Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1998/11/09 00:00

LA HORA DEL AUTODIDACTA

En manos de José Saramago las letras portuguesas obtienen por primera vez el premio Nobel de Literatura.

LA HORA DEL AUTODIDACTA

Por esas extrañas circunstancias que siempre esta-rían presentes en su obra, el nuevo Nobel de Literatura no heredó el apellido de su padre, De Souza, sino el apodo de su familia, Saramago, con el cual fue registrado al poco tiempo de nacer, hace 76 años, en el pequeño pueblo de Azinhaga, Ribatejo, en el centro de Portugal. Su primera infancia la vivió en una casa de piso de tierra y sin ventanas, antes de que su padre decidiera buscar mejor suerte en Lisboa. Pero no la tuvo. El joven Saramago no sólo debió abandonar sus estudios por falta de presupuesto, sino que se vio obligado a ocuparse en los más diversos oficios, entre ellos la mecánica y la herrería. Su vocación sería la de autodidacta y su método el de revisar hasta el último rincón escrito de las bibliotecas públicas.
Así llegó a escribir su primer libro a los 25 años, una novela titulada Tierra de pecado que pasó sin pena ni gloria y tras la cual decidió guardar silencio durante varias décadas porque, como él mismo lo confiesa, "quizás no tenía nada que decir". Mientras tanto se hizo cronista y para muchos en un maestro del género. Su serie de notas y editoriales aparecidos en los periódicos fueron recopilados poco a poco en libros que lo dieron a conocer a sus lectores, antes de que en los años 60 y 70 se decidiera por completo a escribir, primero poesía y teatro, y luego las novelas que más tarde lo consagrarían como el escritor vivo más importante de su país y uno de los más sobresalientes de Europa.
Su novela Ensayo sobre la ceguera, publicada en 1996 con rotundo éxito, terminaría por extender su popularidad, pero al fin y al cabo sería apenas un eslabón más en la robusta cadena de una obra en la que Saramago supo no sólo interpretar la historia de su patria, sino reacomodar la novela con un estilo que le permitió multiplicar los narradores, violar las convenciones de los diálogos y, en general, refrescar un género que parecía estar en crisis.
Obras magistrales como Manual de pintura y caligrafía, Alzado del suelo, Memorial del convento, El año de la muerte de Ricardo Reis, esta última en homenaje a Fernando Pessoa, y Los cuadernos de Lanzarote, especie de autobiografía espiritual, lo habían candidatizado desde hace varios años al premio Nobel. Sin embargo, Saramago ya había perdido la esperanza. Aunque había dicho en más de una entrevista que estaba convencido de que no se lo concederían y que, en realidad, era mejor pensar que no era tan importante, cuesta trabajo creer que hubiera abandonado el deseo de obtenerlo. Desde hacía años los críticos e intelectuales estaban pidiendo a gritos el premio mayor de la literatura mundial para las letras portuguesas, pero si bien su nombre aparecería en algunas listas, el más favorecido en esa especie de apuesta intelectual era Jorge Amado, el célebre autor brasileño que viene sonando en la última década sin que la academia sueca le abra por fin las puertas de la consagración.
El porqué de la negativa es algo que muchos de sus seguidores todavía no comprenden. Pero por el momento la literatura portuguesa ha estrenado Nobel con sobrados méritos, gracias a la pluma de un autor tan genuino como su patria. Y a pesar de que haya dicho que "es mentira que el Nobel sirva para fomentar la literatura del país al que pertenece el galardonado", y que "para lo único que vale es para engrosar la cuenta corriente del autor", no cabe duda de que el premio servirá para que muchos de quienes aún no lo han descubierto, vuelvan los ojos sobre su obra con el simple y desprevenido deseo de descifrar su mundo, el cual, en última instancia, es el propio mundo del lector.

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