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| 11/15/1982 12:00:00 AM

La historia de Bernardo Hoyos, un "hombre de radio"

De pequeño, oía a la BBC en su pueblo. Ya mayor, su pueblo lo oía por la BBC. Esta es la historia de un "hombre de radio".

Era un radio Philco muy grande, de madera, botones de pasta y tubos que se calentaban lentamente. Cada noche, en la casona paterna de Santa Rosa de Osos, Bernardo Hoyos lo hacía chirriar entre emisora y emisora. Saltaba de la BBC a la Radio Nacional, moviendo simplemente aquella agujita misteriosa que recorría el mundo entre el dial de vidrio, lleno de cifras y de letras cripticas.

Bernardo Hoyos no era, como ahora, un cincuentón nervioso y simpático, de presencia tan imponente como su voz, sino un niño de ojos vivaces cuya madre estaba lejos de sospechar que algún día lo escucharía por esos mismos canales de la BBC que él oía con tanta pasión, como locutor oficial de la emisora. Eln niño cuyo padre, el notario del pueblo, era algo más que un notario de pueblo. En efecto. Luis Hoyos, típico padre de familia antioqueño, que no pudo viajar a Medellín para pagarse la carrera de derecho, acostumbraba releer en voz alta los textos de su biblioteca. Cuando terminaba la emisión hispana de la BBC, el niño se quedaba en la sala, cabeceando a veces, entre carpetas tejidas y pesados muebles de caoba, oyendo las narraciones que con voz sonora leía su padre en grandes volúmenes forrados en cuero. Así conocio Bernardo Hoyos la literatura rusa y se acercó a los grandes autores europeos del siglo pasado: auditivamente.

Comenzaba así, en forma inopinada. La formación de un hombre de radio que sería capaz, décadas después, de pasar a un medio tan difícil como la televisión, tras haber sido golpeado por el destino con una ceguera parcial.

Hoyos creció entre ese ambiente un tanto macondiano de Santa Rosa, antes de marcharse a Medellín para cumplir el sueño inacabado de su padre de estudiar abogacía. Era un ambiente que incluía los recuerdos de un Porfirio Barba Jacob, santarrosano, que había sido maestro del padre de Hoyos y que sacó el seudónimo de "Ricardo Arenales" del nombre de un barrio del pueblo. Un ambiente capaz de generar una leyenda como la de la compañía norteamericana que, según cuentan, ofreció desbaratar el pueblo y volverlo a construir sesenta kilómetros al norte, para poder explotar tranquilamente la roca de oro sobre la cual lo habían construido.

Ese estudiante, que al llegar a la Universidad Bolivariana cayó inevitablemente en la emisora de los sacerdotes y la transformó, es el mismo cuya voz despierta recuerdos en los colombianos mayores de treinta y capta adeptos entre los menores; el mismo cuya voz profunda y sonora entrevista a los más opuestos personajes, habla de jazz y de música barroca, comenta la actualidad y también cita hechos de su memoria personal. Bernardo Hoyos se ha convertido en una voz, la voz que soñaba ser cuando oía la BBC hace cuarenta años en Santa Rosa.
Una voz que sabe tanto de música como de discos; es decir, una voz radial que revierte sobre otro fenómeno radiofónico: la grabación discográfica. Hoyos es una autoridad en lo que considera uno de los principales hechos del siglo, el disco.

Códigos vs. micrófonos
 
Sin embargo, detrás de esa voz profunda que los oyentes persiguen por todo el dial, de emisora en emisora, siguiendo sus programas, hay un Bernardo Hoyos de carne y hueso, que trabaja en largas e irregulares jornadas, que tiene dos hermanos gemelos, que está felizmente casado y que, sorprendentemente, no posee una gran colección de discos ni un espectacular equipo de sonido.
¿Cómo llegó Bernardo Hoyos a dirigir la División Cultural de RTI, su último cargo, después de haber sido locutor de la BBC y de quedarse ciego parcialmente en un país de Europa Oriental? La historia, que no deja de tener un aire novelesco, empieza en Medellín.

