17 noviembre 2012

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La historia de Reinaldo Torres: con fe ciega

HAZAÑAUnos soldados colombianos heridos en combate formaron el primer equipo de montañistas discapacitados en el mundo. De este hace parte Reinaldo Torres, un joven que perdió la vista por una granada y ahora se prepara para conquistar el Kilimanjaro.

La historia de Reinaldo Torres: con fe ciega.

Foto: JULIÁN MANRIQUE TRUJILLO

Cuando a Reinaldo Torres se le mete una idea en la cabeza no hay nada ni nadie que se la saque. Así ocurrió cuando se enlistó en el Ejército y perdió la vista durante un ataque guerrillero, o el día que se abrió paso entre las más de 50.000 personas que participan en la maratón de Nueva York. Para é
l no hay reto imposible. Ni siquiera subir una de las montañas más altas del planeta.

“¿Y yo cómo hago para llevar a un ciego a la cumbre?”, fue lo primero que se preguntó el coronel Gabriel Cardona, director de la Oficina de Atención al Herido en Combate del Ejército y creador de Expedición Huella, el primer equipo de alpinistas con discapacidad en el mundo. Al principio la petición sonaba un poco descabellada, pero el oficial, quien también sufrió un atentado y perdió la pierna izquierda, aceptó y le buscó un lazarillo con excelente estado físico. Porque seguirle el paso a Reinaldo no es cosa fácil. “Con razón mi coronel dice que yo siempre lo pongo en apuros”, admite.

Después de varios meses de entrenamiento en el gimnasio y simulacros cerca de Bogotá, Reinaldo llegó a la cima del Ritacuba blanco, el pico más alto de la Sierra Nevada del Cocuy, con 5.330 metros sobre el nivel del mar. Aunque no pudo disfrutar del paisaje como el resto de sus compañeros, sintió la inmensidad de la montaña y se dio cuenta de que ese era apenas el comienzo de muchas aventuras. Hace un mes, NatGeo se lo llevó a él y al coronel Cardona al volcán Cotopaxi, en Ecuador, pero las malas condiciones meteorológicas les impidieron “hacer cumbre” a 5.897 metros. El programa, que muestra los pormenores del viaje y narra la historia de Reinaldo, se emitirá el 18 de noviembre a las 9 de la noche.

El joven de 30 años ya tiene claro que su próxima parada es el monte Kilimanjaro, en África, pues el objetivo de Huella es conquistar las siete cumbres más altas de cada continente. El grupo, fundado en 2006, estuvo en el Aconcagua hace tres años y ahora se está preparando para visitar Tanzania. La idea es hacerlo en enero, pero todo depende de si consiguen el patrocinio de la empresa privada. En cada expedición viajan varios soldados heridos en el conflicto armado –Reinaldo es el único ciego, mientras que los demás carecen de alguna extremidad–, junto a un equipo de especialistas, entre médicos, fisioterapeutas, psicólogos y montañistas profesionales. En esta ocasión, irán 16 integrantes y se estima que la travesía durará unos 14 días.

Al igual que le sucedió a Reinaldo, cada vez más militares discapacitados se quieren unir a la iniciativa. “Después de que salen de rehabilitación les decimos que van a hacer la maestría en la montaña. Les quitamos el chip de heridos y les ponemos el de estudiantes, padres de familia y deportistas –explica el coronel–. Lo importante no es tanto llegar a la cima, sino convencerlos de que pueden lograrlo así no vean o no tengan piernas”. Al comienzo solo eran cinco y ahora ya suman casi 30, pero como los costos son tan altos no todos pueden viajar al tiempo. Al ‘alpinista ciego’, como lo llaman a Reinaldo en NatGeo, le correspondió el turno esta vez. El desafío es grande y los riesgos, también. Sin embargo, para él lo peor ya pasó.

