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| 4/8/2002 12:00:00 AM

La enemiga de la reina

La reina madre, el personaje más querido de la familia real británica, odiaba a Wallis Simpson, la mujer que, irónicamente, le permitió llegar al trono de Inglaterra.

Este no ha sido un buen año para la casa real británica. En menos de dos meses los Windsor han perdido a dos de sus miembros: la princesa Margarita y la reina madre. La ex soberana, que murió a los 101 años, era la figura más querida y respetada de la monarquía debido a su dulzura y agudo sentido del humor. Sin embargo la encantadora viejecita, cuya muerte tiene acongojado al pueblo británico, fue una mujer de armas tomar a la que nadie habría querido tener de enemiga. Esa fue la suerte de Wallis Simpson, la norteamericana dos veces divorciada por la que el rey Eduardo VIII abdicó al trono. El odio que sentía la reina madre por su concuñada era tan grande que incluso la culpó de la repentina muerte de su marido, el rey Jorge VI, quien vio menguar su estado de salud debido a la presión de gobernar en medio de la Segunda Guerra Mundial.

El soberano había llegado al trono a raíz de la crisis provocada por la relación escandalosa entre su hermano, el rey Eduardo VIII, y Wallis Simpson, su amante casada. Aunque en los círculos reales la infidelidad era una constante las amantes de los nobles sabían respetar las normas del protocolo y jamás interferían en la vida pública de sus parejas. Así lo entendieron Freda Dudley Ward y Thelma Furness, quienes supieron mantener un bajo perfil durante el tiempo que compartieron el lecho con el rey Eduardo cuando él todavía era príncipe de Gales. Pero Wallis Simpson no tenía el mismo carácter de sus antecesoras y desde el comienzo dejó en claro que ella había llegado para quedarse. Sin importar su condición de mujer casada Wallis se las ingenió para que el príncipe soltero más cotizado de Europa la cortejara. El heredero al trono invitaba a la norteamericana a las fiestas más pomposas de la corte y organizaba viajes los fines de semana para estar con ella en la fortaleza de Belvedere.

Fue precisamente en ese apacible lugar en donde la futura reina madre y Wallis tuvieron sus primeros roces. La entonces duquesa de York veía con malos ojos que su cuñado pusiera en peligro la estabilidad de la monarquía al relacionarse con una mujer divorciada y aventurera que, a su juicio, sólo buscaba aprovecharse del prestigio y fortuna de la corona. La duquesa Elizabeth era la consentida de sus suegros, los reyes Jorge y María, quienes veían en la aristocrática joven escocesa una de las mejores adquisiciones de la familia. Su comportamiento intachable, su alegría y su férreo sentimiento del deber le habían merecido el respeto y el amor del pueblo británico. Ella había logrado convertir al tímido y tartamudo príncipe Bertie en un hombre más decidido y seguro de sí mismo.

Para los reyes todo estaba muy claro. Mientras la duquesa Elizabeth sacaba a flote al príncipe Bertie, Wallis se encargaba de hundir la buena imagen del heredero al trono.

Según Wallis, la duquesa de York era una mujer hipócrita, mal vestida, anticuada y sin glamour. Era tal su desprecio que cada vez que podía se burlaba de la duquesa imitando su manera de hablar y de comportarse.

Con la muerte del rey Jorge y el repentino divorcio de Wallis se acrecentaron los temores de que el príncipe de Gales contrajera matrimonio con su amante y la convirtiera en reina de Inglaterra. Ante las presiones políticas, sociales y familiares el príncipe no tuvo más remedio que elegir entre el amor y el deber. Su decisión de abdicar al trono en 1936 ha sido considerada como una de las pruebas de amor más grandes de la historia pero para los Windsor fue la demostración de su falta de carácter.

Al ser los segundos en la línea de sucesión los duques de York se convirtieron en reyes y afrontaron una serie de responsabilidades para las que no estaban preparados. Bertie, cuya personalidad era bastante débil, confesó que se sentía como una oveja llevada al matadero. El continuo estado de estrés y tensión del rey generó un severo malestar en la reina madre, sobre todo al ver que su esposo se consumía mientras Wallis y el ahora duque de Windsor vivían una vida relajada en el exilio. Como castigo la reina madre le prohibió a su esposo que volviera a hablar por teléfono con su hermano y lo aislaron de todas las actividades protocolarias. En represalia el duque se negó a regresar a Gran Bretaña.

Tuvieron que pasar 30 años desde la abdicación para que la reina madre y Wallis se volvieran a encontrar en un acto público. Esto ocurrió el 7 de junio de 1967. La ocasión fue el centenario del nacimiento de la reina María, la abuela de la reina Isabel II, y por tal motivo la soberana extendió la invitación a su tío el duque de Windsor.

El encuentro entre las dos archienemigas fue cordial. No se podía esperar otra cosa dado que las damas se encontraban rodeadas de fotógrafos. Eso sí, Wallis no se aguantó las tres décadas de ostracismo y desplantes y cuando se acercó a saludar a la reina madre no se inclinó ante ella.

Fiel a los compromisos de su rango la reina madre expresó su dolor ante la muerte del duque de Windsor en 1972 e incluso asistió a la misa por el alma de Wallis cuando ésta falleció en 1987. Quizá con este último gesto la reina quiso demostrar que lo cortés no quita lo valiente y la nobleza no se improvisa. Incluso con los enemigos.
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