Lunes, 5 de diciembre de 2016

| 2003/04/20 00:00

La generación de los 'proustáticos'

Contra sus principios, Daniel Samper Ospina se lanza al agua y escribe acerca de 'Impávido Coloso', la novela de su padre, Daniel Samper Pizano.

De entrada es aburrido ponerse a escribir sobre el papá. Y más cuando el papá está vivo, y más cuando no es sobre el papá, sino sobre lo que él hace, y más cuando uno hace lo que el papá hace, que es trabajar en la prensa. Es aburrido por todo eso, pero sobre todo porque ni soy crítico literario, ni SEMANA es una revista especializada, y al final el asunto se convierte en un espectáculo de farándula y no en un debate académico. De ser serios, estaría vetado para opinar sobre la obra de un familiar por no tener distancia de juicio y en estos momentos estaría dedicado a cosas más provechosas, como convencer a una modelo de que se desnude para SoHo.

Aun así, tal vez valga la pena decir que Impávido Coloso, la primera novela de mi papá, tiene dos cosas interesantes por lo que representa. La primera es que es el estreno literario de un viejo, y que de alguna manera se puede convertir en la punta de lanza de una serie de escritores colombianos a los que se les inflaman al tiempo la vena de la próstata y la literaria. Son una mezcla de proustianos y prostáticos. Y no son plumas jubilosas sino jubiladas.

Sé que al tiempo que mi papá, personas como Pedro Alejo Gómez y Carlos Castillo, ambos mayores de 50 años, también trabajan sus primeras novelas. Lo cual va a lograr el fenómeno de que los nuevos escritores colombianos sean los viejos, y que, de seguir esa tendencia, en cualquier momento Hernán Echavarría o Saúl García sean los llamados a refrescar la literatura nacional.

A mí me parece bien que los cincuentones escriban. Creo que por lo menos eso los exime de hacer cosas peores: dedicarse a coleccionar estampillas, por ejemplo, o salir a pasear el perro en sudadera. Y supongo que no hay mejor momento para escribir que ese de estar en la plena madurez intelectual, cuando el paso del tiempo se ha vivido en carne propia y la muerte acecha cada vez desde más cerca. Desde la altura de los años la neblina comienza a bajar, los adjetivos inútiles se dejan de lado, no hay tantas pretensiones de imitación, uno está fermentado por la lectura de muchos libros y tiende a equivocarse menos.

Y eso se nota en Impávido Coloso. Está libre de imitaciones; no cae en la tentación de recoger las boronas de Cortázar o de García Márquez para lograr un tono. Y, como las personas mayores, no es una novela que se sienta responsable de hablar del país, ni de interpretar su propia época, ni de nada: simplemente de contar a sus anchas una historia que sea capaz de sostenerse sola.

Y eso es la segunda cosa que me parece interesante de Impávido Coloso: que la novela no tiene ataduras coyunturales. La generación que antecede a la de los proustáticos, es decir, la de personas tan talentosas como Jorge Franco, Efraim Medina, Ricardo Silva, Sergio Alvarez y todos los demás jóvenes que suelen publicar en SoHo, muestra en su producción literaria una resonancia directa con el país y lo que nos sucede: en su excelente ejecución literaria todos están marcados por la epilepsia de sangre en que sobrevivimos. Rosario Tijeras, de Franco, habla del mundo del sicariato en Medellín; Erase una vez el amor pero tuve que matarlo, de Medina, narra la vida de un personaje rebelde que por momentos tiene sexo mientras caen bombas; Silva y Alvarez centran la trama de sus novelas en el secuestro.

Pero Daniel Samper Pizano salió con una cosa que no obedece a nada de eso: su ficción ocurre en Brasil. Y ni siquiera en el Brasil de ahora, sino en el de los años 70. En el de la dictadura militar; en el de la represión; en el de los falsos milagros económicos. Y eso es interesante: que un tipo de 57 años se siente a escribir su primera novela y que esa novela responda a sus ansias de contar una historia que no ocurre ni en su país ni en su tiempo, es arriesgado pero a la vez importante. Porque allí queda abandonado el escritor ante la historia que tenga, y no hay condimentos que puedan disimular su fracaso. Alejada de un contexto que por su actualidad le agregue otros valores, sin ningún madero que la soporte, fuera del literario, el escritor queda más expuesto ante lo que hizo. No hay matices en el juicio: la novela es buena o es mala.

Y debo decir que a mí, por lo menos, me pareció buena. La historia es redonda y se lee rápido; tiene un par de personajes con mucho peso; los diálogos son ágiles y verosímiles; el humor es apenas un aceite para disolver la trama. Y, aprovechando el viaje de unos periodistas invitados al Brasil, cumple con el propósito único de la literatura, que es hablar del alma humana.

Encerrados en lo que él llama el efecto burbuja, en que terminan metidos quienes van a un viaje de estos, los procesos del alma se aceleran: los amores son más intensos, los odios más profundos y en general la presión de vivir se siente con más fuerza. Porque todo es una carrera contra el tiempo, como es la vida, y los personajes saben que lo que les ocurra en esos 15 días que dura el viaje tiene que ser vivido con urgencia y sin reparos. Es como reconocer que no estamos hechos de venas y huesos sino de tiempo que se va, de minutos que huyen, de segundos que se nos escurren sin que nos demos cuenta, y que ante eso no nos queda más responsabilidad que la de vivir a fondo.

Digo que a mí me gustó, pero es un juicio totalmente personal. Lo que creo que puede trascender mi gusto es el hecho irrefutable de tener como padre a un impávido escritor: un hombre que en el momento de la vida en que muchos buscan el reposo y la quietud no haya sentido pavor de lanzarse a escribir una novela. No niego que me siento muy orgulloso de él; de lo que ha hecho. Y que me pareció bueno como novelista. Ojalá mi modesta apreciación lo estimule para que arranque con su segunda novela. A su edad, con sus años y su experiencia, estoy seguro de que, si lo hace, al menos lograremos tenerlo entretenido y nos librará de la indignidad de verlo pasear al perro en sudadera.

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