Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2004/10/03 00:00

La joya del emperador

El Taj Mahal, una de las obras más admirables del mundo, cumple 350 años. Una historia de amor tan inmortal como este monumento inspiró su construcción.

Había una vez, en el lejano reino de la India musulmana, un emperador que vivía feliz con su amada esposa, única razón de su existencia. Pero cuentan que un día Alá se la arrebató y después de llorar el Ganges mismo, quiso regalarle a su reina su última morada, una construcción tan grande como su amor, una representación del paraíso capaz de competir con la que describe el Corán: el Taj Mahal.

Y tan grande fue ese amor que por siglos ha permanecido inmortalizado en las paredes de mármol blanco del monumental mausoleo que se alza en la ciudad de Agra, en el estado de Uttar Pradesh, en la ribera del río Yamuna, y que cumple 350 años de existencia. Dicen que cada año alrededor de tres millones de personas visitan las tumbas donde yacen los restos del emperador Shah Jahan y su esposa Mumtaz Mahal para conocer o recordar su gran historia.

La leyenda se remonta a un temible y valeroso emperador musulmán llamado Jahangir, de los Mogol, dinastía que conquistó y reinó en la India entre 1526 y 1858, descendiente de guerreros turcos y mongoles y cuya capital alternó entre Agra y

Dehli. De sus hijos, el quinto, el joven príncipe Khurram, se convirtió en su favorito porque entre sus hermanos no había quien superara su talento en el arte y en la batalla. Tanto fue así que por sus múltiples victorias en las campañas militares para consolidar el imperio de su padre, el monarca lo honró con el título de Shah Jahan, o 'rey del mundo', un tributo nunca antes merecido por un mogol que no hubiera sido coronado.

Durante un bazar en el palacio real de Agra, el aún muy joven príncipe conoció el verdadero amor: una hermosa mujer de 15 años llamada Arjumand Banu Begam, hija o nieta (quienes conocen la historia no se han puesto de acuerdo) del ministro principal del emperador Jahangir. Fue amor a primera vista. La joven se estaba probando un collar de diamantes cuando el Shah Jahan se le acercó y preguntó el precio de la joya. Para impresionar a la muchacha, el príncipe pagó la elevada suma de 10.000 rupias y de inmediato le propuso matrimonio.

El compromiso quedó sellado pero tuvieron que pasar cinco años, en los que los novios no se vieron una sola vez, para que los asesores de la corte determinaran que las influencias celestes eran propicias para la unión que se llevó a cabo en 1612. Arjumand no fue la primera esposa del príncipe pero sí la más amada, al punto que fue nombrada Mumatz Mahal, que significa 'la elegida del palacio' y, según otras interpretaciones, 'perla del palacio'.

Años más tarde empezaron los problemas de salud del emperador y enseguida, la rivalidad de sus hijos por el trono. Pero después de muchas luchas y luego de las extrañas muertes de sus hermanos, el Shah Jahan fue coronado en 1628 y a su lado su amada reina. Durante 18 años ella fue su compañera inseparable, incluso iba a todas las campañas militares de su esposo para darle suerte. Fue una época de paz, prosperidad y de opulencia. Huellas de esta riqueza se conservan hasta hoy. Se dice que uno de los tantos collares de diamantes que le regaló a su mujer siglos después el actor Richard Burton se lo obsequió a Elizabeth Taylor y que la colección de la reina Isabel de Inglaterra tiene el diamante Kohinoor, uno de los más grandes del mundo, que estaba incrustado en la corona del Shah Jahan. "Si existe el paraíso en la Tierra, es aquí", era la inscripción que tenía el arco de su trono.

Pero la dicha no fue eterna. En junio de 1631 Mumatz estaba en el noveno mes de embarazo de su decimocuarto hijo y aun así decidió acompañar al rey a Burhanpur, en el Decán, para apagar una rebelión. En esas circunstancias se presentó un parto difícil y la reina no pudo resistir. La leyenda dice que con su último aliento le hizo prometer a su esposo que construiría para ella el más hermoso de los mausoleos, que se convertiría en símbolo de su amor.

La construcción del monumento empezó en enero de 1632, cuando el cuerpo de la reina llegó a Agra, donde fue temporalmente enterrado bajo una cúpula en la zona del jardín del mausoleo. Para entonces el emperador había abandonado todas sus labores, obsesionado con el Taj Mahal. Algunos dicen que el nombre de la obra, que el poeta indio Tagore describió como "una lágrima en el rostro de la eternidad", es una abreviatura de Mumatz Mahal y otros que significa 'corona del palacio'. El Shah Jahan no escatimó en gastos. Mil elefantes y otros tantos carros arrastrados por bueyes se encargaron de transportar desde todos los rincones de la India y de Asia Central toneladas de mármol blanco, diamante, jade, turquesa, lapislázuli, zafiro y amatista, entre otros materiales. La historia cuenta que el costo de la construcción osciló entre los cuatro y cinco millones de rupias, que entonces eran monedas de oro.

Se calcula que alrededor de 20.000 albañiles, en su mayoría indios y persas, trabajaron durante 22 largos años para terminar una obra de la cual se ha dicho que "fue diseñada por gigantes y terminada por joyeros". Según una de tantas leyendas alrededor del mítico mausoleo, una vez terminado, el emperador ordenó que le fueran cortadas las manos a los artesanos para evitar que alguien se atreviera a volver a construir algo tan hermoso como esta obra, que está emplazada en un jardín dividido en cuatro cuadrantes que evocan la idea de los jardines del Paraíso donde, según el Corán, los ríos fluyen con agua, leche, vino y miel. El imponente mausoleo con cúpula de casi 70 metros de altura que se refleja en los espejos de agua, las cuatro torres que lo protegen, dos mezquitas a cada lado y en su interior las cámaras mortuorias de los esposos lo convierten en Patrimonio Cultural de la Humanidad.

"Está en nuestra conciencia, estamos enamorados de esta obra. Por más veces que uno la haya visto, siempre se descubre algo diferente", dijo a SEMANA Sandeep Chakravorty, primer secretario de la embajada de India en Colombia. Así como él, quienes lo han visitado aseguran que el Taj Mahal es mágico, tal vez por su perfecta y exquisita simetría, o porque las piedras preciosas incrustadas dejan que se filtre la luz natural en mil colores o por la magia de la historia de amor.

Una historia de amor que no tuvo final feliz. El emperador que había sido llamado el Rey del Mundo envejeció prisionero en la Fortaleza Roja de Agra, confinado por su tercer hijo Aurangzeb, quien lo destronó. Algunos cuentan que murió ciego a los 74 años pero los más románticos prefieren pensar que gracias a un pequeño pedazo de espejo, hasta su último segundo de vida miraba el reflejo del Taj Mahal.

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