El sonido del saxofón de Stan Getz llena el pequeño estudio de Hoyos, cuando cierra los ojos antes de comenzar su relato. Era el año de 1953; estaba en segundo de derecho, cuando empezó a colaborar en una emisora de apenas medio kilovatio de potencia, que entonces dirigía Leonardo Hoyos en la Universidad. Sorpresivamente, Leonardo Hoyos se retiró y Bernardo recibió un ofrecimiento asombroso por parte de Monseñor Henao Botero, el rector: sería director de la emisora y tendría como regalo dos kilovatios de potencia más. Cubriendo todo el Valle de Aburrá y con todo el empuje de Hoyos detrás, la emisora universitaria empezó a competir ventajosamente con los tangos y los boleros de la Voz de Antioquia y de Radio Nutibara.

Sin embargo, aquella experiencia feliz no duró mucho. Hoyos debió abandonar la emisora, primero parcialmente y después en forma definitiva, para escribir una extraña tesis: "El derecho en la España visigótica y la obra jurídica de San Isidoro de Sevilla". Tal exabrupto medieval mereció una calificación "cum laude" y retrata de cuerpo entero al Bernardo Hoyos intelectual de entonces, cuya madre recibió una felicitación formal de las señoras del pueblo, por la brillante tesis que su hijo había escrito sobre "los milagros de San Isidro". Pero ya entonces había empezado a hacer radio con el estilo cambiante, colorido y humano que conserva hasta ahora.

Hoyos pareció alejarse definitivamente del micrófono en 1956, cuando aplicó a una beca y se marchó a estudiar derecho comparado en Dallas. Pero en realidad se sumergió en diferentes bibliotecas universitarias, leyendo todo lo que años después se convertiría en su mayor bagaje intelectual. cuando la enfermedad le impidió volver a repasar las páginas de un libro. Viajó a Europa en 1959 y descubrió a Londres, ciudad que constituye una de las mayores pasiones de su vida. Con el propósito de regresar algún día, Hoyos regresó a Bogotá y empezó a trabajar en Cine Colombia, de donde lo botaron por recomendar la proyección de películas de Bergman. El director sueco, desconocido entonces en Colombia, condujo a la empresa a un serio descalabro economico, con cuya culpa cargo Hoyos. Trabajó en publicidad, dentro de la agencia MacKann Ericsson, y fundó Diriventas con otros colegas de su gremio.

Julio Nieto Bernal, otro hombre de radio con una voz especial, lo llamó entonces para hacer el programa "Monitor". De esta forma, Hoyos regresó a la radio. Con Bernal hizo también "Línea directa". excelente precursor del actual "6 a.m. 9 a.m.". Era la época de las fiestas con discos de Duke Ellington, en el apartamento de Hoyos en la Soledad. Pero habría de abandonar la radio otra vez: se marchó a vivir en New Orleans, como director de Relaciones Públicas de la Panamerican Life Insurance Company. Allí, apoltronado entre un buen sueldo, un apartamento en Canal Street, la biblioteca de la ciudad, el jazz embalsamado para los turistas y su creciente colección de revistas "New Yorker", Hoyos pasó dos buenos años. Hizo tambien radio, en su tiempo libre, con una emisora hispana de New Orleans. Pero, temeroso de fusilizarse, huyó de nuevo a Londres, ciudad donde se había propuesto vivir. Cuando apenas llevaba un mes allí aún sin establecerse del todo, organizó un viaje con dos amigas, una canadiense y otra inglesa, una de ellas azafata. Irían hasta Europa Oriental. Se pusieron una cita en Ginebra y viajaron hasta Yugoeslavia en el automóvil de la inglesa. Allí, repentinamente, Bernardo Hoyos fue atacado por un virus.

