mensaje: queda mucho artista todavía. Las reseñas de prensa lo describen como un disco nostálgico. A pesar de eso, Aznavour no cree que todo tiempo pasado fue mejor, más bien que en el pasado ciertas cosas funcionaban mejor y otras eran mucho peores. Su nuevo disco lo simboliza. En palabras de Helen Brown, del diario británico The Telegraph, el cantante “ha perdido algo de resonancia, pero ha ganado una fragilidad conmovedora”.

Es apenas natural que después de una larga carrera tantas personas se identifiquen con él. Generaciones tras generaciones han escuchado su voz y cantado sus canciones inmortales como Mourir d’aimer o La bohème, entre cientos. Compuso todas en francés, porque no se atrevió a abandonar la lengua que le dio todo. Es su manera de ratificar el espacio que se construyó desde que entendió que no era un galán ‘como Julio Iglesias’. Ha hecho de sus defectos sus mayores fortalezas: casi siempre fue un cantante ‘mayor’ para sus seguidores, que piensan que ha estado en la escena por siempre. Pero es que así ha sido. Siete décadas de trayectoria y casi 180 millones de discos vendidos dan testimonio de ello.

‘Aznavoice’ es de origen armenio, algo que nunca ha negado, e incluso acompañó al presidente François Hollande a la conmemoración del centenario del genocidio armenio a manos de turcos otomanos en 1915. Pero se aleja del reclamo histórico con una actitud conciliadora: “No canto en Turquía, no quiero que se utilice, que nadie diga ‘Mira, ahí viene’, pero sí me molesta no poder ir porque el pueblo turco es como cualquier otro, no es más malvado que ninguno. Que me digan que no se mató en España, en Francia…”. Algo de historia sí sabe, pues pocos cantantes pueden decir que han estado ahí para apoyar presidentes desde Charles de Gaulle.

No es ajeno a la era en la que vive ni a los hechos del momento. Lee las noticias, escucha radio. Leyó el libro más reciente del premio nobel Patrick Modiano y se declara tocado por todo lo que pasa. A tal punto que en su disco propuso una solución a la crisis de refugiados. A Le Figaro le aseguró: “Nunca me deprimí en mi vida, me tomo la vida por el lado amable pero me pone muy mal ver a todos estos migrantes. Una de mis canciones explica que tenemos un sinnúmero de pueblos abandonados. ¿Por qué no llenarlos con estas personas interesantes?”. Abrió su concierto con la canción Les émigrants (Los inmigrantes) y aseguró que está dispuesto a acoger algunos en su casa. “Tengo los medios para comprar una vivienda prefabricada y espacio para instalarla. Sacrificaría sin problemas un par de olivos”, declaró el músico al diario Le Parisien.

Estas y muchas de sus opiniones pueden resultar locas para muchos conservadores, pero están influenciadas por sus orígenes. En la autobiografía que comparte en su página web, cuenta que sus padres eran inmigrantes armenios, su hermana nació en Grecia y él en París en 1924, mientras la familia esperaba una visa para viajar a Estados Unidos. Su nacimiento cambió los planes, su padre abrió un restaurante y la chanson ganó a Aznavour. “El viejo era mucho más hábil para la música que para administrar un negocio”, asegura, y añade que en ese espacio se enganchó con el arte. Escuchaba las orquestas húngaras que su padre invitaba a su establecimiento, pero el restaurante no lograba ser rentable pues el viejo insistía en ofrecer comida a quienes lo necesitaban. Aznavour describe una infancia muy necesitada y, a la vez, muy feliz. Siempre asumió la buena actitud frente a la vida que le enseñaron sus padres.

Su relación con la educación fue de amor y distancia. Dejó la escuela a muy temprana edad pero su Certificat d’Études de primaria le producía inmenso orgullo. “Me tomó 70 años recibir otro diploma, el título de doctor honoris causa en varias universidades. Es uno de mis mayores logros pues siempre me sentí incómodo de no haber tenido estudios superiores”.

Primero quiso ser actor, y con su hermana actuó en pequeñas obras de teatro. Pero a los 9 años ya había compuesto su primer tema y tras conocer al pianista Pierre Roche se dedicó de lleno a componer e interpretar canciones. “Compusimos para nosotros y luego para otros”, cuenta. Conoció a Edith Piaf, con quien tuvo una relación “de primos”, quien lo invitó a Estados Unidos y Canadá. En este último vivió tres años y se fue convirtiendo, con su acompañante Roche, en una celebridad local. Pero su casa lo llamaba y decidió regresar. Desde los años cincuenta su leyenda creció en Francia, las críticas fueron cediendo y en 1956 ya era una estrella. Su fama creció tanto que en los sesenta regresó a la actuación e hizo parte de varias películas.

El cantante, el actor, el francés por excelencia que nunca ha olvidado ser armenio, el artista sensible a los temas sociales, el transgresor lírico es tantas cosas que es difícil encasillarlo. Pero no cabe duda de una cosa: hoy como a nadie en el escenario artístico mundial se le puede considerar el inmortal.

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