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| 12/12/1994 12:00:00 AM

LA MADRE ASESINA

Cada día se descubren detalles más escalofriantes acerca de la forma como una mujer ahogó a sus dos pequeños hijos.

EL VETERANO buzo Steve Morrow se agachó en la orilla del lago y lloró. Los niños estaban aún asegurados en la silla, con los vidrios cerrados... "Cuando es una muerte accidental usted puede manejarlo un poco mejor, pero sabiendo que alguien lo hizo deliberadamente...". Su voz se entrecortó. Al llegar a casa esa noche Morrow se metió en la cama con su pequeño hijo. "Tenía que abrazarlo por un rato", dijo después. Llevaba ocho días buscando en el lago, pero habría sido imposible encontrar el carro a menos que supieran dónde buscar, como sucedió ese día.

Susan Smith, la joven madre que salió en televisión llorando y rogando por el regreso de sus niños secuestrados -quien mostró un video de ellos jugando en una fiesta de cumpleaños y pidió al secuestrador que los alimentara y cuidara- había confesado que ella misma los habla matado. Todos quieren saber cómo fue posible que esto pasara. Aun, mientras la búsqueda de Michael y Alex Smith continuaba, se hubiera requerido de una mente muy turbia para sospecharlo.

La historia empezó con una llamada de emergencia al 911. "Hay una señora que dice que unos tipos se llevaron su carro con sus dos hijos. Ella está histérica". Quien llamaba era el hijo de Shirley McCloud, la persona que abrió la puerta a Susan, quien gritaba: "Me han quitado a mis hijos". Mientras llamaban a la policía, Susan continuaba su recuento: un hombre se le aproximó en un semáforo en rojo y se metió en su carro, apuntándole con una pistola en la cabeza. "Me dijo que manejara. Seis millas afuera de la ciudad el hombre me bajó del auto y no me permitió llevarme a los niños". Antes de que la policía llegara los McCloud fueron hasta esa carretera, esperando que el secuestrador los hubiera dejado en el camino. Ese fue el comienzo de una búsqueda nacional para encontrar a los menores.

Los Smith eran bien conocidos en Unión. Susan fue una estudiante de honores, cuyo padre se había suicidado cuando ella tenía 8 años. En 1991 se casó con David, pero el matrimonio acabó al año de haber nacido el segundo hijo. Un juez de familia le dio a Susan la custodia permanente de sus hijos y ordenó a David dejar de visitarlos sin anunciarse. Hace un año Susan comenzó un romance con Tom Finlay el buen mozo hijo del dueño de una planta textilera donde ella trabajó como secretaria. Una semana antes de la desaparición de los niños, él le escribió una carta: "Quiero estar contigo, pero no estoy listo para la responsabilidad de una familia". Cuando se conoció el crimen, Finlay imprimió una copia y se la dio a la policía. "En ningún momento yo sugerí que los niños fueran un obstáculo en la relación", dijo en su declaración.

Cuando Susan confesó, explicó estar agobiada por las deudas, su fracaso matrimonial y sus fallidas relaciones románticas. Pero nadie que la conozca en Union puede imaginar que esa joven madre, que parecía adorar a sus pequeños, sea la misma que los mató. Esa mujer, sin embargo, dio una tan detallada descripción del crimen que logró conmover y conseguir el apoyo de todo el país. El pueblo entero recibió a los agentes federales y a la prensa nacional con café y donuts, pensando que toda esa atención ayudaría a encontrar a los niños. Las autoridades siguieron cada una de las miles de pistas que llegaban, pero una a una se iban derrumbando.

Susan y David estaban muy agobiados para aparecer en público pero, finalmente, salieron ante las cámaras: "Michael, Alex, los queremos mucho y no nos daremos por vencidos", les dijo David. Pero había toda suerte de interrogantes sobre la historia de Susan. "No creo que ninguna madre quiera a sus hijos más que yo", afirmaba ella. Sin embargo para la policía no había explicación para que un criminal que quisiera escapar se llevara a unos niños y que en el sitio del secuestro no hubiera habido ningún testigo. Nunca habían hecho una búsqueda tan exhaustiva sin obtener ningún resultado.

Entonces la policía empezó a cuestionar el comportamiento de Susan. Ella se negó rotundamente a recibir la ayuda de un sicólogo que un padre que había sufrido lo mismo quiso llevarle. Por cinco días ambos fueron prácticamente echados de su casa. "Yo era una amenaza para ella. Susan debió sentir que sería difícil esconderme cosas", dijo después el sicólogo. La historia de Susan empezó a derrumbarse antes de que hubiera fallado la primera prueba del detector de mentiras. Pero la policía continuó dándole el beneficio de la duda, al menos en público. Poco después algunos vecinos, que la habían acompañado en su dolor, también empezaron a dudar.

Sabían de sus fallidas relaciones sentimentales y de sus angustias económicas. Sabían que su amante veía en los niños un obstáculo para una relación. Y se extrañaban que el secuestrador, en su huída, la hubiera dejado casi a la puerta de su casa y no en las afueras, donde no hay teléfonos. Finalmente la policía registró su casa y encontró una carta del amante, que sirvió como única pista de la terrible sospecha. En ella Finlay le decía que quería estar con ella, pero sin los niños. En medio del interrogatorio, Susan confesó su crimen.

La noche del 25 de octubre la joven de 23 años condujo su automóvil con sus dos pequeños hijos sentados en la parte trasera. Agobiada por sus problemas tuvo pensamientos suicidas. En la orilla del lago se sintió incapaz de acabar con su vida. Y en un acto de cobardía que ha asombrado al mundo, dejó rodar su automóvil con sus hijos, de 3 años y 14 meses. Según algunas versiones, Susan observó a Michael, aterrorizado, tratando de zafarse del asiento antes de que el auto se hundiera en el lago.

Siguiendo sus indicaciones, el 3 de noviembre las autoridades sacaron el carro del lago. "Aun después de que lo dijo, yo no podía creer que los niños estuvieran entre el carro", dijo el buzo Steve Morrow. Una hora más tarde se confirmó lo impensable: dos cuerpos fueron encontrados en la parte trasera del vehículo. Y la señora Smith fue arrestada y acusada por doble homicidio.
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