Cambio de viento
 
El nombre dice bien poco: virus de Arada. Pero su efecto es contundente: tumba las retinas. Completamente ciego, Hoyos viajó a Roma, en donde le ayudó el escultor Rodrigo Arenas Betancur. El viaje se había convertido en una pesadilla; cuando Hoyos descendió del avión en Bogotá, no reconoció a sus hermanos. Sin embargo, no se dejó derrotar. El doctor Alvaro Rodríguez González, que posteriormente se convertiria en una de las personas más importantes de su vida, logró que recuperara la vista parcialmente pocas semanas después. Luego de una larga lucha con el virus de Arada, que infecta el interior del globo ocular, Hoyos pudo volver a leer y a desarrollar una vida normal. Trabajó en Radio Sutatenza y en RCN, haciendo el famoso programa "La hora nacional de Diriventas".

Pero Londres seguía picándole. Era como un reto. Regresó a Europa, con un puesto en la edición española de la revista "The Economist". Allí se encontró con Eddy Torres, actual director de la Biblioteca Nacional quien lo condujo al cargo de editor de la revista "International Management", donde permaneció por espacio de ocho años.

Fue entonces cuando se produjo el mágico acontecimiento de que la voz de Bernardo Hoyos sonara en los radios de Santa Rosa de Osos a través de la BBC. Jorge Arturo Mora, colombiano más londinense que la niebla, era director de programación del Servicio Latinoamericano de la BBC. Encargó a Hoyos la elaboración de un libreto sobre Bolívar para una serie histórica. Bernardo escribió 25 programas de media hora. Comenzó a ir a la emisora asiduamente; un día cualquiera, le entregaron momentáneamente el micrófono. Hoyos estaba preparado. Sus primeras palabras fueron sobre un tema frívolo: el hombre mejor vestido del año. Hoyos se lo había encontrado en Regent Street, clásica calle de Londres, y lo había abordado. "Este cronista se encontró con Collin Hemick, gerente de la sastrería A lexander and Shepard, de la calle de Saville Row, recientemente elegido como el hombre más elegante del año: fueron, más o menos, sus primeras palabras. "Señor Hemick, ¿son los londinenses los hombres más elegantes del mundo?, preguntó Hoyos. "No, le replicó Hemick, los hombres más elegantes del mundo son los latinoamericanos que vienen a vestirse a Londres".

Bernardo Hoyos trabajó ocho años en la BBC, hasta cuando sintió el gusanillo de la patria perforándole las entrañas. Entonces, en 1979, regresó.

Y volvió a hacer radio. Paulatinamente, había perdido gran parte de su capacidad visual. Incapaz de leer un libreto, entrenó una nueva forma de hacer radio, improvisando sobre pautas generales. Sólo su gran experiencia le permitió salir adelante. Tenía los recuerdos de aquellos años felices cuando hacía sonar a Lucho Gatica y a Pedro Vargas en los radios londinenses y cuando estuvo metido en el archivo sonoro de la BBC en Egton House, encontrándose, en medio de 38 versiones del octavo cuarteto de Beethoven,las rancheras de Olimpo Cárdenas y las composiciones ignotas del maestro Olav Roots.

Su regreso fue una especie de "volver sin haberse ido". Hizo televisión por primera vez con el programa "Palco de Honor" de RTI y formó parte de esa generación de pioneros de FM (frecuencia modulada) que logró vivir de y para la FM. Hizo "La música que a mí más me gusta" e "Invitado especial" en Caracol Estéreo, además de programas de jazz y música culta en la HJCK y en Musicar. Pero debe abandonar los micrófonos para atender los proyectos de la División Cultural de RTI que comprenden, entre otras cosas, ir a México tras el rastro de Barba Jacob y presentar a Badura Skoda y a Achúcarro tocando sus conciertos en televisión. Y ahora, entre sus 150 discos de Duke Ellington, su colección de música que consta más que todo de curiosidades discográficas, la lupa con que lee los mensajes, la voz de Lina Botero, su asistente, que le lee en varios idiomas, sus libros más queridos, su hijo Juan Sebastián y un buen vaso de whisky con soda, Bernardo Hoyos tiene la certeza, o por lo menos la esperanza de que no saldrá más de Colombia.
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