Nacido en Nátaga, un municipio al sur del Huila, Reinaldo se fue de la casa apenas terminó quinto de primaria para aventurarse como recolector de café. Cuando ya estaba a punto de cumplir 18, prestó servicio y al terminar decidió seguir con la carrera militar. Recorrió varios puntos de la geografía colombiana durante más de año y medio hasta que lo trasladaron definitivamente al Caquetá en 2004. “Todo el tiempo nos decían que lo que se nos venía encima no se parecía a nada de lo que habíamos vivido hasta el momento –recuerda–. Un compinche me propuso que nos diéramos de baja, pero yo preferí quedarme”.

Al día siguiente, su brigada se tomó un campamento guerrillero en la vereda El Billar, en Cartagena del Chairá, 50 kilómetros selva adentro en helicóptero. Cuando empezó el combate, los subversivos se negaban a retroceder y en una de las arremetidas dos guerrilleros atacaron a Reinaldo de frente: uno le disparó en el brazo derecho y el otro, le lanzó una granada directa a la cara. Se salvó de milagro a pesar de tener que esperar dos días en la espesura mientras los refuerzos lograban esquivar el fuego enemigo. Los médicos del Hospital Militar de Bogotá le reconstruyeron con éxito el brazo e intentaron salvarle el ojo derecho, pero después de cuatro cirugías le advirtieron que ya no volvería a ver.

Entonces comenzó lo duro. “Al llegar al Batallón de sanidad yo no quería saber nada de la vida. Andaba en silla de ruedas y solo era una disculpa porque no me dolía nada”. Eso cambió el día en que una fisioterapeuta lo obligó a hacer ejercicio en la trotadora. Reinaldo aprendió a manejarla de inmediato y al poco tiempo ya hacía parte de la liga de atletismo del Ejército. Entre 2006 y 2009 corrió en las maratones de Bogotá, Medellín, Cali, Manizales, Villavicencio, Bucaramanga y Nueva York. Después de cruzar la meta en esta última y dedicarle el triunfo a su hijo Owen de 4 años, se despidió de las pistas para dedicarse al montañismo.

Según él, lo más difícil de ese deporte no es escalar a oscuras, sino acostumbrarse a la comida. “A mí me hace feliz desayunar pan con chocolate, almorzar seco con sopa doble y cenar un plato de arroz con tres huevos. Pero allá solo llevamos enlatados y golosinas”. El coronel Cardona da fe de ello, pues en los recorridos los soldados nunca se quejan de su discapacidad sino de la alimentación o de las bajas temperaturas. Están tan determinados a conquistar la cima que muchas veces se les olvida que usan prótesis o que deben agarrarse del hombro del guía para continuar.

Otro factor clave al momento de ascender, además de la voluntad, es el autocontrol frente a cualquier situación de peligro. Antes de partir, se someten a rigurosos exámenes médicos y psicológicos, pues ningún participante con trastorno mental está en condiciones de vivir una aventura de esa naturaleza. “Las fotos de las montañas se ven espectaculares, pero nadie se imagina lo que es subir a soportar frío y enfrentar sus propios miedos. –asegura Eloísa Cárdenas, la psicóloga del equipo–. A Reinaldo lo escogimos porque tiene un ingrediente muy importante: ganas de cumplir todo lo que se propone”.

Él mismo dice que para llegar a la cumbre no se necesitan músculos, sino “un corazón fuerte”. Cuando a finales del año pasado se posó sobre el Cocuy, lo primero que pensó es que si había subido hasta allí, podía repetir la hazaña en el Everest. “Se me metió esa locura en la cabeza. Todavía no sé cómo, pero lo voy a hacer”. De lograrlo, se convertiría en el segundo invidente en la historia en poner un pie sobre el techo del mundo, después del estadounidense Erik Weihenmayer. Reinaldo quiere seguirle los pasos y, así todavía no tenga el presupuesto, sabe que algún día plantará la bandera tricolor en el Himalaya. “Los indios somos indomables: siempre le encontramos la comba al palo”.
 
*Para conocer más de Expedición Huella puede visitar su página de Facebook y Twitter @expdicionhuella.
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